< June 24, 2018 >

Comentario del San Marcos 4:35-41

 

Este es el segundo año en que los/as participantes de la Iniciativa de Predicación Hispano-Latina contribuyen con comentarios para este sitio, pero esta vez nuestra situación es muy diferente.

Hace unos meses, uno de nuestros miembros llamado Samuel entró en santuario en una iglesia metodista porque lo iban a deportar. Este hermano ya tiene veinte años en los Estados Unidos (sin haber cometido ningún crimen), tiene una esposa muy enferma, y tiene un hijo que es ciudadano norteamericano, pero nada de esto convenció a la corte para dejarlo quedarse. Por esta razón, Samuel está viviendo ahora en el sótano de una iglesia. Para continuar incluyéndolo en la iniciativa, decidimos tener nuestras reuniones más recientes en esa misma iglesia—en ese lugar de santuario. Todos nuestros comentarios de este año han sido desarrollados desde ese lugar de santuario.

En este pasaje, Jesús les dice a los discípulos: “Pasemos al otro lado” (v. 35). Era el atardecer de un día bien largo, y nadie discutió con él. Jesús y los discípulos despidieron a la multitud que estaba en la orilla del mar de Galilea y entraron en su barca. Marcos nos dice que también había otras barcas haciendo el viaje esa noche (v. 36). El mar de Galilea está a unos doscientos metros bajo el nivel del mar, rodeado de montañas, y los vientos suelen soplar con bastante intensidad. Sabemos que los discípulos eran pescadores con experiencia, pero al ver la tempestad que se levantó, les entró mucho miedo.

Mientras tanto, Jesús estaba durmiendo en la popa. Fue él quien sugirió este viaje, y en el momento crucial estaba tomando una siesta. Los discípulos lo fueron a despertar, reprendiéndolo por no cuidar de ellos (v. 38). Jesús se levantó y actuó rápidamente. Primero reprendió a la tormenta; luego a los discípulos (vv. 39-40).

El punto principal de esta historia, según Marcos, es el alcance del poder de Jesús—hasta el viento y el mar lo obedecen (v. 41). Pero nosotros/as nos hemos quedado pensando en la experiencia de los discípulos. Había otras barcas en el mar esa noche, y todavía hay muchas barcas pasando por las tormentas de la vida. Hay situaciones en nuestras vidas en las que hay problemas que nos provocan miedo y nos hacen sentir que no hay esperanza. Y en esos momentos tenemos dos opciones:

  1. Preocuparnos y suponer que Jesús no se preocupa por nosotros/as; o
  2. Resistir el miedo, confiando en Jesús.

Tenemos que comprender que Jesús puede cambiar nuestra situación, porque él pelea nuestras batallas y, tarde o temprano, las ganará.

Esto nos trae confianza en este momento, en la barca en la que nos encontramos. Estamos en un edificio que se llama “santuario,” y que se ha convertido en un santuario en palabra y de hecho para nuestro hermano Samuel. Hay tormentas peligrosas alrededor de nosotros/as. Pero aquí sentimos paz. Aquí el pastor habla con el mismo amor con que lo haría un padre amoroso y protector. Este es un lugar donde nos podemos sentir como en casa, a pesar de que todavía estamos en nuestro viaje a una orilla más lejana.

Cada uno/a de nosotros/as está en un tipo de viaje al futuro al que Jesús nos está llamando, pero el enemigo siempre se opondrá al propósito de Jesús. Tenemos tiempos espirituales en la presencia del Señor. Estos tiempos espirituales son alterados por periodos de pruebas, pero no son pruebas inesperadas para Jesús. Él sabía que la tormenta se iba a levantar. Sin embargo, les hizo cruzar el mar en ese preciso momento. A veces las situaciones prácticas brindan la única manera adecuada de completar una enseñanza teórica.

En algunas ocasiones, como cristianos/as dudamos del poder de Dios. Dudamos que Dios calme nuestras tormentas, aun habiendo sido testigos de lo que Dios ha hecho, así como los discípulos lo habían sido. Cuando atravesamos una nueva tormenta, nos olvidamos fácilmente de las tormentas pasadas de las cuales fuimos rescatados/as. Dudamos y le reclamamos a Dios por qué pasamos por esto. Y ahí es donde se pone a prueba nuestra fe, nuestro conocimiento teórico de un Dios vivo, de un Dios de poder.

Es interesante observar que durante la tempestad Jesús estaba durmiendo en la barca. Lo primero que se aprecia es la humildad de Jesús—después de largos días estaba cansado y necesitaba un descanso. Tan agotado estaba que ni el rugir de los vientos ni las fuertes olas lo despertaron; aquí debemos aprender de su confianza en el Padre Celestial. Su sueño tranquilo en medio del mar agitado nos da a entender que tenía plena confianza en Dios su padre, y estaba seguro de que Dios nunca falla.

Algunas veces nosotros/as también atravesamos por situaciones difíciles y tenemos la impresión de que Jesús no se interesa por nuestras dificultades y que no contesta nuestras oraciones, pero nuestro Dios no está durmiendo. El Señor esperaba que después de tantas manifestaciones de poder como las que habían visto de él, ya deberían haber aprendido que la barca donde iba el Maestro no iba a hundirse. El Señor lo había dicho al comenzar la travesía: “Pasemos al otro lado.” Esto debió ser una garantía para ellos, pero el problema fue que se enfocaron en sus sentimientos y emociones en lugar de poner la palabra del Señor en práctica. Tal vez suena muy fácil decirla, pero la verdad es que es difícil ponerla en práctica. Ahora bien, cuando llegamos a poner en práctica la FE en nuestro Señor Jesús, las tormentas van a ser superadas siempre. 

Esto es lo que creemos en este momento. Jesús sabe que estamos pasando por una tormenta. Jesús sabe lo que es estar separado de la familia y ser menospreciado por la sociedad. Jesús está con nosotros/as en este lugar de santuario, y por eso creemos que, tarde o temprano, vamos a llegar al otro lado al que nos está guiando.