Domingo de la Pasión (Domingo de Ramos)

El rey rebelde, la muerte de Jesús y su legado heroico entre los pobres y bandidos

Painting of Jesus carrying cross by Hieronymus Bosch
"Carrying the cross," by Hieronymus Bosch; from Art in the Christian Tradition, a project of the Vanderbilt Divinity Library, Nashville, Tennessee; licensed under CC0.

April 2, 2023

View Bible Text

Comentario del San Mateo 27:11-54



¿Alguna vez te han acusado de algo que no has hecho? Si así fue, por tu mente pasó mil veces lo injusto que fue el señalamiento; seguramente trataste por todos los medios de demostrar que no era así, que estaban equivocados, que te habían juzgado mal, que se estaba cometiendo una crasa injusticia.

[¿Buscas un comentario sobre San Mateo 21:1-11? Aquí tienes un comentario sobre el evangelio para el Domingo de Ramos por Adolfo Céspedes Maestre.]

El juicio, el escarnio público, la crucifixión y más tarde la muerte de Jesús han sido interpretados como un acto redentor, como la acción salvífica por el escandaloso pecado en que nos sumergieron nuestros primeros padres. Pero en este comentario quiero que releamos la muerte de Jesús como lo que puede llegar a ser, desde un contexto social, político y religioso, el injusto caso de un hombre inocente asesinado a manos de un estado imperial y en confabulación con la religión de turno. Esta es una invitación a que hagamos un análisis exhaustivo que nos ayude a entender lo sucedido desde un enfoque más accesible que nos permita a la vez acercarnos a la manera como comprendió los hechos la comunidad mateana.

Para empezar, debemos asimilar que nos encontramos ante un texto con unas cualidades literarias complejas. Posee distintas composiciones literarias y podemos ver versículos con un fuerte indicio de midrash, relatos legendarios y hasta un compuesto escatológico muy interesante. La muerte de Jesús se presenta como un evento del final de los tiempos, en algunos apuntes como una historia contada en forma de enseñanza para explicar cómo se conectan el antiguo testamento y sus profecías con la vida de Jesús, y en otras partes de este pasaje como una mezcla de hechos que pueden ser históricos y con datos verídicos, en que el Dios judío juega un papel importantísimo y que intenta hacer del personaje principal, en este caso Jesús, un héroe, a través de una narración un tanto fantasiosa que se transmite como tradición. Esa es exactamente la complejidad literaria del texto.

Por otro lado, si bien Mateo tiene sus propias características escriturales, tenemos que admitir que, antes de escribir, es posible que se haya fijado en lo escrito por la comunidad de Marcos. Hay pocas diferencias. Mateo omite detalles que Marcos intenta explicar, claramente porque busca darle sentido midrashico al texto, a la vez que amplifica diálogos, ignora al personaje de Barrabás, añade aspectos propios como el de los sueños, y presta especial atención a la condena que le dan a Jesús y a la manera tan particular, diría casi irreal, en la que Pilato sentencia a Jesús.

Con relación a la audiencia con Pilato, hay un aspecto que debemos tener en claro. La acusación que le hacen a Jesús, de pretender convertirse en el rey de los judíos, es de tono político. Pilato le pregunta si era el rey de los judíos, como si Jesús hubiera buscado fama y poder político, pero la tranquilidad con la que conduce interrogatorio parece indicar que Pilato no tomaba en serio en Jesús. Jesús no niega esta acusación directa, pero tampoco se compromete con ella. Nuestro autor está interesado en que tengamos en claro el motivo del fatídico suceso, ya que conoce de cerca que Roma era muy severa en temas de insurrección. Para las autoridades romanas, que se pretendiera reinar de manera golpista sobre una provincia conquistada por el imperio significaba un desafío tajante contra el poder imperial y su autoridad. Por eso había que tener mucho cuidado con tal acusación, pues era una traición al imperio y podía ser castigada con la muerte.

Entonces, ¿cuál era la pretensión de Jesús con su silencio? ¿Realmente quería ser rey? La idea de mesianismo que el autor ve en Jesús es la del siervo sufriente que va al matadero en silencio que encontramos en Isaías 53:7. No sabemos si Jesús estuvo en completo silencio ante sus opresores. Sólo sabemos en este caso lo que nos cuenta Mateo. Lo que sí podemos inferir del relato es que su silencio no significa la aceptación de la injusticia que se estaba cometiendo contra él. Jesús no trató de defenderse de todas las acusaciones a las que Pilato hace referencia, sino que asumió con total responsabilidad las consecuencias de sus palabras y acciones. Aunque no había buscado ser reconocido como el mesías visto desde la concepción judía, sí aceptaba que sus hechos, palabras y silencios lo convertían en otra clase de mesías, el mesías de los débiles y pobres que sufrían duramente a manos del mismo imperio que estaba a punto de asesinarlo. Jesús reinterpretó la función mesiánica y Mateo tuvo la perspicacia de ver en Jesús al mesías que esperaban los débiles y los pobres.

