Tercer Domingo de Pascua

Un cambio en la dirección de la vida

Detail from Franz de Paula Ferg's
Image: Franz de Paula Ferg, Detail from "Auf dem Weg nach Emmaus," 18th Century via Wikimedia Commons.

April 19, 2026

View Bible Text

Comentario del San Lucas 24:13-35



Un hombre comentaba una vez: “Mi esposa y yo tenemos el secreto para un matrimonio feliz: dos veces a la semana vamos a un restaurante y disfrutamos de una rica comida y un buen vino. Ella va los martes y yo los viernes.” Esta graciosa anécdota nos muestra lo difícil que es a veces la convivencia. Incluso las personas que más se aman suelen atravesar por problemas y circunstancias que terminan distanciándolas y separándolas. Es lo que les pasó a los discípulos de Jesús. Después de la muerte de su Maestro entró la desilusión en el grupo y algunos comenzaron a marcharse.

Hoy el evangelio nos cuenta la historia de dos de esos discípulos que, luego de la crucifixión de Jesús, decidieron abandonar Jerusalén y regresar a su pueblo, Emaús. Iban conversando por el camino, tristes y sin esperanza. De pronto se les presentó el propio Jesús en el camino, como un hombre más, como un simple viajero. Les preguntó qué les pasaba. Ellos, sin darse cuenta de quién les estaba hablando, empezaron a contarle su pena, su angustia, su preocupación. ¿Por qué no reconocieron a Jesús? Porque estaban tan encerrados en el propio dolor, que solo les importaba su problema, su fracaso, su orgullo herido, su ilusión evaporada. Quizás el dolor del desamparo facilitó la entrada de la envidia, porque incluso le dijeron: “Para colmo andan diciendo que unos ángeles se les aparecieron a algunas mujeres, y a nosotros no.” Su egoísmo herido no les permitía ver nada. Ni siquiera les interesaba quién era el viajero que los acompañaba. Sólo hablaban de ellos y sus sueños perdidos. Estaban tristes, no tanto por la muerte de Jesús como por la muerte de sus planes y proyectos.

El evangelio describe muy bien la situación que sucede hoy en muchos/as de nosotros/as. Nos sentimos tan mal y con tantos problemas que nos pasamos el día entero dando vueltas sobre lo mismo y hablando de nosotros/as. Creemos que lo que nos sucede es lo más grave del mundo, que nuestros inconvenientes son lo más importante que hay. Y así, poco a poco se nos van nublando los ojos y ya no distinguimos a nadie a nuestro lado. La vida, los hijos, los amigos pasan a un segundo plano.

Incluso el tema de conversación de los discípulos de Emaús se asemeja muchas veces a los nuestros. También nosotros/as tenemos siempre un cadáver del que hablar. Relatos de muerte. Situaciones depresivas. Tristes elencos de derrotas, desilusiones, desencantos, amarguras. Como si nunca nos pasara nada bueno y solo tuviéramos malas noticias que informar. Algunos/as hasta son especialistas del desconsuelo. ¡Y eso que creemos en un resucitado! Es lo que sucedía con los viajeros de Emaús: hablaban de un muerto, mientras la Vida caminaba a su lado.

Me contaba una vez un joven que una noche tarde su amigo lo llamó por teléfono y le preguntó: “¿Cómo estás?” Este le contestó: “Me encuentro mal, muy agobiado.” Su amigo le dijo: “¿Quieres que vaya a tu casa para que hablemos?” “Sí,” respondió. A los pocos minutos se presentó en su casa y estuvieron charlando largo rato de su trabajo, su familia, sus deudas. El amigo lo escuchó atentamente. Cerca de la madrugada, cuando el joven ya estaba mejor, le dijo: “Bueno, me voy, tengo que ir a trabajar.” El joven se sorprendió: “¿Por qué no me dijiste que tenías que ir a trabajar? ¡Mira la hora que es, no dormiste nada!” El amigo exclamó: “No hay problema, para eso están los amigos.” El joven lo acompañó hasta la puerta y al despedirse le preguntó: “A todo esto, ¿para qué llamaste anoche tan tarde?” El amigo le dijo: “Es que te quería contarte algo.” “¿Qué pasa?” “Fui al médico y me dijo que estoy muy enfermo.” El joven quedó mudo. Su amigo sonrió y dijo: “Pero ya hablaremos de eso. Que tengas un excelente día.” Dio media vuelta y se fue. El joven no pudo reaccionar. Se preguntaba una y otra vez por qué, cuando su amigo le preguntó cómo estaba, se olvidó de él y solo habló de sí mismo. ¿Cómo, con semejante preocupación, tuvo la fuerza de sonreír, de darle ánimos, de decirle todo lo que le dijo, estando él en esa situación? Y finalizó su relato confesándome: “Desde entonces mi vida cambió. Soy menos dramático con los problemas, trato de estar más atento con la gente que quiero, de prestar atención al que está a mi lado y ayudarlo a que su día sea mejor.”

