< February 28, 2016 >

Comentario del San Lucas 13:1-9

 

El sufrimiento es una experiencia humana y cotidiana. Este texto bíblico nos invita a reflexionar sobre esto.

Es un texto separado en dos partes:

1) vv. 1-5: Los males, ¿son fruto del pecado?; y

2) vv. 6-9: Todavía ¡tenemos oportunidad para la conversión!

Las dos partes están estrechamente relacionadas con la salvación-conversión.

En la primera parte del texto (vv. 1-5) se presentan en forma paralela dos hechos que parecieran históricos. El primero corresponde a la noticia que le traen a Jesús “acerca de los galileos cuya sangre Pilato había mezclado con los sacrificios de ellos” (v. 1b), y el segundo corresponde a un hecho que rememora él y que aprovecha para su enseñanza acerca de “aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre en Siloé y los mató” (v. 4a).

Ante estos hechos, Jesús pregunta si el mal y la muerte son fruto del pecado. ¿Por qué el sufrimiento y la finitud humana? ¿Acepta Jesús la creencia popular de que el sufrimiento es “maldición de Dios” o castigo por el pecado? Jesús pregunta primero, haciendo referencia a los galileos cuya sangre Pilato había mezclado con los sacrificios de sus interlocutores: “¿Pensáis que estos galileos, porque padecieron tales cosas, eran más pecadores que los demás galileos?” (v. 2). Y luego, respecto de las personas sepultadas bajo la torre, pregunta: “¿Pensáis que eran más culpables que todos los hombres que habitan en Jerusalén?” (v. 4b).

Las respuestas de Jesús a sus propias preguntas apuntan a una enseñanza clave, la de que la conversión es condición para la salvación humana, y son casi idénticas en los dos casos: “Os digo: no, antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (vv. 3 y 5).

Pensemos que este doble recurso que usa Jesús—porque la verdad es que prácticamente repite dos veces las cosas con dos hechos diferentes—es para remarcar la importancia de la conversión para la salvación y la idea que él tiene de Dios, de su poder y del mundo, que es diferente a la más común de su época.

Desde este punto de vista, la enseñanza de Jesús era liberadora para un pobre, para una mujer, para un enfermo, es decir, para cualquier persona tenida por “pecadora,” porque significaba que su dolencia y sufrimiento no era por voluntad divina ni era un castigo por estar al margen de la ley ¡ni se debía al pecado de sus padres o ancestros!

Como Job (ver Job 24:1-12), Jesús cree que el bienestar personal no depende de la maldición o bendición de Dios. El sufrimiento y la muerte son parte de la condición humana y no por eso se debe manipular al pueblo bajo la teología de la retribución (estoy bien porque soy bendecido; estás mal porque ¡algún pecado habrás cometido!).

El mundo está contaminado por el pecado social, que exige una conversión personal al interior de nuestras vidas que nazca del arrepentimiento; no de la culpa, sino de reconocer los caminos equivocados y reorientarse hacia el camino de Dios. No se puede romper la relación misericordiosa que tiene Dios con la humanidad. La conversión es una invitación a restaurar esa relación desde el amor y la misericordia.

 ¡Todavía hay esperanza!

El texto continúa con el relato de la higuera estéril (vv. 6-9) y, en el caso de Lucas, no es una señal o maldición como lo es en Mt 21:18-22 ó en Mc 11:12-14. Aquí la historia de la higuera se convierte en parábola para continuar con la enseñanza que se inició en el texto anterior. Lucas tiene un modo de contar más compasivo y le otorga una tónica distinta, capaz de abrir brechas de esperanza para quienes lo escuchan.

La imagen de la higuera para representar al pueblo judío era muy familiar para su audiencia. Ya los profetas usaron la misma imagen (Os 9:10; Mi 7:1; Jer 8:13). Los tres años en que la misma no da fruto pueden ser una referencia a la actuación anterior de Juan el Bautista convocando con urgencia a la conversión a un pueblo que no acababa de comprender la oportunidad que se le estaba dando. O también puede ser una referencia de Jesús a su propia misión iniciada tres años antes. En todo caso, hay un pueblo que no está respondiendo a la llamada con los frutos de su conversión.

Inmediatamente sale a la escena el encargado de la viña suplicando un mayor tiempo de gracia. Esta es la particularidad de benevolencia que le da Lucas al relato. Y súbitamente, como en otras tantas parábolas, el fin es abierto a la audiencia; no son historias acabadas ni tiempos cerrados. Quién escucha estas palabras piensa en su interior: “todavía hay oportunidad; yo podría ser esa higuera y aunque todavía no dé frutos, aún tengo tiempo.”

Imaginemos de nuevo a la audiencia de Jesús. Estaba la multitud (Lc 12:54) que lo escuchaba y lo seguía. Esa gente creía que su situación de exclusión y pobreza era por cometer pecados (Ex 20:5 y 34:7) y que la maldición de Dios era hereditaria. ¡Cuán liberadoras habrán sido las palabras de Jesús, enseñando que todo depende de cada uno y de su conversión personal!

Entonces, en una primera parte se tiene el mal, el sufrimiento, la muerte, el pecado, y en la otra parte sale a relucir la urgencia de la conversión. La salvación es posible hoy y ahora; todavía estamos bajo el amparo del viñador. Es el tiempo oportuno para hacer una conversión (metanoia es la palabra griega) personal y social. Es interesante el uso del tiempo en el evangelio de Lucas: “Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor” (2:11); “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (23:43). Estos “hoy” funcionan en Lucas como un “hoy de la historia,” como un hacerse presente en una realidad concreta. Por eso es que respecto del texto que estamos comentando podríamos afirmar: “Hoy me puedo convertir.”

Ambas situaciones parecen que se alternan y van conformando así al mundo de ayer y de hoy, como dos caras de una misma moneda ¡inseparables! No podríamos imaginar al mundo sin el mal que está presente desde los inicios del mundo y de la Biblia (ver Gn 3 y 4). El reto cristiano es dejar de justificar nuestras miserias como voluntad divina y ponerse a trabajar por un mundo más humano y justo, por otro orden social en el que prevalezcan la justicia social, el bienestar común y una ética cristiana como la propuesta por Jesús.