Sunday of the Passion (Palm Sunday)

El paradójico reinado mesiánico de Jesús

Entry into the City
Detail from "Entry into the City," John August Swanson. Used with permission from the artist. Image © 1990 by John August Swanson, 36” by 48”, www.JohnAugustSwanson.com.  Artwork held in the Luther Seminary Fine Arts Collection, St. Paul, Minn.

April 2, 2023

Suplementario Evangelio
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Comentario del San Mateo 21:1-11



Era muy extraño. Sería la única vez que Jesús entraría a una ciudad de una manera bastante sensacionalista y muy simbólica.

[¿Buscas un comentario sobre Mateo 27:11-54? Aquí tienes un comentario sobre el evangelio para el Domingo de la Pasión por Adolfo Céspedes Maestre.]

Antes había llegado a los lugares que visitaba exclamando sus enseñanzas, hablando en extrañas metáforas o sanando a personas desde las periferias hasta los centros de la correspondiente ciudad. Ahora, en cambio, se detiene a formular un plan que pudiera hablar de lo que significaba su misión sin tener que decirlo explícitamente. Quizás por eso quiere hacer de su llegada algo llamativo, interesante y, sobre todo, significativo. Así entonces, Mateo el evangelista va a mostrar en su relato al Jesús que tanto esperamos, al que se revelaría como aquel personaje que desde los tiempos de los profetas era la esperanza de los judíos, el mesías.

En otras palabras, Jesús quería comunicar, a través de esta distintiva entrada, su actitud y mensaje revolucionario, y quería sacudir las entrañas de una religión que amansaba las políticas externas con Roma y que con ello legitimaba los diferentes abusos socioeconómicos en perjuicio de los menos aventajados. Sí, él llegaría como llegaban los más importantes en su tiempo, como quienes venían a celebrar la pascua, y lo haría, más específicamente, como llegaba el kyrios, el césar, el señor, el emperador, aquel a quien se le rendía tributo y en algún momento hasta culto. Llegaría a Jerusalén diciendo que él era quien cambiaría las cosas, pero no desde el poder, sino que vendría humildemente sentado en un pollino, porque la suya sería una versión contraria a la de los reyes o emperadores de aquel entonces que llegaban en sus caballerías, con trompetas y edictos imperiales. Jesús actuó como lo hizo para subvertir el mensaje y decir que él también era rey, pero un rey diferente, el rey que sirve y sufre por los pobres, y eso sí que sería bastante amenazante para los romanos y para los judíos. Así fue por lo menos como los judíos lo entendieron y tomaron, como una verdadera provocación.

A todo esto, ser un mesías como se lo entendía desde el corazón de los judíos, no era un título para todo aquel que gritara por las calles “salvación,” sino que requería ciertas especificidades y acciones puntuales de parte del personaje en cuestión, como carisma de liderazgo, sangre davídica y ansias de liberación histórica y sociopolítica. Era aquel a quien le delegaban la responsabilidad de ser el representante de Yahvé que instauraría el derecho y la justicia. Era como si Dios mismo estuviera viviendo entre ellos y defendiéndoles de los poderes extranjeros que tanto les habían hecho sufrir en la historia. Él los libraría de la dominación romana, la violencia a la que estaban sometidos y la miseria que les tocaba vivir. Lo haría a través de la espada y con ejércitos. Quitaría el vasallaje y les daría libertad para ser una nación con su capital en Jerusalén. La venganza por medio de la violencia sería el proyecto político-militar del mesías que ellos esperaban.

