< March 04, 2018 >

Comentario del San Juan 2:13-22

 

En Juan, el relato de la purificación del templo está puesto bastante al comienzo de la actividad pública de Jesús, antecedido solo por la historia de las bodas en Caná.

En los evangelios sinópticos, en cambio, la purificación del templo forma parte de las actividades de la última semana de Jesús en Jerusalén. El relato es el mismo; así lo atestiguan la escena en sí y el vocabulario. Es decir, no hubo dos purificaciones, una al principio y una al final del ministerio de Jesús. Cabe deducir que Juan ubicó el relato al principio de su texto para subrayar enfáticamente que el Mesías tiene pleno poder para crear y fundamentar una nueva forma de adorar a Dios, un nuevo culto. Al mismo tiempo y dadas las características tan radicales del hecho, es un detonante para un proceso de distanciamiento y creciente enemistad de los oponentes que estallará en la crucifixión.

La descripción de la expulsión de los vendedores de animales para los sacrificios y de los cambistas ubicados en el patio externo del templo está llena de colores muy vivos. “Templo” le decían a todo el complejo formado por el santuario propiamente dicho, patios interno y externo, galerías y otras dependencias. Los comerciantes tenían sus puestos en una galería externa; no dentro del santuario al que tenían acceso solo los sacerdotes. Sus actividades eran consideradas necesarias, pues facilitaban, sobre todo a los fieles que venían de lejos, la adquisición de animales para las ofrendas y el cambio de dinero del exterior a monedas tiro-fenicias en vigencia en Jerusalén para pagar el impuesto anual del templo. Es decir, estos puesteros brindaban un servicio necesario, pero sus negocios con frecuencia estaban contaminados por prácticas engañosas.

Para Jesús, todo este negocio era un sacrilegio, tanto el necesario como el fraudulento, pues el espacio completo del templo y sus instalaciones eran propiedad de Dios y no debían ser convertidos en “una casa de mercado,” como dice el v. 16. Al respecto, es importantísimo el término del original griego que la versión Reina Valera 1995 traduce como “mercado”: empórion. El sustantivo griego émporos (comerciante), derivado del verbo emporéuomai (negociar), significa comerciante al por mayor, empresario, mayorista; muy diferente del kápelos, que es el mercader, comerciante menor, tendero. Los sustantivos emporía (negocio, comercio) y empórion (plaza comercial, mercado), se usan frecuentemente en contextos negativos en la Septuaginta, la versión griega de la Biblia Hebrea. Se destaca el lamento conmovedor sobre Tiro en Is 23 y Ez 27. El Nuevo Testamento emplea el verbo emporéuomai para los grandes comerciantes altivos en Stg 4:13 y el sustantivo émporos (comerciante) para los megacomerciantes en Ap 18:3.11.15.23, que han realizado sus grandes negocios con la prostituta Babilonia. Debido a estos usos, toda la familia de palabras del comercio tiene una carga negativa. Y aquí, en nuestro texto de Juan, es justo el espacio tan caro y sagrado para toda persona creyente fiel el que es convertido en un lugar de tales prácticas. Jesús asume su responsabilidad por la pureza de la casa del Padre. Limpiarla no es un acto de fanatismo, sino un reclamo divino por su propiedad, pues el lugar de la veneración y adoración de Dios había sido ocupado por la avidez de ganancias.

La crítica de abusos y corrupción en el templo es de larga data. Jesús está respaldado por una línea ininterrumpida de tradición profética. Zac 14:21 incluso anuncia que “en aquel día no habrá más mercader en la casa de Jehová [YHVH ] de los ejércitos.”

