< June 28, 2015 >

Comentario del San Marcos 5:21-43

 

En esta perícopa nos encontramos con la dimensión sanadora de Jesús.

Marcos emplea dos relatos entretejidos sobre curaciones de mujeres para ilustrar el poder divino de Jesús, su autoridad como maestro y, al mismo tiempo, insistir en la fe como fuente de salvación y sanación.

En el v. 21 el evangelista introduce la escena situando a Jesús cruzando “a la otra orilla” para reunirse con una multitud. El paralelismo con 5:1, cuando Jesús viaja “al otro lado del mar” para curar al gadareno, es evidente. La referencia geográfica de “cruzar” el lago presagia y simboliza un cambio de status tanto en la persona de Jesús como en los beneficiados por su poder. En el caso de la curación del endemoniado de “la región de los gadarenos,” Jesús triunfa sobre una “legión” (5:9.13), el endemoniado es restituido en su círculo social (5:19), la multitud se escandaliza (5:16-17), y el sanador adquiere prestigio y autoridad (5:20).

En la presente perícopa se nos presentan numerosos elementos que resaltan el cambio de status de los personajes involucrados. Por un lado, presenciamos la resurrección de la hija de Jairo (vv. 22-24. 35-43) y, por el otro, la curación de la mujer con flujo de sangre (vv. 25-34). En el primer caso, Jesús interacciona con Jairo, uno de los jefes de la sinagoga. La actitud de Jairo para con el maestro no deja lugar a dudas sobre el respeto y la autoridad que Jesús ha adquirido (vv. 22.24.35). Esta autoridad se incrementa pues Jesús acaba llevando a cabo una revivificación (v. 42). En este sentido, el relato de curación puede entenderse como un proceso en el que múltiples transformaciones tienen lugar. Sin duda, el cambio más radical afecta a la hija de Jairo que pasa de la muerte a la vida (v. 41). Es difícil saber hasta qué punto el Jesús de Marcos hace un uso metafórico/irónico del término “dormir” (v. 39), pero en todo caso el cambio de status es evidente. También hay que destacar el cambio producido en Jairo, que pasa de la pesadumbre a la tranquilidad que otorga la fe (v. 36), y la transformación de la multitud, que pasa de la tristeza, el lamento y la burla (vv. 38-40) al asombro (5:42).

En el relato de la mujer con flujo de sangre encontramos numerosos elementos paralelos que resaltan la autoridad de Jesús (vv. 24.27). La mujer experimenta el cambio de status más evidente, pues es curada de una enfermedad en la que había gastado todas sus pertenencias (v. 26). El mensaje es claro: la fe opera el milagro de la curación (vv. 28.34).

No es extraño encontrar en la antigüedad relatos en los que diferentes personajes son curados al tocar el manto del sanador. Incluso en la actualidad encontramos prácticas de fe en las que el creyente se cree sanado al tocar algún elemento material relacionado con la divinidad. La diferencia con respecto a este relato es que aquí los dos personajes involucrados, o sea, tanto la mujer como Jesús, se presentan como personajes en continuo cambio, con límites corporales en continuo flujo. Veamos con más detalle cómo estas consideraciones son importantes a la hora de entender el relato de la curación de la mujer con flujo de sangre desde una perspectiva de género.

Numerosos intérpretes, especialmente aquellos atentos a prácticas de interpretación feminista, ponen de manifiesto que la mujer con flujo de sangre es un modelo de fe porque resalta su participación activa y su iniciativa (v. 28), al mismo tiempo que su honestidad y humildad (v. 33). Desde un punto de vista histórico, los estudios de género utilizan los datos que ofrece el texto para reconstruir la situación de la mujer en el siglo I. Podemos inferir que no está asociada a ningún varón (a diferencia de la hija de Jairo que aparece representada por su padre), que es proactiva no sólo en la operación del milagro sino en su curación, y que es capaz de gestionar sus pertenencias (v. 26). En definitiva, nos encontramos ante una mujer con cierta autonomía e independencia. Su curación elimina el estigma social asociado con la enfermedad y empodera a la mujer dentro de la comunidad a la que pertenece.

Los estudios feministas también ponen de manifiesto que el texto refleja las convenciones de género propias de la época. Se consideraba que el cuerpo de la mujer era fluido, poroso, de carácter frío e inestable, mientras que el cuerpo del varón era firme, delimitado, caliente y estable. Así, la enfermedad de la mujer ha de entenderse como el síntoma de un desequilibrio que se ha producido en su naturaleza fluida. Jesús, al curarla, restituye el equilibrio. Sin embargo, hay un elemento textual que parece desafiar estas convenciones de género y que resulta de gran interés hoy en día para reflexionar hasta qué punto nuestras ideas sobre la identidad de género necesitan ser cuestionadas. Mientras que normalmente se considera a Jesús como un sanador con autoridad y en control de su poder curativo, en plena consonancia con las consideraciones de género de la época, encontramos aquí un ejemplo de su falta de control, de la porosidad de su cuerpo, de la fluidez de sus límites corporales. La mujer tiene flujo de sangre, pero Jesús tiene “flujo de poder.”

En contra de las convenciones de género que presentan al varón como un ser con pleno dominio y control sobre sus acciones, el evangelio nos presenta a un Jesús que carece de estas cualidades. Al fin y al cabo, el poder sanador que emana de su cuerpo no responde a una acción voluntaria (v. 30). Además, aunque Jesús reconoce que el poder ha sido “robado,” desconoce quién lo ha hecho hasta que la mujer admite sus acciones (v. 33). En definitiva, nos encontramos ante un retrato de personajes que desafía las convenciones de género tradicionales: no sólo se presenta a una mujer como modelo de discipulado por su iniciativa, honestidad y fe, sino que se presenta a un Jesús vulnerable y carente de control absoluto sobre su poder. Podemos concluir pues, que a los cambios de status antes mencionados, habría que añadir otro más: la fluidez entre las cualidades que definen al varón y  la mujer.

Aunque la aspiración a tener control sobre el propio cuerpo es una meta propia de la dignidad humana, el evangelio nos muestra, por un lado, que siempre hay un elemento de sorpresa en el poder sanador de Dios y, por el otro, que la clásica dicotomía varón/mujer necesita de una revisión y que las cualidades que se atribuyen a los sexos están en continuo flujo.