Sin embargo, Jesús llegó entre palmas, cantos y pollinos, entre unos cuantos amigos que le seguían con la esperanza quizás de que él cumpliera la función mesiánica. Algunas de las personas, entre gritos triunfales, decían hosanna, pues también se le habían sumado tirando sus mantos y mostrándose conformes con el hombre que a través de este acto desafiaba y amenazaba la corrupción político-religiosa de aquel entonces. El evangelista nos muestra, así, que Jesús era lo que hasta entonces había querido dejar en silencio, pero que ahora reconocía públicamente ante los sacerdotes. Jesús era un rey, un rey mesías, pero no como ellos lo esperaban y, aquí estaría exactamente el problema, pues Jesús subvertía la idea de “mesías” y eso enojaría profundamente a los líderes más representativos del judaísmo del segundo templo, pues esperaban a un profeta que se impusiera con violencia ante los atropellos imperiales. Por esa razón, ellos manifestaron en vez un recalcitrante rechazo a su proyecto y a su mesianismo y reinado.

Jesús había anunciado la caída del templo, pero nunca estaría dispuesto a tomar a Jerusalén por la fuerza. Jesús no estaría dispuesto a poseer las armas como muchos esperaban del mesías y eso desilusionó más tarde a tantos que ahora le gritaban hosanna pero que después le tildarían de loco y lo condenarían a la muerte. Esa entrada sería solo el inicio de un mensaje que más tarde le llevaría a la muerte, pues Jesús murió como resultado de su mesianismo, de ese que se caracterizaría por una revolución, pero no de guerras violentas contra el imperio, sino de reconciliación, de un acercamiento del pueblo pobre y miserable a Dios, a un reino en donde todos y todas son aceptados/as. El de Jesús es un mesianismo al que no le interesa el poder, sino el servicio, al que no le importa derrotar al enemigo imperial, sino rescatar a los inocentes de las injusticias y darles entrada a aquellos que por ser pobres eran considerados pecadores y a quienes la religión oficial había convencido de que estaban alejados de Dios y les ofrecía ejercer un rol mediador.

La paradoja del mesianismo de Jesús es que todos y todas ahora podrían acercarse a Dios y a los otros seres humanos como iguales. Jesús diría que las personas de ahora en adelante tendrían una relación directa con Dios y los unos con otros. Jesús era de la estirpe de profetas que pensaban que una mejor relación del pueblo con Dios y una relación armónica entre los seres humanos cambiaría drásticamente toda la problemática sociopolítica que enfrentaban. Su paz no era la que se esperaba de un mesías que actuaría por venganza a los pueblos extranjeros, ni mucho menos era la pax romana, caracterizada por la dominación y la militarización. Por el contrario, era la reconciliación de todos los seres humanos, sin importar su condición social, con Dios y con las demás personas.

Aún hoy nos cuesta comprender esta realidad mesiánica de Jesús. Muchos de nuestros modelos de mesianismos de Jesús hoy día tendrían que derrumbarse o desaparecer. Creo que debemos mirar el texto como un acto chocante contra el sistema político religioso de ayer y hoy. El mesianismo de Jesús debe desafiar la lamentable costumbre de muchas comunidades de fe de mantener la desigualdad sociopolítica o económica entre los miembros, de discriminar entre quienes supuestamente deben o no ser aceptados por Dios y de señalar de manera constante a los pecadores y malos, alejados de Dios y de quienes le rodean. Desgraciadamente, también hoy hay quienes están en el poder religioso y presumen de ser mediadores ante Dios.

Entre gozos, a la entrada de Jerusalén se exaltaba al rey de justicia, dispuesto a señalar los actos de desigualdad llevados a cabo dentro del templo. Con su demostración escandalosa, Jesús intentaba comunicarles a los sacerdotes que había que cambiar las diferentes injusticias sociales que se perpetuaban desde el centro del templo y que habían permitido que el poder imperial destruyera la dignidad humana del pueblo mismo, no solo de una nación. Jesús nos dice que es un mesías que no entraría desde la violencia, sino desde la compasión, el amor y la humildad, sin exclusión de personas por sus condiciones sociales y mucho menos por sus condiciones espirituales. Me encanta el mesianismo de Jesús: la paz, el buen trato y la solidaridad con los menos favorecidos.