< May 18, 2014 >

Comentario del San Juan 14:1-14

 

¿Cheque en blanco?

No sería mala idea considerar a los versículos 13 y 14 como motivadores para la meditación de todo el texto. En ellos se alude tanto a la naturaleza del creyente en su condición de peticionario como a la bondad del Señor. Sin embargo, debemos preguntarnos sobre lo que quiere decir el Señor cuando afirma que hará todo lo que le pidamos al Padre en su nombre.

¿Se tratará de algo así como de un cheque en blanco que implica pedir lo que se nos antoje? Creo que los primeros versículos (1-3) proponen un criterio para entender lo que está tratando de decir Jesús en el contexto de la víspera de su despedida. Los versículos siguientes (4-6) señalan el destino de quienes confían en Jesús; para su cumplimiento se establece un medio presentado como el “camino.” Nuestro estudio se hace más apasionante en los versículos posteriores (7-12), que reflejan el corazón del discurso de Jesús. Incluyen la afirmación condicional “si me conocierais, también a mi Padre conoceríais” (v. 7), que es una invitación a creer más en el Señor, y la promesa de que quien crea en el Señor también hará las obras que él hace.

De seguro que la meditación de estos catorce versículos nos invitará a asumir retos y compromisos en el hoy y aquí en que nos encontremos.

a) No turbarse; sólo confiar en el Señor (vv. 1-3)

Luego de desenmascarar la traición de Pedro (Jn 13:36-38), el afán de Jesús es consolar a los discípulos, y a la vez ayudarlos a superar las debilidades traducidas en la tentación de obtener dinero fácil, como le pasó Judas, o la vergüenza que sentiría Pedro a la hora de dar fe de su filiación con Jesús.

No siempre habrá penumbras y tinieblas dominando el mundo, y apartando a las personas de Dios. El punto final no es el triunfo de la oscuridad, sino el acceso a las muchas “moradas” preparadas por el Señor mismo. Jesús no pretende “sacar” a los suyos de la historia, sino que nos llama más bien a no tener miedo de confrontar, en la historia y en el tiempo, las adversidades y las consecuencias de ser testigos de la eclosión del reino a partir del mensaje de Jesús. El lugar al lado de Dios está asegurado para quienes, además de no temer, confían en lo que hacen porque quien los anima estará siempre con ellos/as. Sencillamente, el lugar pleno de quienes asumen el reto de ser testimonio vivo está en la eternidad.

En virtud de lo anterior, el “pedir” al Padre en el nombre de Jesús (vv. 13-14) no tiene nada que ver con la satisfacción de deseos personales o antojadizos, sino con la seguridad de contar en la tierra con todo lo que únicamente Dios nos puede dar a quienes, más que desear, necesitamos; necesitamos firmeza, gozo, paz, constancia, fortaleza y ánimo para seguir siendo testigos del reinado de Dios en el tiempo.

b) Camino que se hace al andar (vv. 4-6)

En uno de sus poemas de amor, el poeta Antonio Machado decía: “caminante, no hay camino: se hace camino al andar.”1 En nuestro caso, como pueblo del Señor, es digno ser destacado el hecho de que NO estamos perdidos, sin saber qué camino seguir. Es más, hacemos camino porque Jesús abre sendas y caminos para caminar con él.

Saber el camino significa, según la afirmación del propio Jesús (v. 4), reconocer su señorío sobre nuestras vidas y aceptar su mensaje. Recordemos que según la trayectoria descripta en los cuatro evangelios del segundo testamento, Jesús se introduce en la historia como el portavoz del reino de Dios (Mt 4:17; Mc 1:15; Lc 4:18ss; Jn 3:3ss).

Los seres humanos, por naturaleza, tenemos proyectos o metas a alcanzar. Para ello necesariamente necesitamos seguir algún camino, expresado en métodos o medios para el logro de los mismos. Nuestro itinerario se enmarca en la trayectoria de la historia de la salvación; desde la creación hasta la consumación de los tiempos venimos caminando porque nuestro anhelo es llegar hacia el Padre. Como a sus discípulos, Jesús nos recuerda a nosotros y a nosotras que si lo conocemos a él, sabemos ya cómo llegar al Padre.

c) Seguir haciendo las obras de Jesús (vv. 7-12)

Seguramente no había nada más triste para Jesús que advertir que cuanto más tiempo pasaba con los suyos, menos lo conocían. Muchas veces las vicisitudes de la vida pueden inclusive poner en tela de duda nuestra fe y confianza en el Señor. No obstante, parecería que Jesús nos demanda una demostración de fidelidad en virtud del tiempo en que hemos “caminado” y tenido una relación personal con él. Si en nuestras jornadas tanto de alegría como de tristeza no hemos sentido la compañía dulce y solidaria de Jesús, seguramente actuaremos igual que Felipe, pidiendo pruebas de la presencia del Padre en medio nuestro. Preguntas obvias como: ¿dónde estabas?, ¿por qué permites? o ¿por qué no me ayudas?, serían recurrentes si no estuviéramos seguros de que en medio de todo el Señor sigue siendo Señor y conserva el control de todas las cosas.

Una de las cosas que la sociedad y el mundo nos exigen en este tiempo es que demos cuenta de nuestra identidad, que por cierto no tiene nada que ver con el “factor denominacional,” es decir, con la pertenencia a alguna organización cristiana. Hoy se espera que nuestro cristianismo esté articulado con la irrupción del reino de Dios y que, a través de nuestro compromiso y nuestra militancia, se manifieste la gloria de Dios en hechos que den cuenta de algo distinto y maravilloso que se hace presente en el mundo.

Vivimos en un tiempo en que proliferan muchos ministerios prometiendo milagros y hechos sobrenaturales de parte de Dios. Sin embargo, parecería que todo ello se reduce a nada más que a una vivencia congregacional y templo-céntrica. Simultáneamente, sigue habiendo hambre en el mundo, las cárceles están hacinadas, crece la trata de personas y el maltrato a los niños/as, y también la violencia doméstica e intrafamiliar se incrementa día en día. Y por eso es que, en medio de tantos signos de muerte y de pecado, debemos preguntarnos: ¿Qué significa hacer las obras que Jesús hace y aún mayores que las del propio Jesús?

Sin duda, estamos retados por nuestro propio Señor y Maestro a humillarnos y a reconocer que hemos pecado de soberbia y vanagloria; no hemos permitido que la gloria de Dios se manifieste a través de nosotros/as en actos y hechos de amor.

 


 

1Véase http://www.antoniomachadoensoria.com/caminante_no_hay_camino.htm#.UzBrJYVW4yc (consultado: 24 de marzo, 2014).