Jesús se encontraba entre la espada y la pared, diría, entre sus hechos y palabras al frente de las acusaciones que sonaban escandalosas. Jesús le contesta a Pilato lo mismo que antes les había contestado a Judas (Mt 26:25) y a Caifás (Mt 26:64): “Tú lo dices” (v. 11), en un tono de afirmación. Sin embargo, desde un punto de vista religioso, para los judíos era descabellado que Jesús apareciera como el salvador de los judíos, pues el mesías era considerado como un personaje capaz en lo militar y con habilidad estratégica en lo político, como en algún momento lo había sido, por ejemplo, Ciro el Grande, un extranjero, estereotipo de mesías por haberlos liberado del cautiverio babilónico. De hecho, Isaías se refiere varias veces a él, aunque era una completa locura para su época, tiempo y esquema de pensamiento la revolucionaria idea de que un líder extranjero pudiera ser visto por el profeta y por algunos del pueblo exiliado como un posible estilo de mesías, de libertador.

Ahora, imagínense ver en Jesús a un libertador cuando había nacido pobre, sin ninguna estirpe real aparte de la que la misma comunidad mateana intenta adjudicarle, sin el conocimiento político-militar que podría ayudarlo a derrocar a los poderes extranjeros que oprimían a la vieja Palestina del aquel entonces. Jesús era un simple hijo de carpintero, un nazareno de la región de Galilea, ni siquiera de Judea, que no cumplía con ninguna de las exigencias mesiánicas comúnmente aceptadas, pero tiene a su favor al evangelista Mateo, quien logra encajar cada pieza de la vida de Jesús en las sagradas profecías veterotestamentarias.

Acerca del juicio emitido por el prefecto, nos deja un sinsabor porque no fue imparcial. Más bien, ignoró de manera prejuiciosa al acusado y su posible inocencia. No había pruebas verídicas, según coinciden los evangelistas. Los diferentes relatos nos indican que los testimonios eran falsos y que solo había acusaciones beligerantes; no evidencias confiables y convincentes de que este hombre mereciera la muerte. El texto mateano parece remarcar que toda la culpa de la muerte de Jesús debería recaer sobre los judíos y su deseo exacerbado de muerte a quien cuestionara sus políticas y sus ideas religiosas, denunciara sus creencias discriminatorias y pensara de manera completamente diferente. Y hay cristianos que llegaron al punto de interpretar la caída de Jerusalén, años después, como una respuesta severa a los judíos a quienes acusaban de la muerte de Jesús. Sin embargo, la realidad es que la responsabilidad por la muerte de Jesús no puede ser sólo de las autoridades judías, sino también de Pilato, quien, siendo supuestamente un gobernante severo, parece haber cedido a la presión de unos pocos del pueblo judío.

El imperio es responsable de no haberle garantizado a Jesús un juicio justo y no suena creíble que Pilato se haya mostrado tan débil en su autoridad como lo presenta Mateo. La verdad es que no hubo un debido proceso en el que cada parte fuera escuchada y en el que alguien pudiera defender a Jesús con testimonios a favor. No hubo un interrogatorio; solo acusaciones de un lado del proceso. Jesús se mantuvo en silencio y, aun así, fue señalado como un revolucionario y un bandido que incomodaba a los intereses imperiales y a la religión de turno. Tanto los líderes religiosos judíos como el imperio son culpables de la muerte de un inocente.

Al mismo tiempo, y ante la falta de testimonios, casi en la cumbre de aquel juicio, a Pilato le sugieren amnistiar a un preso. No hay mucha evidencia de esa extraña costumbre y parece más bien una petición popular, no algo que se acostumbrara a hacer según la tradición romana. Quizás se diera en algunas provincias aledañas, pero no hay testimonios de que fuera común en Jerusalén. Barrabás es un nombre que significa “hijo del padre,” y no sabemos si este nombre indica que no estamos frente a un hecho histórico. De todas maneras, los líderes judíos rechazan de manera recalcitrante la imagen y el proyecto mesiánico que encarnaba Jesús. Mientras Mateo no da mayores detalles y solo intenta mostrar la inocencia de Jesús y su exposición ante la injusticia, Marcos es quien señala a Barrabás como un verdadero revolucionario, un guerrillero, un insurgente que quería derrocar al imperio por la fuerza y la violencia, y que en realidad estaba en mayor sintonía con la idea de mesías comúnmente aceptada. Por eso no debería llamar la atención que los mismos sacerdotes, líderes importantes y ancianos prefirieran que fuera liberado Barrabás y no el pacífico y humilde mesías que era Jesús.

