Cuarto Domingo de Cuaresma

Vida en el ahora y en comunidad

Detail from Carl Bloch's
Image: Carl Bloch, Detail from "Healing of the Blind Man," 1871. via Wikimedia Commons.

March 15, 2026

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Comentario del San Juan 9:1-41



En el Evangelio de Juan, el tema de las señales (v. 16) funciona como metodología narrativa y teológica. Los milagros son muestras del poder dinámico de Dios o, lo que puede ser lo mismo, del dinamismo de Dios en el mundo. Para Juan, el evangelista, las señales, más que simples manifestaciones del dinamismo divino, tienen el propósito de provocar interacciones interpersonales cargadas de elementos sociopolíticos, religiosos y teológicos.

“Al realizar estas señales, Jesús, quien ha venido de otro mundo, habla en el lenguaje de este mundo, refiriéndose al agua, al pan, a la vista, a la vida, etc. Estos elementos son malentendidos a nivel físico por los personajes de las historias. Este malentendido obliga a Jesús a explicar. … Jesús no vino simplemente para darle visión física al ciego (lo cual lo situaría al mismo nivel que otras personas, muchas de las cuales tampoco pueden ver realidades espirituales), sino visión espiritual, que le permite reconocer a Jesús como el Hijo del Hombre venido de Dios.”1

Al considerar la lección como una serie de provocaciones a la interacción interpersonal, se abre la oportunidad de enfocarse en una de las múltiples interacciones presentes en el texto. Ojo: la lección de este domingo es larga. Yo me adscribo a la tradición homilética que sugiere que, si de la lección surge más de una idea para un sermón, es mejor predicar múltiples sermones en lugar de múltiples ideas en un solo sermón.

Hay dos ideas que me atrevo a sugerir:

De la ceguera a la persona (vv. 2–3)

La sensibilidad sociocultural occidental del siglo XXI puede provocar una reacción de extrañeza ante la pregunta de los discípulos a Jesús. Desde la falta de tacto y conmiseración, hasta pensar—y con razón—“¡a ellos qué les importa!,” uno puede preguntarse qué tipo de ejemplo o diagnóstico social sugiere esa pregunta.

El ejercicio exegético llevará a quien predica a encontrar información sobre las construcciones sociales, culturales y religiosas en la Judea del siglo I en torno al pecado y las correlaciones que existían entre el pecado, su impacto intergeneracional y sus consecuencias sociales y religiosas.

Y pienso que vale la pena seguir preguntando: “¿a ellos qué les importa?” Aunque el lente sociocultural occidental y latinoamericano del siglo XXI es distinto al del siglo I, debemos permitirnos criticar tanto el lente antiguo como evaluar el contemporáneo. En años recientes se ha insistido en que debemos dejar de ver a las personas exclusivamente desde la circunstancia que sufren o padecen. Se nos invita a reconocer que las circunstancias no definen a la persona y a relacionarnos con los demás por quienes son—y por quienes pueden llegar a ser—en su humanidad.

La pregunta de los discípulos reta a la iglesia a esa criticidad en nuestras relaciones y nos invita a ver la respuesta de Jesús como una oportunidad para demostrar, en palabra y acción, que todo ser humano está hecho a imagen y semejanza de Dios, en y a pesar de sus circunstancias. Las circunstancias no nos definen. Lo definitorio es la imagen de Dios que habita en cada ser humano.

La crítica es social (vv. 8–34)

El grueso de la lección consiste en un tira y jala entre los líderes religiosos, el hombre que ha sido sanado (y, por consiguiente, restaurado a la sociedad), sus padres y la comunidad más amplia. Una vez más, el ejercicio exegético puede arrojar luz y proveer material para entender el trasfondo sociocultural y religioso de esta serie de conversaciones, todas intentando explicar, en el lenguaje social de la Judea del siglo I, cómo fue posible esta sanidad, por qué ocurrió y qué repercusiones sociales y teológicas debió tener.

Es importante notar que el gran ausente en esta porción del relato es Jesús. La interacción ocurre exclusivamente entre quienes viven en esa comunidad.

Aunque en dos ocasiones hablan con el restaurado, la mayor parte del texto consiste en conversaciones sobre él y a pesar de él. Mi sugerencia es que esto sigue ocurriendo en el siglo XXI. Se nos hace más fácil hablar de la circunstancia o de la persona, en lugar de conversar con la persona y discernir cómo generar un impacto positivo frente a la circunstancia.

Mi lectura del texto es que la conversación tomó el rumbo de desacreditar lo sucedido, en lugar de observar el poder de la sanación y su posible impacto en la restauración social.

Y esto ocurre con frecuencia hoy. Si lo que sucede no impacta de la manera que esperábamos o no encaja en la forma en que queremos entenderlo, pareciera que la única opción es desacreditarlo. El problema con ese modo de interpretar la realidad es que termina en exclusión.

Al sanar, Jesús no solo apunta al poder de Dios, sino también a la intención divina de restaurar la capacidad del ser humano de vivir en comunidad.

Ánimo a quien predica

El llamado de la iglesia es a ser una comunidad que acompaña y restaura. En el texto se habla del pecado del ciego, como si fuera consecuencia de alguna acción de sus padres o incluso de una acción propia antes de nacer.

También se habla del pecado de los fariseos. Ese pecado se revela precisamente en el acto de ver. Jesús les dice: “…porque decís: ‘Vemos,’ vuestro pecado permanece” (v. 41). En otro momento Pablo escribiría: “Mas todas las cosas, cuando son puestas en evidencia por la luz, son hechas manifiestas, porque la luz es lo que manifiesta todo” (Efesios 5:13).

Ver libera porque revela. Pecar no es más que la demostración de que, con frecuencia, nos quedamos cortos en nuestro ser y en nuestro hacer.

El tema es que Jesús, como lo presenta Juan, es la luz del mundo. Y esa luz que busca impactar al mundo no es simplemente una iluminación espiritual accesible solo a algunos escogidos, ni una ilustración filosófica reservada para unos pocos privilegiados. En su persona y a través de sus señales, en sus palabras y en sus acciones, Jesús se hace luz del mundo.

La luz para el mundo no es algo que alcanzaremos al completarse nuestra mortalidad. La luz del mundo es una invitación a la vida (Juan 8.12) en el ahora. Y el llamado a la iglesia es a la urgencia: a hacer obras que sean señal de luz, vida, paz, solidaridad, salvación y dignidad “mientras dura el día; la noche viene, cuando nadie puede trabajar” (v. 4).


Notas

  1. Raymond E. Brown, An Introduction to the Gospel of John (Doubleday, 2003), 80–81. Traducción al español por el autor de este comentario.
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Photo by Jon Tyson on Unsplash; licensed under CC0.

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