Segundo Domingo después de Epifanía

Un Mapa a la eternidad

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Comentario del San Juan 1:43-51

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El pasaje bíblico asignado para este segundo domingo después de Epifanía abre con las palabras “al siguiente día” (v. 43). En Juan 1 vemos esta misma frase retórica en los versículos 29 y 35. En el primer capítulo del cuarto evangelio, esta referencia al tiempo marca una característica retórica que organiza la narración según las etapas importantes del ministerio de Jesús. Con la repetición de la frase “al siguiente día” surge un esquema narrativo que guía y da orden a nuestra lectura. En Juan 1, la narración vincula cada referencia al día siguiente con los movimientos de Jesús, mostrando un esquema doble de tiempo y Jesús. En otras palabras, donde habla del tiempo (día) entra Jesús como el sujeto principal que ocupa este tiempo—es decir, Jesús en la historia.

Esta estrategia retórica no solamente localiza la narración en el tiempo histórico, sino también en un tiempo cosmológico o primordial. El cuarto evangelio se distingue de los evangelios sinópticos por sus primeras palabras: “En el principio era el Verbo, el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios” (Jn 1:1). Aquí no se hace referencia al tiempo de la historia de este mundo, sino al tiempo antes de esta historia terrenal. Para entender el significado teológico de esta frase tenemos que ir al primer libro de la biblia hebrea. En Génesis 1:1, la narración de la creación comienza con estas tres palabras: “en el principio” (en el original hebreo, berashith), situándose en el momento antes de toda la historia física que representa la eternidad. Según Génesis 1: 3-8, el eterno Dios trajo a la existencia el tiempo y el espacio de toda la creación. La historia de cómo Dios hizo la creación es recordada en Juan 1:1 y en cada referencia a los días siguientes en este mismo capítulo. La diferencia entre estos capítulos de Juan y del Génesis es el nombre del creador del tiempo y el espacio en Génesis 1 y el número de días que organiza los eventos de la creación después de la frase “en el principio.”

En Génesis 1:1, el actor divino principal en el principio antes de la creación es Dios (en el original hebreo, Elohim, que significa “el dios de los dioses”): “En el principio creó Dios los cielos y la tierra.” En Juan 1:1, el actor divino principal en este mismo principio de la creación es llamado el Verbo (en el original griego, Logos). Para Juan, estos dos actores, Elohim y Logos, son lo mismo; pero en lugar de crear algo nuevo en seis días, la creación del Logos en el capítulo 1 termina en el cuarto día con la resurrección de Jesucristo (Juan 1:51), o sea, el proceso de la nueva creación fue hecho en tres días, y el cuatro día fue la obra cumplida o resurrección, así como el séptimo día fue el día de reposo para Dios en Génesis 2:2.

Por lo tanto, la referencia a la eternidad en Juan 1:1 también afecta el significado teológico de los tres días siguientes en los versículos 29, 35, y 43. Muchos/as lectores/as podrían interpretar estos tres días como algo básico de la narración y por tanto vacío de sentido. Pero al estar vinculados con Jesús, el Verbo presente desde “el principio,” debemos entender que hay algo extraordinario aquí: El Dios de la eternidad entra al tiempo histórico de su creación. Para entrar en la historia humana, este que “era en el principio con Dios” (v. 2) tuvo que romper la separación entre lo que es eterno y lo que es mortal. Este gran evento en que la historia humana es visitada por el Dios de la creación fue proclamado por el profeta Isaías al reino de Israel en el siglo octavo antes de Cristo cuando dijo: “Por tanto, el Señor mismo os dará señal: La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emanuel” (7: 14).

En el versículo 43, la acción del Verbo en la historia es “ir” (en el v. 29 había sido “venía” y en el v. 36, “andaba”), lo que refleja que era un ser humano físico. Las acciones implícitas en el verbo “ir” son movilidad y dirección hacia un lugar. La misión de Jesús en la historia humana, como un hombre y como el Verbo, es ir. Claro que surgen las preguntas de dónde y con quién. Cuando llegamos al tercer día siguiente en Juan 1, Jesús estaba viajando con dos discípulos nuevos y uno se llamaba Andrés: “Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús” (v. 40). Estaba determinado desde el principio que Jesús no iría solo al lugar al que iba, sino que lo haría junto con otros seres humanos. Así es como le dijo a Felipe: “Sígueme” (v. 43). La misión de Jesús, el hombre y el Verbo, no era quedarse estacionado en un solo lugar, sino estar en movimiento hacia un lugar con otras personas. Con esta acción de invitar a otros a seguirlo, vemos que Dios entra a la historia en Jesús para estar con seres humanos en comunidad. Para ser parte de la comunidad de Jesús, el requisito principal es ir con él. La acción de caminar con Jesús solamente requiere dejar atrás el hogar que se ha tenido hasta ese momento. ¿Pero dónde van?

En el evangelio de Juan, la respuesta a esta pregunta no viene de la geografía sino de la teología detrás de la frase clave “en el principio.” Como muchos comentaristas han dicho sobre el estilo de narración de Juan, su información geográfica es inconsistente y confusa. Lo importante para Juan es el mensaje teológico sobre el discipulado de Jesús. Así como Juan 1 empieza en la eternidad, llegamos al mismo lugar en el último versículo: “Y agregó: ‘De cierto, de cierto os digo: Desde ahora veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre’” (v. 51). Entonces, ¿dónde van? Los discípulos que sigan a Jesús últimamente irán al cielo donde el tiempo es eterno. De muchas maneras, Juan deja atrás la exactitud de la geografía terrenal para darnos un mapa de cómo llegar a la eternidad. El que viene de la eternidad (Juan 1:1) también sabe cómo llegar a la eternidad (v. 51). Solamente tenemos que seguir al Verbo, es decir, ir con Jesús.