Debido a la presión para que mandara a matar a un inocente, Pilatos se lava las manos. Esta actuación es muy extraña y parece más un elemento legendario. Si bien era una práctica común, no convence que lo haya hecho el juez, en este caso Pilato, teniendo en cuenta su reputación de dureza y poca compasión con los acusados de sedición. El lavado de las manos reclamando inocencia ante una muerte era una práctica común descrita en Deuteronomio 21:1-9 y el evangelista, al incluirlo en su relato, pretende convencer a su audiencia de que tenía en claro que Jesús era inocente. En contraposición, los sacerdotes, principales judíos religiosos y ancianos aparecen como los más importantes acusadores en busca de la muerte del inocente. Y debemos decir que cuando una religión, en lugar de ponerse del lado de la justicia y el amor en defensa de los más débiles, se erige en acusadora de los inocentes, se convierte en un kategoros, un acusador, un satán. La iglesia hoy debería ser un espacio en donde los indefensos se sienten seguros y protegidos y en donde los acusados son defendidos con justicia; no al revés. Una iglesia que pierde su misión y asume en vez la misión de satán, de acusador, de señalador del inocente, es una comunidad de fe que ha perdido su sentido de ser.

A pesar de lo dicho acerca de la responsabilidad que Mateo atribuye a los judíos por la condena de Jesús, hay que decir en su favor que también muestra que los opresores romanos no se quedan atrás, sino que se burlan abiertamente de los judíos a quienes oprimen cuando los soldados coronan a un hombre inocente, le pegan con un bastón digno de un emperador y lo llenan de ropas reales para caricaturizar el mesianismo de Jesús. Saben que está débil y que es un hombre indefenso e inocente, pero no les importa. Al capturar simbólicamente al “rey” Jesús, solo desean burlarse y exponer al escarnio a todo el pueblo judío. El hecho de que Jesús, supuestamente, haya pretendido ser el rey de los judíos es motivo de enojo para los judíos y de risas para los romanos. No hay dudas de que los romanos desprecian de manera profunda a quienes someten y por eso se ensañan con Jesús y ridiculizan su misión. El rey rebelde es sometido por la fuerza del imperio, el mal se impone sobre el bienhechor, sobre el bandido que estaba organizando un grupo de discípulos/as insurgentes para en algún momento derrocar al imperio, sí, pero no con armas, como algunos suponían, sino con amor, con misericordia y compasión. El rebelde mesías, que destruiría el templo en tres días y luego lo reconstruiría, había fracasado y había sido sometido.

Los judíos lo acusan, como un satán. El imperio se burla, lo ridiculiza y expone la debilidad de “su reino,” pero algunos gentiles, que supuestamente estaban lejos de Dios, lo ven como es, logran comprender la fuerza de su mensaje y por lo tanto se dan cuenta de que es inocente. Los signos representados en el sueño y en las consecuencias de su muerte confirman a los gentiles que Jesús verdaderamente era quien decía ser. Algunos gentiles acogen la resignificación del mesianismo de Jesús. Algunos pobres, bandidos, ladrones e insurgentes lo hicieron su rey rebelde.
En definitiva, ha llegado la hora. El acusado y ahora condenado aspirante rey de los judíos experimenta el castigo más aberrante hacia su humanidad, la crucifixión, un castigo del Oriente Medio que los romanos habían adoptado para torturas a los esclavos, bandidos y quienes se sublevaban contra la autoridad imperial. Allí se encontraba Jesús clavado en la cruz con un título en su cabeza que indicaba su condena y a la vez su gloria más grande, un mesías que parecía fracasar, un rey que se había rebelado contra la religión oficial y la política imperial cuando había dicho que el imperio de Dios había llegado a la tierra. Mientras todos se reían, se burlaban y señalaban que había perdido todo su prestigio de realeza, el rey estaba en su trono de madera indicando que estaba cumpliendo, a los ojos del evangelista, con las palabras de nuestros profetas que lo señalaban como el mesías venidero. Estaba sufriendo para que ningún otro pobre, inocente y enfermo pudiera ser alejado de Dios o considerado indigno de pertenecer a su reino, un reino sin clases, sin exclusivismos y en donde todos y todas son bienvenidos/as. Por eso acoge el dolor, abraza el sufrimiento de los seres humanos y lo hace suyo, pero lo que hizo no fue un reemplazo. Jesús no me reemplazó. Murió como consecuencia de sus acciones y palabras. Su muerte fue un acto sublime de solidaridad y amor hacia quienes ya habían sufrido a manos de este imperio cruel.

