< September 14, 2014 >

Comentario del San Mateo 18:21-35

 

El perdón de corazón

Perdonar de corazón ofrece cierta resistencia a ser entendido. ¿Qué significa? Es una pregunta que el Señor no responde de manera conceptual. La preocupación de Pedro es cuantitativa y hace dos preguntas al Señor. Primero pregunta: “¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí?” (v. 21). Pero Pedro intuye que el Señor tiene algo más que decir al respecto, y de allí que inmediatamente después formule la segunda pregunta: “¿Hasta siete?” (v. 21).

Todo buen judío conoce que el número “7” es altamente significativo. Es el número que simboliza la plenitud de todo cuanto pueda existir. E indica el reposo del Señor. Esto queda asentado desde el inicio mismo del mundo: según el relato de la creación de los cielos y la tierra de Génesis 1, en seis días hizo las cosas visibles e invisibles, pero el séptimo día es especial pues el Señor entró en su “reposo.” El séptimo día marca una distancia con las cosas creadas, las cuantitativas, que es anticipada mediante la reiteración de una frase con la misma estructura: “Y fue la tarde y la mañana del primer día” (Gn 1:5); “y fue la tarde y la mañana del segundo día” (Gn 1:8); etc. El Señor separó el día séptimo; lo santificó dejando de crear cosas materiales. Por eso, la idea es que la persona judía tiene seis días para ocuparse de las cosas materiales, de la cotidianeidad. Y en el día séptimo, es invitada por el Señor a dedicarse a las acciones que buscan la trascendencia.

El Talmud Babilónico señala que se debe perdonar hasta tres veces la misma ofensa del ofensor.1 El apóstol Pedro cree superar el desafío cuando pregunta: “¿Hasta siete?” Jesús responde: “No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (v. 22). Y esta respuesta, “setenta veces siete,” desborda todo lo imaginado. Supone el valor simbólico del número “7,” pero Jesús lo aumenta hasta la exageración. ¿Cuál es el sentido de la respuesta del Señor?

El Maestro procede a contar una parábola que da por sentada la cultura esclavista en la que entonces vivían sus oyentes. La parábola se centra en un funcionario (siervo), que debe a su señor 10.000 talentos (v. 24). Es una deuda impagable. Pero no obstante, el rey, amo y señor, ordena, siguiendo una posibilidad que le daba una ley que regía en la vida real y no sólo en el mundo de la parábola, que sean vendidos el deudor junto con su mujer e hijos y todo lo que tiene, para que de ese modo se le pague la deuda (v. 25). Su vida ya no le pertenecería; tanto el deudor como su mujer y sus hijos serían esclavos. Ante tal hecho, el siervo se postra y suplica clemencia (v. 26). Tantos son sus gestos y súplicas que el amo, “movido a misericordia,” le perdona toda la deuda, los 10.000 talentos (v. 27).

Pero poco después, el mismo siervo a quien le es perdonada la millonaria deuda de 10.000 talentos, se encuentra en un caso similar, sólo que ahora es él quien cumple el rol del amo, y no tiene delante suyo a un siervo, sino a un consiervo que le debe 100 denarios (v. 28). La deuda de 100 denarios no tiene punto de comparación2 con la deuda de 10.000 talentos que el rey acaba de perdonarle a él. Lo único comparable es que el consiervo que le debe 100 denarios suplica y se postra y le ruega exactamente igual a como lo acaba de hacer él mismo delante del rey con motivo de su propia deuda de 10.000 talentos (v. 29). Pero el siervo que acaba de ser perdonado por su señor no quiere perdonar ni tener paciencia con su propio deudor y consiervo, sino que lo arroja a la cárcel por la reducida deuda de 100 denarios (v. 30). Los demás consiervos, que se entristecen al ver lo que sucede, deciden informan al señor de lo sucedido, y entonces el señor, enojado, manda a llamar al siervo a quien le ha perdonado la deuda de 10.000 talentos, lo recrimina por su actitud, y lo entrega a los verdugos hasta que pague todo lo que debe (vv. 31-34).

El v. 35 nos da la clave de interpretación. Pedro ha formulado su pregunta inicial interesado quizá por dar satisfacción a su impaciencia o intolerancia ante los agravios constantes cometidos por quienes lo rodean. Pedro acepta y cree que debe perdonarse al hermano que ofende. Pero, ante la eventualidad de ofensas constantes o deliberadas por el mismo ofensor, ¿cómo debe administrarse el perdón? Pedro entiende que ante esta eventualidad debe haber, por lógica, otro procedimiento. De allí la pregunta de si hasta siete veces. Y es entonces cuando el Señor responde “hasta setenta veces siete,”3 y procede después a narrar la parábola para ilustrar su respuesta.

Es un detalle muy significativo el hecho de que en la parábola que narra Jesús hay un solo señor y todos los demás son siervos del señor y consiervos entre sí. Uno de los siervos tiene una deuda imposible de pagar, de 10.000 talentos, por más que ese siervo y toda su familia sean esclavos por toda su vida. Sólo el perdón como producto de la misericordia del señor, sin consideraciones cuantitativas de ninguna especie, puede salvarlo. Y el siervo es perdonado. Pero lo que desconcierta es que el siervo perdonado por la misericordia de su señor, no es capaz de mostrar misericordia y perdonar la deuda de su consiervo que es miles de veces inferior a la deuda que le ha sido perdonada a él. Al enterarse del acto mezquino y ajeno a toda consideración de este siervo, el señor con toda razón le pregunta: “¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti?” (v. 33). El señor esperaba actos de misericordia por parte del siervo a quien había perdonado, y no actos de condenación. Esperaba que el siervo a quien él perdonó, a su vez también perdonara a su consiervo.

También nuestro Señor nos demanda misericordia a nosotros y a nosotras. Dios el Padre nos perdonó en Jesucristo y nos restituyó a la plena libertad. Esta acción, según la parábola, debiera generar en nosotros y en nosotras capacidad y disposición para realizar acciones liberadoras estimuladas por la misericordia. Acciones de perdón sin mediar las especulaciones de orden cuantitativo que surgen en el corazón del hombre por intolerancia o mezquindad. No estamos viviendo un tiempo de juicio intolerante, sino de gracia indulgente. La deuda que nos calificaba como esclavos nos ha sido perdonada por el sacrificio de Jesucristo. Este sacrificio debiera garantizar que, de aquí en más, sólo realicemos actos rebosantes de humanidad, respeto y perdón.

La entrada en el reposo del Señor, dice Hebreos 4, está unida a la obediencia al evangelio. Es la entrada en un espacio de amor, perdón y libertad, que podemos preludiar y recrear en la historia perdonando “hasta setenta veces siete,” como nosotros/as hemos sido perdonados/as. 


Notas:

1 Albright, William Foxwell, and Christopher Stephen Mann. The Anchor Bible. [Volume 26], Matthew (New York: Doubleday & Co, 1971), 222-223.

2 La diferencia entre las deudas es abismal. Un talento equivalía a un aproximado de 12 ½ kilogramos (o 12.500 gramos) de plata. Un denario sólo llegaba a 4 gramos de plata. O sea que mientras 100 denarios son 400 gramos de plata, los 10.000 talentos son 125 millones de gramos de plata. Otra manera de decirlo es que la deuda del que debía 10.000 talentos es 31.250.000 veces más grande que la de quien sólo debe 100 denarios.

3 Puede aludir a la venganza sin límites de Lamec según Gn 4:24, a la que el Señor contrapone el perdón sin límites.