< October 20, 2013 >

Comentario del San Lucas 18:1-8

 

El Dios que hace justicia

Las parábolas de Jesús tienen el poder de lograr que las personas que las escuchan o leen se identifiquen con los personajes. En algunas parábolas descubrimos inmediatamente quién es el personaje que representa a Dios, y cuáles son los personajes que se oponen a la voluntad de Dios. La parábola que comúnmente se conoce como la parábola del “juez y la viuda”, nos presenta dos personajes antagónicos: uno que representa al Dios de la justicia y el otro que reta al mismo Dios. La audiencia tiene que meterse en el drama de la parábola para darse cuenta de cuál es el personaje cuyo comportamiento se debe imitar y cuál es el personaje cuyo comportamiento se debe evitar.

En esta parábola, Lucas nos presenta uno de sus temas favoritos, que es la oración: “Para inculcarles que hace falta orar siempre sin cansarse, les contó una parábola” (Lc 18,1). Lucas es el evangelista que más veces presenta a Jesús orando e invitando a la comunidad a poner en práctica la oración (Lc 3:21; 5:16; 6:12; 9:28-29; 11:1-13; 22:32; 22:39-46; 23:46). Nuestra parábola para este domingo sigue dentro de la óptica del camino. El autor del tercer evangelio, fiel a su narrativa, omite todo dato sobre la ocasión y las circunstancias de la parábola. Lucas solo centra su atención en la necesidad que tiene la comunidad de orar siempre. La oración/fe que Lucas requiere es hacer prevalecer la justicia ante jueces que se oponen a las exigencias del evangelio de Jesús. 

La parábola del juez que vivía en una ciudad sin nombre, con un sistema en el que la justicia rara vez llegaba a las personas excluidas, no tiene nada de raro. Lo insólito de la parábola es que ese juez sin nombre, sin familia, ahora vive como enemigo acérrimo del Dios que imparte justicia. En el segundo libro de las Crónicas, Josafat designa jueces en cada territorio de Judá y les da las siguientes indicaciones: “Mirad lo que hacéis; porque no juzgáis en nombre de los hombres, sino en nombre de Jehová, el cual está con vosotros cuando juzgáis. Sea, pues, con vosotros el temor de Jehová; mirad lo que hacéis, porque en Jehová, nuestro Dios, no hay injusticia ni acepción de personas ni admisión de cohecho” (2 Cr 19:6-7). El juez ideal -según la Biblia- sería entonces un juez que teme a Dios, y que actúa solamente como instrumento de la justicia de Dios en favor de las personas de la comunidad, porque en definitiva la justicia le pertenece a Dios.

Lucas, en su parábola, presenta muy negativamente la figura del “juez,” ya que dicho individuo actúa como la persona necia que ha decidido vivir sin Dios: “Dice el necio en su corazón: ‘No hay Dios.’ Se han corrompido e hicieron abominable maldad; ¡no hay quien haga el bien!” (Sal 53:1). Resulta escandaloso que este juez sin nombre, literalmente afirme y desafíe a Dios cuando confiesa de manera pública que no teme a Dios ni respeta a las personas que buscan justicia. “Había en una ciudad un juez que ni temía a Dios ni respetaba a hombre” (Lc 18:2). Lucas no solamente presenta al juez que no teme a Dios una vez, sino dos veces (Lc 18:4). Así que no podemos tomar ligeramente la actitud injusta de este juez inicuo, que vive sin Dios, sin comunidad y sin ley. Por lo tanto, este juez injusto no puede ni debe ser la imagen de Dios, porque se ha separado de la justicia de Dios, al no hacer prevalecer la justicia en favor de las personas pobres y excluidas de la comunidad, como es el caso de la viuda. 

La viuda que clama día y noche para que se haga justicia

“Hazme justicia de mi adversario” (Lc 18:3) no es solo el grito de la viuda de nuestra parábola, sino que esta demanda se ha convertido en el grito eterno de todas las personas que claman día y noche al Dios de la justicia. Este es el grito de millones y millones de personas que del norte al sur, y del este al oeste, recurren una vez más al Dios de la justicia, cuando los sistemas injustos al igual que las personas injustas, desoyen el clamor de las nuevas viudas. “Hacer justicia” se repite en la parábola en cuatro ocasiones (Lc 18:3, 5, 7, 8). Sabemos que Dios hace justicia sin tardanza a las personas elegidas, si claman a Dios día y noche (Lc 18, 7). En la parábola de este domingo, Dios no es el único que hace justicia, sino que también una viuda, sin nombre y sin apellido, hace justicia, porque que se le haga justicia contra su enemigo es mérito de la perseverancia de la viuda en su reclamo. Esta viuda es el modelo de todas las personas marginadas, que luchan por un mundo más justo. También esta viuda es la imagen misma de Dios.1

La parábola encaja perfectamente en la situación de aquellos -y de estos- tiempos en los que las viudas sufren y experimentan todo tipo de abusos económicos. Ya desde tiempos antiguos, las Escrituras Hebreas dan testimonio de que Dios escucha el clamor de las viudas y sale en su defensa contra sistemas injustos y jueces corruptos, que abusan de ellas: “A ninguna viuda ni huérfano afligiréis, porque si tú llegas a afligirlos, y ellos [ellas] claman a mí, ciertamente oiré yo su clamor, mi furor se encenderá y os mataré a espada; vuestras mujeres serán viudas, y huérfanos [huérfanas] vuestros hijos [hijas]” (Ex 22:22-24). El profeta Amós maldice a las personas que “convierten en ajenjo el juicio y echan por tierra la justicia” (Am 5:7) y a las que aborrecen al reprensor en la puerta de la ciudad y detestan al que habla lo recto (Am 5:10). La viuda de nuestra parábola, como una verdadera profetisa, desafía y denuncia al juez corrupto, que ha convertido todo el sistema judicial en veneno. 

¿Cómo fue que la viuda se hizo justicia? A menudo se banaliza la acción de la viuda en relación con el juez y con su enemigo anónimo. Erróneamente se ha leído e interpretado que es el juez quien al final le “hace justicia” a la viuda, para que no siga molestando (Lc 18:5). A decir verdad, no es el juez quien le hace justicia. ¡Es la viuda quien se hace justicia contra su enemigo y pone al juez en su lugar! El verbo que se ha traducido como “molestar” en 18:5 es en realidad un verbo fuerte y violento. El verbo griego hypopiazo pertenece al mundo del boxeo, así que la traducción sería “dejar el ojo morado” o “noquear” al contrincante. Sólo dos veces aparece este verbo en todas las Escrituras cristianas (la otra vez es en 1 Co 9:27) y en ambas el significado es de agresión. La viuda, como “boxeadora”, ha mandado al juez a la lona y ha desenmascarado a quien es responsable de impartir justicia. Así que la idea que a menudo se hace de la viuda, de ser “callada,” “dócil,” “sumisa” y “abnegada,” y de vivir con resignación la opresión de sus enemigos, debe desaparecer en nuestra interpretación. Lucas en esta parábola nos presenta el prototipo de lo que debe ser la mujer de fe. Esta mujer actúa como Dios, pelea con jueces injustos, y se hace justicia contra enemigos poderosos. Cuando imitemos a la viuda que se hace justicia, entonces podremos estar seguros de que cuando venga el hijo de la humanidad efectivamente encontrará una fe activa en la tierra (Lc 18,8).



1Esta idea ha sido elaborada, con gran detalle y erudición, por Barbara Reid en Parables for Preachers. The Gospel of Luke. Year C (Collegeville: The Liturgical Press, 2000), 227-236.