Los judíos se burlan de ese mesianismo. Saben y afirman que este no puede ser su mesías. Creían que un mesías debía salvar, pero este salvador no podía salvarse ni siquiera a sí mismo y por eso no podía ser un salvador. Lo que no entendían ellos era que su dolor y su sufrimiento estaban dando final a un eon e iniciando un nuevo eon, un nuevo tiempo. El tiempo de los absolutismos religiosos y políticos, de la religión discriminante y de la política opresora debía llegar a su fin; la muerte de Jesús estaba iniciando una nueva forma de relación con Dios. Estaba acabando con los poderes de turno que habían atrapado a las personas en su concepto de Dios. Ahora este Dios, manifestado en toda esa dimensión cósmica de tinieblas, terremotos y sacudidas estaba volviendo a ligar al ser humano consigo mismo sin distinciones en un divino encuentro. La injusticia nos estaba llevando a la justicia, la muerte a la vida, el fracaso a la victoria, el abandono de Dios a un acercamiento sin precedentes.

El blasfemo rey de los judíos, el falso profeta judío, el subversivo, golpista y sedicioso hijo del carpintero de Galilea estaba muriendo para darnos vida. Su reino, que había amenazado al imperio romano, ahora había roto las cortinas del lugar más sagrado para los judíos, el lugar santísimo. El lugar donde Dios habitaba había sido roto. Ahora todos podían ver lo que había detrás de esas cortinas y Dios era accesible para todos y todas. Dios ya no estaba cautivo y el lugar santísimo había dejado de ser inalcanzable. La religión oficial debía dejar de segmentar a los seres humanos entre unos y otros.

En fin, este elemento simbólico luego de la muerte de Jesús nos da a conocer el gran significado de su muerte. Debemos dejar de exonerar de responsabilidad al imperio y de pensar que Jesús sólo quiso expiar nuestros pecados. Debemos comprender estos signos luego de su muerte como la manifestación de su entrega solidaria. Jesús abrió el acceso a Dios a todos y todas. Esto fue un duro golpe contra el estado opresor y la religión discriminante. Sacudió el culto y el templo. Ya no existen gentiles y judíos, hombres y mujeres, sagrado y profano, puro e impuro. Dios hoy es accesible a todos y todas sin distinciones ni condiciones.

Estoy seguro de que la intención de Jesús no fue, en realidad, que pudiéramos acceder al lugar santísimo. Jesús no quería que existiera un lugar santísimo. Jesús sacó a Dios de un lugar, sacó a Dios de la caja donde lo tenía secuestrado la religión oficial. Por eso, a Dios ya no debemos buscarlo en un templo, sino en una persona, en Jesús. Una persona que nos enseñó que ya no existen las separaciones ni hay lugares santos. Ahora todos/as somos santos/as y nuestros cuerpos son el territorio donde Dios habita, Por eso hay que tratar a los cuerpos con la misma dignidad con que la religión oficial, en tiempos de Jesús, trataba al templo y al lugar santísimo. Dios, por la muerte solidaria de Jesús, desgarró lo que nos separaba, con todas sus reglas, de entender que somos seres valiosos.

Estoy convencido que es egoísta mirar su muerte como una entrega por amor. Suena vil agradecerle por ser el sacrificio, como si ver morir al otro fuera un aspecto de honra, como si ser mártir tuviera algo de privilegios. No podemos mirar cómo la sangre corre por su cuerpo y pensar que esa sangre nos da la vida sin preguntar también quién veló por su vida y dónde estaba el estado que debía salvaguardar su vida. Al contrario, el estado sabía que lo matarían y lo abandonó a su suerte. Hubo alguien que lo mató. La muerte de Jesús, más que generar un sentimiento de agradecimiento, debería generar un sentimiento de indignación.

Hoy seguimos viendo muchos “crucificados,” personas que son asesinadas por levantar su voz, por decir lo que está mal, por hablar por los sin voz, por decir que son la voz del pueblo. Por eso es necesario que reconsideremos la forma como vemos la muerte de Jesús. Si la vemos nos agradecimiento y no nos indignamos por el hecho de que le quitaron la vida porque lo que decía o pensaba no les gusta a determinados grupos y personas, si no vemos que sucedió porque supo luchar por los pobres y los enfermos y todos aquellos a quienes la sociedad política y religiosa de aquel entonces rechazaba, entonces es más fácil que no nos indignemos tampoco por los “crucificados” de hoy. Hay que gritar con fuerza: no queremos más crucificados, no queremos más muerte de quienes luchan por el pueblo. No más líderes sociales asesinados, no más abandono estatal. Más trabajo para acercar a la vida a todas las personas que han sido rechazadas, discriminadas y menospreciadas.