Hoy resulta difícil hablar con algunas personas, porque cuando empezamos contando un problema, el otro interrumpe mostrando que sus desgracias son mayores. Es como si compitiéramos para ver quién dramatiza más sus desventuras. Tal vez necesitamos hacer silencio sobre nosotros/as mismos/as, y empezar a ver qué sucede a nuestro alrededor.

Entre las cosas que los discípulos de Emaús le contaron a Jesús, según el evangelista, hay una frase sorprendente: “Nosotros esperábamos que él fuera el que había de redimir a Israel” (v. 21). Ese es el gran drama de los/as creyentes: esperar que Dios venga a salvarlos/as de sus problemas y a hacer las cosas por ellos/as. Oran y piden que intervenga para solucionar sus asuntos. Y cuando comprueban que Dios no les hizo caso, se desilusionan y se van. Jesús advierte a los discípulos de Emaús que son ellos quienes deben movilizarse para que las dificultades mejoren. Ellos, precisamente, que huían de Jerusalén. Lo que ahora debían hacer era dar media vuelta y regresar a asumir sus compromisos. Porque cuando uno pone sus expectativas en los de afuera y evade sus responsabilidades, nada cambia en la vida. Dios solo actúa cuando el hombre trabaja. Lo decían muy bien los Santos Padres: la providencia de Dios es el hombre.

Cuentan que en un pueblito se celebraba una fiesta de bodas, de esas que duran varios días. Como los novios eran de escasos recursos, pidieron a los/as invitados/as que cada uno/a llevara una botella de vino y, al llegar, la vertiera dentro de unos grandes barriles. Así, gracias a la contribución de todos/as, se podría celebrar la fiesta. Los/as invitados/as fueron llegando con su botella y echando el vino en los barriles. Pero cuando empezó el festejo y llegó el momento de servirlo, descubrieron que no tenía gusto a nada. Abrieron el barril, y lo único que encontraron adentro fue… ¡agua! Cada asistente había pensado: “Si en un barril lleno de vino pongo un poco de agua, nadie lo notará.” El problema fue que todos/as habían pensado lo mismo. Así se arruinó la fiesta y fracasó el festejo. Nuestras pequeñas deserciones, nuestros escapes, nuestra huida de las responsabilidades van aguando la vida a nuestro alrededor. Las evasiones de nuestras tareas, por pequeñas que parezcan, terminan empobreciendo el mundo de los demás: el de nuestra familia, nuestra comunidad y también nuestro propio mundo.

Los discípulos de Emaús todavía no se habían dado cuenta de que el viajero que se les había aparecido era Jesús cuando le dijeron: “Quédate con nosotros” (v. 29). Y Jesús se quedó. Pero no para hacer las cosas por ellos, ni para resolverles mágicamente sus problemas, sino para trabajar junto a ellos, dándoles fortaleza en las tareas que ellos debían emprender, y llenándolos de esperanza en su misión.

El relato termina con un comentario impactante. Cuando los discípulos finalmente reconocen a Jesús, “levantándose en esa misma hora, volvieron a Jerusalén” (v. 33). Es un detalle narrativo muy fuerte, porque Emaús estaba a 10 kilómetros de allí, y ya había anochecido (v. 29). Pero Lucas quiere mostrar cómo el encuentro con Jesús puede hacernos cambiar inmediatamente la dirección de la vida. Y no se trata solo de los grandes cambios o conversiones de la existencia. También sucede en los pequeños caminos equivocados que tomamos cada día. La rutina o el egoísmo pueden llevarnos por senderos de agresividad, de temor o de desánimo. Y al descubrir a Jesús caminando a nuestro lado, las cosas se reordenan por dentro. El encuentro con él no solo transforma los grandes rumbos de la vida; también corrige los pequeños desvíos de cada día.

Si hay algo que hoy nos está superando, desbordando, el evangelio nos recuerda que Jesús camina a nuestro lado. Abrir los ojos y descubrirlo tal vez nos haga dar media vuelta y volver a tomar el camino correcto.

Flyer on lightpost saying Good News Is Coming
Photo by Jon Tyson on Unsplash; licensed under CC0.

Good news for RCL preachers!

A new RCL newsletter available FREE for anyone who wants:

  • a monthly word of inspiration from the Working Preacher team
  • access to upcoming Sermon Brainwave epsiodes and text commentaries
  • other resources related to preaching in the coming month