< December 08, 2013 >

Comentario del San Mateo 3:1-12

 

La irrupción del tiempo

No todos creían que el Mesías había de venir. Mientras unos lo ansiaban con fervor y oraban pidiendo su llegada, otros pensaban que era solo una antigua leyenda, bella como pocas, pero leyenda al fin. Fue así hasta que “se presentó Juan.”

Este Juan era un ser extraño. Vivía en el desierto, se vestía con ropas rústicas, y comía lo que encontraba en su alrededor. Pero el texto no es ingenuo al mencionar que comía langostas: son insectos que explícitamente Levítico 11:22 señala como aptos para alimentarse. De manera que Juan podía tener conductas excéntricas, pero cumplía con las prescripciones de la fe de Israel. Era un hombre recto. Notemos la diferencia entre Juan y los demás líderes de las historias bíblicas. Mientras Abraham, Moisés, David y otros guiaron con la ayuda de Dios al pueblo, Juan se aparta al desierto y desde allí lo convoca. Es sin duda un líder distinto a los demás; esto es así porque el tiempo está en proceso de cambio. Se está por producir la “irrupción del tiempo;” el momento en el que se operará un cambio radical en el modo de relación de Dios con su pueblo. Y eso exigía una figura nueva y renovadora.

Al continuar nuestra preparación en este Adviento debemos preguntarnos qué significa que Juan convoque desde “el desierto.” Quizás podríamos haber esperado que lo hiciera desde el templo de Jerusalén o desde alguna de las sinagogas que presidían los pueblos y aldeas. Pero el Señor lo lleva al desierto para que desde allí llame a la gente. El desierto en la tradición bíblica no es un lugar yerto, sino el lugar de la purificación. Allí Israel pasó sus mejores años de relación con Dios, cuando vivían de la confianza en su protección y no necesitaban más que lo que Dios les proveía. Y así como aquellos cuarenta años del éxodo fueron de renovación y rencuentro con Dios, ahora Juan los llama a un nuevo “ir hacia el desierto” donde su predicación los invitará a renovar su pacto con Dios.

Y allí, en el desierto, recibirán la noticia ansiada: está cerca el tiempo en que el reino de los cielos va a irrumpir entre ellos y ellas. En la fe de Israel eso significaba un tiempo de paz, de justicia, de restitución de la dignidad, de encuentro con Dios. Pero también oyen que deben prepararse para ese momento, que no es tan solo una invitación a ser espectadores de un evento. Y la preparación consiste en arrepentirse de los pecados y sumergirse en las aguas del Jordán, un rito con el que simbolizarían la limpieza de las faltas y la inauguración de una vida nueva, de una renovada relación con Dios. Cuando Juan percibe que algunos fariseos y saduceos buscan ser bautizados los llama a cambiar de vida y a producir “buenos frutos” para no ser cortados y quemados en el fuego de lo inservible. Sin duda que Juan los incluye en su llamado, pero les advierte que su bautismo no limpia el cuerpo y el alma si no han cambiado de conducta. El agua del bautismo testifica el arrepentimiento; no lo provoca.

¿Cómo nos preparamos para la irrupción del reino en nuestras vidas? A veces creemos que la sola presencia en la iglesia, o la misma lectura de la palabra nos previene de alejarnos de Dios. Sin embargo, cuando observamos la escena bíblica que nos convoca vemos que la mayoría de quienes se acercaban eran creyentes y seguramente piadosos. Juan no los llama a asumir una fe que no tienen, sino a revisar su vida a la luz de la fe que ya tienen. Cuando les reprocha a fariseos y saduceos el hecho de que creen estar libres del juicio de Dios porque tienen “a Abraham por padre,” les está queriendo decir que la vida de fe y el seguimiento del Señor no se heredan, sino que constituyen una decisión que cada persona debe tomar por su sola cuenta. Damos gracias a Dios por quienes crecieron en una familia que les transmitió la fe y también por aquellos y aquellas que tuvieron que integrarse a una iglesia porque nunca de niños hubo quien les hablara del evangelio. Pero ambas experiencias–y las muchas que sin duda hay entre esos dos extremos–exigen que en algún momento la persona decida que eso que recibió de pequeño o que descubrió de grande es importante para su vida y que será el fundamento de su fe y de sus días. No hay una escuela para aprender a arrepentirse: es una experiencia personal que nace de la fe y del íntimo convencimiento de que necesitamos de Dios.

Es importante que en Adviento evoquemos nuestro bautismo. Recordemos aquellas aguas por las que muchos oraron para que arrastraran las impurezas y nos introdujeran en una nueva vida; recordemos aquel quizás lejano día en que se clamó protección y bendición para nuestras vidas: lo que sucedió en esas aguas debe ser cada día renovado en nuestras vidas. Si Juan anunciaba un bautismo con agua y otro posterior llevado a cabo por el Mesías en “Espíritu Santo y fuego” es porque el que había de venir aún no se había manifestado. Hoy sabemos que en Cristo ambos bautismos van juntos y que las aguas que se derraman en medio de las oraciones, los cantos y las lecturas, dan testimonio de la acción renovadora de Dios en la vida del bautizando. Y de algún modo al bautizarnos pasamos a ser hijos e hijas de Abraham. Por las aguas del bautismo somos recibidos en el pueblo de Dios y somos herederos de esa larga y rica tradición de fe y esperanza. Pero al igual que a saduceos y fariseos, Juan nos llama a no creer que por ser parte de ese pueblo podemos desentendernos de lo que sucede a nuestro alrededor. Participar del pueblo de Dios (lo que para los cristianos significa ser parte “de la iglesia”) no nos libra de la responsabilidad de ir hacia nuestro propio desierto y purificar la fe que poseemos.

En este Adviento somos llamados y llamadas a través de las palabras de Juan el Bautista a revisar nuestra fe y a reencontrarnos con Dios. Dios nunca se fue de nuestro lado y hoy se nos pide que renovemos el pacto de vida que un día hicimos con Dios. El tiempo se acerca y Dios quiere encontrarnos de su lado.