Decimoquinto domingo después de Pentecostés

Todos/as los/as que tenemos hijos/as recordamos una ocasión cuando nos hicieron una pregunta anticipando la respuesta que ellos/as deseaban.

Matthew 18:33

Comentario del San Mateo 18:21-35

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Todos/as los/as que tenemos hijos/as recordamos una ocasión cuando nos hicieron una pregunta anticipando la respuesta que ellos/as deseaban.

“Papá, si tiro la basura, ¿me dejas salir a jugar?” “Mamá, si saco por lo menos una C en matemáticas, ¿me compras el nuevo PlayStation 5?” Las respuestas a estas preguntas típicas suelen subir la apuesta demandando mucho más de lo que estaba dispuesto/a a hacer quien preguntaba. El pasaje de esta semana, Mateo 18:21-35, presenta una conversación similar donde Pedro le pregunta al Maestro de manera no muy inocente: “¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?” (v. 21). La respuesta de Jesús va a ser corta y sorprendente, pero con una parábola explicativa que sirve para callar a Pedro y hacerle entender las demandas extremas del evangelio.

No sabemos el motivo original que llevó a Pedro a hacer su pregunta, pero sí sabemos que ya antes Jesús había enseñado a sus discípulos sobre la importancia del perdón. Dos veces al enseñarles a sus discípulos cómo debían orar, Jesús enfáticamente declara que ellos deben perdonar a sus deudores para poder ser merecedores del perdón divino (Mt 6:12, 14-15). Quizás después de reflexionar sobre lo difícil que es perdonar, Pedro pensó que establecer límites le daría una escapatoria para su dilema. Sin embargo, Jesús le va a exigir muchísimo más de lo que Pedro estaba dispuesto a perdonar. Jesús le dice: “No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (v. 22). El número siete mencionado primero por Pedro pareciera corresponder a su piedad judía que consideraba perdonar siete veces como la cantidad perfecta para otorgar perdón. La respuesta de Jesús no es lo que espera Pedro, quien pretende saber el número adecuado después del cual el partido ofendido puede dejar de perdonar porque ya cumplió con su obligación moral o religiosa.

La fórmula matemática que ofrece Jesús (70×7) no es simplemente una cifra que demarca los límites hasta donde el perdón se debe ofrecer, como si un discípulo de Jesús tuviera el compromiso de perdonar solamente hasta el mágico número de 490. En otras palabras, Jesús no desea simplemente establecer la cantidad de platos que sus discípulos deben lavar si es que desean salir al recreo. Además, podemos comparar el uso similar de esta frase con su antecedente negativo en Génesis 4:24, cuando Lamec proclama que será vengado “setenta veces siete.” Si el texto de Génesis hace uso de una exageración al multiplicar siete veces el castigo para quien matara a Caín (Gn 4:15), Jesús amplifica por setenta el número de veces en que Pedro pensaba que era suficiente perdonar. Otra vez, la idea no es dar un número límite sino más bien dar a entender que no debe existir un límite al perdón que un discípulo de Jesús debe extender a su hermana o hermano.

Por si acaso Pedro no hubiera entendido bien las exigencias del ilimitado perdón fraternal, Jesús ofrece una parábola para eliminar toda duda. Como lo hace en todas sus parábolas, Jesús pretende aclarar aspectos difíciles de su enseñanza con una historieta emotiva. En resumen, un rey perdona a un siervo “que le debía diez mil talentos” (v. 23). El historiador judío Josefo nos ayuda a comprender la cantidad astronómica que debía el siervo al rey al reportar que en el año 4 AC el imperio romano colectaba aproximadamente 600 talentos en impuestos pagados por las provincias de Judea, Samaria e Idumea (Ant. 17.11.4 §317–20). El brinco numérico de 600 talentos a 10.000 es muy significativo y apunta a una cantidad incalculable que se compararía con billones de dólares hoy en día. La deuda era tan grande e imposible de pagar que el rey decidió vender al siervo en esclavitud junto con toda su familia y posesiones para recuperar por lo menos una fracción pequeña de la inmensa deuda. Contemplando un futuro enormemente triste para él y su familia, el siervo pide misericordia y de manera sorprendente el rey le perdona toda la deuda (v. 27).

El/la oyente quizá pudiera pensar que esta es la lección de la parábola, pero Jesús tiene una enseñanza más tremenda al demostrar la falta de equidad con la cual se comporta el siervo después de ser perdonado. Resulta que el siervo no fue capaz de perdonar una deuda de cien denarios y echó al deudor en la cárcel (vv. 28-30). Ayuda aclarar que en esos tiempos un denario equivalía el salario de un día de un jornalero y un talento equivalía 6 mil denarios. Para entender el uso de la hipérbole literaria de Jesús, a grandes rasgos, ¡le habían perdonado un billón, pero demandaba que le pagaran mil! Para recalcar la actitud ingrata del siervo, la parábola termina describiendo el castigo merecido que recibe el siervo al ponerlo el rey en la cárcel hasta que pagara toda su deuda (vv. 31-34). Jesús culmina su enseñanza con esta moraleja del reino: “Así también mi Padre celestial hará con vosotros, si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas” (v. 35).

En base a esta conclusión, podemos imaginarnos la cara cabizbaja de Pedro como la de un niño a quien su madre le acaba de demostrar su incapacidad de perdonar a un nivel superior. Según las reglas y ética del reino de Dios, no es suficiente solo hacer lo mínimo en cuanto a la ley del perdón. Si el Padre nos ha perdonado una inmensidad de ofensas, nuestro perdón al prójimo debe imitar de manera recíproca el inmenso amor divino que hemos recibido de Dios. Así como el Padre es una fuente inagotable de perdón hacia la humanidad, nosotros/as sus hijos/as debemos proporcionar a manos abiertas y sin condiciones la misericordia y el amor que no conoce límites para perdonar. Aunque nunca podremos igualar la calidad y cantidad del perdón divino, debemos brindar la misma medida de perdón recibido; una meta desafiante, pero a la vez inspiradora.