El resultado de la acción insólita de Jesús es enorme. No hay resistencia física a su proceder. A nadie se le ocurre llamar a la policía del templo formada por levitas bajo la orden de un sumo sacerdote. Algunos apenas levantan una pregunta acerca de la autoridad con la que Jesús procede y exigen una señal, un milagro, que legitime la acción. La respuesta es tan sorprendente como la acción en sí. Jesús habría podido citar a Zacarías, pero lo que dice evidencia que va muchísimo más allá. Jesús cuestiona radicalmente todo el universo del templo con su funcionamiento. Desafía a sus oponentes a derribar el templo. Él lo reconstruirá en tres días. Por supuesto que ningún fiel desmantelaría el santuario. Juan se apura en aclarar que estas palabras enigmáticas de Jesús remiten su resurrección. Esto significa que Jesús mismo reemplaza el templo. También los evangelios sinópticos mencionan una palabra de Jesús sobre el derribo y la reconstrucción del templo indicando que los oponentes la usan en el juicio contra Jesús.

Juan concluye de manera magnífica el relato con un comentario explicativo. La resurrección aclarará a los discípulos el misterio de esta palabra. Comprenderán que Jesús no levantará un templo renovado en lugar del viejo, como aguardaba la esperanza apocalíptica que lo hiciera el Mesías. No un lugar físico, sino Jesucristo, Dios hecho hombre, es de ahí en más el lugar de la revelación y del encuentro de Dios con sus hijos e hijas. La comprensión de esto se basa en la experiencia de la resurrección, en la Escritura y en la palabra del propio Jesús. La acción salvífica de Dios, cuyo relato comienza en Gn 1:1 y es retomado en Jn 1:1, llega a su meta en la muerte y resurrección de Jesús, que de esta manera quedan vinculadas con la Escritura. La purificación del templo no es, pues, un mero hecho llamativo y provocador, sino un medio para la comprensión de la misión de Jesús. Los edificios de piedra o del material que fuere ya no son lugares sobresalientes para encontrar a Dios, sino que el Salvador crucificado y resucitado es el “lugar” de la presencia de Dios y en el que Dios viene a nuestro encuentro. Jesús es quien abre el acceso al Padre.

Este comentario redaccional de Juan se proyecta sobre el lector y la lectora y nos remite a la Escritura que ahora también abarca las palabras de Jesús, precisamente el evangelio de Juan. La Escritura del pueblo de Dios y la palabra de Jesús se confirman mutuamente. Ambas tienen su origen en Dios. La Escritura y su predicación son, pues, el vehículo que nos vincula con el Señor. Son una especie de “santuario portátil” para el pueblo de Dios en marcha.

Rumbo a la Predicación

En algún lugar de la predicación conviene decir algo breve sobre el lugar diferente que ocupa el relato juanino en comparación con los sinópticos, pues allí esta acción tiene lugar luego de la entrada triunfal de Jesús celebrada el Domingo de Ramos.

El sermón puede estructurarse de la siguiente manera:

1. ¿Qué significa para nosotros y nosotras adorar a Dios? ¿Cómo, dónde, con quiénes lo hacemos? ¿Qué importancia le damos a nuestros templos? ¿Qué intereses se interponen en nuestra adoración de Dios? ¿Hay acaso también razones económicas que nos separan de Dios, como se nota en este relato?

2. Jesucristo, Dios hecho hombre, no solo cuestiona la conversión del santuario en un mercado donde prima la avidez de ganancias en lugar de la adoración, sino que se presenta a sí mismo como el único “espacio” de revelación y del encuentro con Dios. ¿Cómo “usamos” este “espacio,” cómo nos vinculamos con él?

3. Por nuestra fe en el Crucificado-Resucitado que nos es predicado, se nos abre la comprensión de la Escritura; y asimismo vale que “empapándonos” de la Escritura, nos “empapamos” de Él. La comprensión no es un proceso filosófico de deducción racional y matemática, sino un proceso de fe, constantemente alimentado por la Escritura, en comunidad. Es arriesgarse a creer, a confiar y a ser fieles. No solitos/as y aislados/as, sino en una comunidad de fe y amor.