Day of Pentecost

Pentecostés es la fiesta que celebra la llegada del Espíritu Santo.

Descent of the Holy Spirit

Comentario del San Juan 20:19-23

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Pentecostés es la fiesta que celebra la llegada del Espíritu Santo.

Revive el encuentro de Dios con su pueblo cuando el Espíritu Santo es derramado sobre la Iglesia (Hch 2:1-4). Hay un paralelismo interesante de la celebración judía de Shavuot (el significado literal de esta palabra hebrea es “semanas”) y la entrega de la Torá (Dt 4:11-13) con la llegada del Espíritu en Pentecostés. Ambos relatos describen el encuentro colectivo entre Dios y los seres humanos. Esos encuentros tendrán efectos profundos en la identidad y la misión de los participantes.

El encuentro de Jesús resucitado con sus discípulos, narrado en el evangelio de Juan, no contradice el relato del día de Pentecostés de Hechos. Desde la perspectiva teológica de Juan, la resurrección, la ascensión y la venida del Espíritu Santo tienen lugar el mismo domingo de Pascua.1 Para el cronista es más importante dejar un testimonio veraz de los eventos ocurridos que atender a las cuestiones de orden cronológico. El evangelio de Juan va a insistir en el vínculo directo que hay entre la resurrección de Jesús y el aliento de la Iglesia por medio del Espíritu Santo.

La puerta cerrada y el temor

Jesús resucitado no se presenta a sus discípulos durante el día de la resurrección, sino en la noche (v. 19), que era el momento de mayor oscuridad y peligro (Lc 24:29; Jn 1:9). En medio del miedo colectivo, les anuncia la paz. Aunque el Shalom era y sigue siendo la fórmula habitual de saludar entre los judíos, quien trae la paz en esta ocasión es quien ha vencido los poderes de la muerte. Es la paz que reafirma la confianza perdida y les provee alegría evocando otros diálogos: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo” (Jn 16:33). Es notable que el encuentro es sin reproches, sin desaprobación. No hay un juicio de Jesús hacia ellos por haberle abandonado o por sentirse atemorizados. La alegría del reencuentro va a marcar un nuevo comienzo.  

Testigos de la alegría

Como menciona Ricardo Pietrantonio,2 las heridas solían ser mostradas como evidencia en una corte judicial. En este caso, su propósito era que no hubiera dudas en los discípulos acerca de que se trataba de la misma persona que había sido crucificada. La herida del costado y las huellas de los clavos (Jn 20:27) son el único testimonio que da el evangelio de que Jesús fue clavado y no atado, como era costumbre. La manera en que Jesús se hizo presente podía provocar que ellos pensaran que estaban ante la presencia de un espíritu (Lc 24:37). La invitación a experimentar por medio de los sentidos de la vista y el tacto era por ello una prueba de la realidad de la resurrección y de la identidad de Jesús. Eso provoca un vuelco en el ánimo de los discípulos (v. 20) que subvierte su estado de ánimo, tal como cantaba el salmista: “Has cambiado mi lamento en baile; me quitaste la ropa áspera y me vestiste de alegría” (Salmo 30:11).

La misión y el aliento del Espíritu

Luego de ratificar la paz (v. 21), Jesús les entrega a sus discípulos una misión que continuará la propia. Esta misión no puede ser cumplida por mérito de los discípulos, sino por el aliento del Espíritu Santo que Jesús sopla sobre ellos (v. 22). Esta acción nos recuerda el hálito creador de Dios que da vida al primer ser humano (Gn 2:7), el Espíritu que sopla sobre el valle de los huesos secos para dar vida a los muertos (Ez 37:9-10), y la necesidad formulada por Jesús de nacer de nuevo del agua y del Espíritu (Jn 3:5-8). También los discípulos son equipados, como agentes de Dios, para pronunciar tanto la liberación como la retención del pecado. El poder para perdonar y retener implica la autoridad que ejercía Jesús sobre el pecado. Es necesario señalar que los verbos se encuentran en voz pasiva, lo que denota el actuar de Dios y no una prerrogativa de la voluntad humana.3 La proclamación del evangelio contiene y anuncia el perdón de los pecados para la humanidad.

Del aislamiento al encuentro con el otro

Las tensiones internas y los problemas externos que había experimentado la comunidad de Juan han marcado los matices del evangelio. Aunque la cercanía de Jesús y su alta cristología es la característica sobresaliente del cuarto evangelio, también es cierto que hay algunos aspectos negativos presentes en el texto y que debemos reconocer. Uno de esos aspectos negativos es la hostilidad extrema hacia los extraños que limita el amor “a los hermanos.”4

El mandamiento nuevo de amarse los unos a los otros (Jn 13:34) originalmente se refiere al amor hacia los propios. Es el amor concedido a quien comparte características comunes, quien es como uno. No hay en Juan una exigencia de amor incluso al enemigo como sucede en los sinópticos (Mt 5:44, Lc 6:35). Por eso es necesario armonizar el Pentecostés de Juan con el relato de Hechos y su contexto, donde el Espíritu quiebra barreras culturales y lingüísticas, para que todos/as aquellos/as que escuchen, judíos cercanos y lejanos, crean y formen parte de la naciente Iglesia, sin exclusiones. Los Hechos de los Apóstoles, de forma progresiva, también nos irá revelando con elocuencia cómo el testimonio del Resucitado, por medio del Espíritu Santo, alcanzará por igual a los gentiles “hasta lo último de la tierra” (Hch 1:8).

Nuestras tradiciones son marcos interpretativos que expresan la pluralidad de acercamientos a la presencia y la obra del Espíritu Santo en nuestras comunidades. ¿De qué manera esta presencia sagrada transforma los temores de la vida en alegría? ¿Cómo se expresa en nuestras comunidades el aliento del Espíritu, que es capaz de hacer que el desierto florezca? ¿Cuáles son los desafíos del amor, expresados en apertura, aceptación, perdón e inclusión de las personas a quienes el Espíritu Santo nos convoca en este tiempo?

Ciertamente, también nosotros/as podemos sentirnos encerrados/as y temerosos/as como los discípulos. En nuestro desasosiego, la presencia de Jesús nos trae paz, renueva la vida y nos participa del Espíritu de Dios, haciendo nuevas todas las cosas. ¡Que el Espíritu derrame su ánimo entre nuestros predicadores y predicadoras!


Notas:

1. Bruce Vawter, “Evangelio según san Juan,” en Raymond E. Brown, Joseph A. Fitzmyer y Roland E. Murphy, eds., Comentario Bíblico San Jerónimo, Tomo IV (Madrid: Ediciones Cristiandad, 1972), 523.

2. Ricardo Pietrantonio, Estudio Exegético Homilético 062 (15 de mayo de 2005) (Buenos Aires: Instituto Universitario ISEDET), 8.

3. Pietrantonio, Op. Cit., 9.

4. Raymond Brown, Las Iglesias que los apóstoles nos dejaron (Bilbao: Desclée de Brouwer, 1986), 116.