Decimocuarto Domingo después de Pentecostés

La lectura de este domingo no se ha de entender de manera aislada, sino en conexión con el resto del capítulo seis y, aún más, con los temas que ha establecido el evangelista.

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Comentario del San Juan 6:56-69

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La lectura de este domingo no se ha de entender de manera aislada, sino en conexión con el resto del capítulo seis y, aún más, con los temas que ha establecido el evangelista.

El versículo 56 nos coloca en el medio de un discurso de Jesús y de una conversación que había comenzado en el versículo 25. A partir del versículo 25, Jesús se declara el verdadero pan que da la vida eterna, terminando con el versículo 51 donde afirma que “el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo.” Escandalizados, los líderes judíos preguntan: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?” (v. 52). En vez de suavizar sus palabras, Jesús las hace más duras, más escandalosas: “Si no coméis la carne del Hijo del hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros” (v. 53).

En la cultura judía, la idea de comer carne con sangre era tabú. De hecho, era una prohibición dada a la humanidad en general después del diluvio en Génesis 9:4. La Ley repite esta prohibición al pueblo de Israel (Lv 17:11, 14; 19:26; Dt 12:23). Además, la sangre y la grasa constituían las partes del animal que debían ser dadas exclusivamente a Dios en los sacrificios (Lv 3:16-17; 4:18-35; 9:18-20). Así pues, la referencia a la carne y la sangre en estas palabras de Jesús no tiene que ver con la Eucaristía (aunque históricamente se ha interpretado de esa manera y algunos creen que esta sección acerca de la carne y sangre fue añadida al discurso original), sino con el sacrificio del tabernáculo o del templo que restauraba o celebraba la comunión entre la persona creyente y Dios. Verdaderamente, no hemos de concentrarnos en las metáforas de pan/carne/sangre que Jesús usa a través del capítulo, sino en lo que se hace con esos elementos: comer. Comer el maná en el desierto era recibir vida. Comer los panes apartados para los sacerdotes del templo era tener comunión con Dios. También comer la carne sacrificada en el altar era, para el judío creyente, tener comunión con el mismo Dios. Comer es sinónimo de aceptar, recibir, creer, confiar, dar la bienvenida, permanecer, etc., todas palabras que el evangelio de Juan usa repetidamente para describir el reto con cual Jesús nos confronta—la obligación del discípulo verdadero o de la discípula verdadera de mantenerse fiel al Señor y permanecer en comunión con Él. Y dado el contexto de sacrificio en las palabras “carne y sangre,” el matiz aquí es el de que debemos aceptar a Cristo, no solamente descendido del cielo sino también levantado sobre la cruz (Jn 3:14). En este enfoque, según el cual la persona y el camino de Jesús son entendidos tanto a través de la cruz como a través la resurrección, todos los evangelios están en acuerdo.

Algunos de quienes seguían a Jesús se escandalizaron de sus palabras (vv. 60-61). Jesús enfatiza la importancia espiritual de sus palabras, y no lo hace sólo para ponerlas en contraposición con lo físico o lo carnal. Debemos recordar que, de acuerdo con Juan, Jesús es el Verbo hecho carne (1:14). Lo que Jesús quiere destacar es que la carne significa lo mortal y lo temporal, mientras que lo espiritual permanece (6:27, 35-40). El texto nos dice pues: “Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás y ya no andaban con él” (v. 66). ¿Por qué dejaron de seguir a Jesús? ¿Será por qué no entendieron la manera en que Jesús ofrecía el pan eterno? ¿Es posible que algunos hayan creído que Jesús les daría un pan que literalmente no se acabaría? En una sociedad de escasez como la de Jesús, la idea de un sustento sin fin indudablemente hubiera atraído a muchos. Pero vemos a través de las escrituras que el plan de Dios nunca ha sido el de servir como una máquina proveedora de alimentos. La tierra en su plenitud siempre ha podido abastecer de lo necesario a la humanidad y a las criaturas del mundo. Pero la avaricia humana ha creado sistemas de desigualdad que favorecen a unos pocos y dejan a la mayoría de las personas en estado de necesidad. El plan de Dios siempre ha sido el de vivir en comunión con su gente; Dios sigue esperando que creamos un mundo que refleje la imagen de Dios—en amor, justicia, plenitud, misericordia, igualdad, etc. Lo vemos en el Génesis, cuando Dios creó al ser humano para compartir en la obra de creación. Lo vemos en la Ley, según la cual los sacrificios tienen en mente un compañerismo entre Dios y la persona y comunidad. Lo vemos en los Profetas, que insisten en las responsabilidades del pueblo de formar una sociedad justa. Y Juan, al fin, nos dice que el Verbo que creó el mundo se hizo carne para llamar a la gente a una comunidad opuesta a los valores del imperio romano y de cualquier sistema político o económico que deshumanice al ser—una comunidad anti-imperial en la que sus miembros, empoderados y empoderadas por el Espíritu que Jesús enfatiza en el cuarto evangelio, vivan en comunión con Dios y de los unos con los otros.

La reacción de rechazo e incredulidad de parte de algunas de las personas que habían seguido a Jesús se corresponde con el tema en Juan según el cual Jesús es el Verbo, el Logos, la Sabiduría—la Sofía personalizada (Proverbios 1:20-33; 8-10; Eclesiástico 24:19-20) cuya invitación a todas las personas para que vengan a comer y beber es rechazada por algunos (Proverbios 1:24; cf. Jn 1:10-11; 10:22-42). Sin embargo, quienes reconocen a Jesús como el “Cristo, el Hijo del Dios viviente” reciben este conocimiento por parte del Padre (Mt 16:17; cf. Jn 10:29; 17:8). El reconocimiento de Jesús como el Cristo también es un tema compartido por todos los evangelistas. Así como Pedro confiesa que Jesús tiene las “palabras de vida eterna” en Juan (v. 68), en los evangelios sinópticos, Pedro, a través del Padre, también confiesa que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios (Mt 16:16; Mc 8:29; Lc 9:20). Este reconocimiento—esta confesión que no solamente tiene significado espiritual, sino también político y social (Jesús es Señor; no César, ni Trump, ni el mercado, ni el Pentágono), es el primer paso para entrar a esa comunidad que fue visualizada por Dios por primera vez en el Jardín del Edén. Esta es la verdadera Sabiduría que viene de Dios, la de que el reino de Dios no es de este mundo ni se sujeta a los métodos o valores del mundo. La Sabiduría se sujeta exclusivamente al Jesús que la personaliza y que ha revelado un modo de creer y vivir que refleja una comunidad entre iguales, en amor del uno hacia el otro, y con una paz no violenta ni explotadora que asegura una relación armónica entre las personas, el mundo y la creación.