Quinto Domingo después de Pentecostés

Ofreciendo sanidad y salvación a los impuros de hoy

statue of person hugging knees
[Jesus] saw a commotion, people weeping and wailing loudly. - Mark 5:38
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June 27, 2021

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Comentario del San Marcos 5:21-43



“Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas.” Es posible que escuchemos esta sentencia cuando entra en crisis la economía mundial, cuando las personas atraviesan problemas acuciantes, etc. Las dos historias que se entrecruzan en la lectura del evangelio del quinto domingo después de Pentecostés son situaciones desesperadas, y una vez más, la actuación de Jesús tiene como resultado lo que solo Dios es capaz de traer; en este caso, el poder sobre la enfermedad y la muerte.

El último domingo de junio dirige nuestra atención hacia dos mujeres que ponen en riesgo la pureza de Jesús, precisamente porque su situación requiere medidas desesperadas. Una de ellas es una mujer madura acercándose al final de su vida, gravemente enferma de flujo de sangre, que no se resigna a morir; la otra es una adolescente a punto de entrar en edad casadera, con toda la vida por delante, también enferma y desahuciada.

Marcos ofrece muchos ejemplos de cómo Jesús relativizó el complejo sistema ritual judío de pureza-impureza: no se lava las manos (Mc 7:2), cura en sábado (Mc 1:21-27; 2:24; 3:1-6) y entra en casa de gente considerada impura (Mc 2:15). Por tanto, no es extraño que sea muy criticado por los fariseos, los más estrictos y rigurosos en el cumplimiento de las normas de pureza.

Lo que mueve a compasión a Jesús son las terribles consecuencias que este sistema tenía para leprosos, poseídos, paralíticos, cojos o ciegos: de orden religioso (tenían prohibido el acceso al templo de Jerusalén… y con ello a Dios mismo) y social (a menudo eran condenados al ostracismo, ya que no podían tocar a nadie al convertir en impuro todo lo que tocaban). Las curaciones ofrecen a todos ellos la renovada posibilidad de formar parte del pueblo de Dios (cf. Mc 1:40-45).

En Marcos 5, Jesús viaja a la otra orilla del lago de Genesaret, donde le sigue una gran multitud de personas, como venía sucediendo desde el principio del evangelio. Uno de los jefes de la sinagoga local le sale al encuentro y le pide ayuda: su querida hija está gravemente enferma. Jesús emprende el camino, pero entre la multitud que rodea a Jesús se encuentra una mujer anónima que padece una enfermedad desde hacía doce años y que ha gastado todos sus recursos en médicos, sin resultados.

Esta mujer muestra una confianza asombrosa en Jesús: quizá convencida por las creencias populares de su tiempo, cree que, con solo tocar el manto de Jesús, sanará. Ni siquiera se atreve a dirigirle la palabra. Solo leemos sus pensamientos: “Si toco tan sólo su manto, seré salva” (v. 28). Tal vez piensa que no es digna de pedir nada; sabe que no debe tocar a otra persona por su impureza, y menos a un maestro (cf. Lv 15:25). A pesar de todo, lo hace a hurtadillas, esperando que nadie se dé cuenta.

Pero Jesús sí se da cuenta y reacciona de modo sorprendente, ¡en un tono grosero! Detiene la comitiva que va de camino a casa de Jairo e insiste en que la mujer anónima dé la cara, algo que no convenía en absoluto a su reputación de maestro y sanador. Su intención no es humillarla, sino todo lo contrario: lograr que esta mujer, invisible y marginada por su enfermedad durante tantos años, sea dignificada y reintegrada a la sociedad. Ante todos queda claro que su enfermedad ha cesado, pero hay más. En la concepción religiosa de su tiempo, la mujer es a la vez enferma y pecadora, ya que pecado y enfermedad van de la mano. Por eso, cuando Jesús sana, generalmente anuncia ante todos: “tus pecados te son perdonados.”

Si la mujer madura ha puesto en riesgo a Jesús debido a sus hemorragias (vv. 24-28), a continuación, será Jesús mismo quien se ponga en riesgo tocando la mano de la hija de Jairo (v. 41). Contra todo pronóstico, Jesús anima al jefe de la sinagoga a no perder la esperanza, a pesar de la trágica noticia de la muerte de su hija. No es más que un sueño pasajero, del que despierta. Una vez más, Jesús se muestra capaz de superar los límites de todo ser humano, en este caso, revivificando a la niña.

La narración termina con el llamado “silencio mesiánico.” No es la primera vez que Jesús pide guardar silencio a quien ha sido sanado (cf. Mc 1:44). En otros momentos, Jesús manda callar a los demonios y a sus propios discípulos para que no divulguen quién es en realidad. Como ya hemos visto en otros textos del evangelio durante este mes de junio, su identidad será revelada en la paradoja de su muerte (su aparente fracaso en la cruz) y la resurrección.

El desarrollo homilético del evangelio podría seguir, al menos, las siguientes dos líneas de aplicación:

En primer lugar, la iglesia es responsable de seguir ofreciendo sanidad-salvación a los “impuros” de nuestro tiempo. Es labor de la iglesia identificar quiénes son esos “impuros” y descubrir lo que esa condición significa para sus vidas. En situaciones desesperadas, la fe se vuelve todavía más urgente, porque permite al ser humano confiar contra toda esperanza aferrándose a Jesús. Cristianos y cristianas debemos reflejar al Dios de la vida solidaria y en plenitud, un gran mensaje de esperanza, sobre todo en tiempos de pandemia.

En segundo lugar, la iglesia es responsable de recrear imaginativamente aquel gesto de Jesús tocando a personas que por mucho tiempo no habían sentido la cercanía de un ser humano. Somos las manos de Dios implicadas en promover una cultura del cuidado y la ternura, tal y como la entiende el biblista F. Rivas:

La ternura se muestra más humana y humanizadora precisamente en el cuidado por lo frágil, débil e indefenso. Es aquí donde desarrolla una fuerza e imaginación insospechadas e inimaginables, capaz de poner en marcha muchas de nuestras mejores potencialidades, tanto personal como socialmente […] Esta ternura está profundamente enraizada en la religión bíblica, en una doble vertiente: por un lado el amor entrañable de Dios por cada uno de nosotros/as y por otro la respuesta humana agradecida de benevolencia hacia el hermano, especialmente el necesitado, ambas interrelacionadas.1


Nota:

  1. Véase F. Rivas, “La praxis caritativa como ternura en acción,” en Nurya Martínez-Gayol (ed.), Un espacio para la ternura. Miradas desde la teología (Bilbao: Desclée de Brouwer, 2006), 169.