< November 10, 2019 >

Comentario del San Lucas 20:27-38

 

Este texto nos invita a mirar la realidad desde la perspectiva de Dios.  

El levirato, que según Deuteronomio 25:5-10 obligaba al hermano de quien moría sin hijos a casarse con la viuda, es una de esas instituciones que, al legislar sobre la vida de las personas en el futuro, iluminan cómo es la vida en el presente. Esta ley era para el hombre y sobre la mujer. El hijo sería del muerto. Ella sería la madre, en función de un hombre que ya no estaba. Es cierto que tener un hijo la protegería el día de mañana, pero en función del otro. Se espera que ella cumpla la ley y que su vida esté en función de los otros. La respuesta de Jesús a la pregunta de los saduceos invalida la condición de no persona de la mujer frente a las pretensiones de los otros y la libera de su levirato. El peso de la argumentación de Jesús no está en las formas futuras sino en Dios dador de vida, que lo es entonces y ahora.

La respuesta de Jesús echa luz sobre una antigua tradición, la de que el Dios que libera es el Dios de vivos y no de muertos, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. El acento de su argumentación está en cómo resucitamos, damos vida en lo que hacemos y continuamos así la acción de Jesús.

Los verbos principales en los vv. 34b-36 están en presente de indicativo. Significa que ambos tiempos, “este siglo” y “aquel siglo,” se solapan. Podemos hablar de dos tiempos o etapas, pero el hecho de que se solapen hace penetrar en nuestro tiempo las categorías de la resurrección de Dios. También “este siglo” es el tiempo de ser como ángeles.

El tiempo futuro del que habla Jesús tiene una doble connotación: la gracia de Dios que inunda y cambia todo y la respuesta de fe del ser humano. Nos pone en una situación relacional y en un diálogo abierto como es el diálogo de la alianza. Se establece una alianza. Dios nos salva en Jesús, y la vida es crecer dentro de la alianza. Es tener una mirada de resurrección sobre todas las cosas de la vida. Nuestros afectos son nuestro “sacramento” de salvación en Dios. No se les resta importancia ni valor, pero Jesús no quiere que absoluticemos nada frente a lo prometido. Y lo prometido es un cambio que no conocemos. Ser como ángeles significa estar en la presencia inmediata de Dios, sin confusión ni duda, sin error ni daño; es un fluir de gozo como consecuencia de saber que se está bien, porque Dios es bueno y nos ha hecho buenos/as. 

Podríamos pensar que los fariseos o los escribas que lo aplaudieron (Lc 20:39) se alegraron por la derrota de sus enemigos saduceos, pero no sabemos si aceptaron el desafío que planteó Jesús. Las ideas que entonces circulaban acerca del futuro eran que sería un tiempo sin problemas, sin enfermedades, con sobreabundancia de comida y bienes, y con una derrota total de los enemigos. Era un futuro imaginado como un presente magnificado, sublimado, idealmente magnífico. Jesús plantea que debemos estar abiertos a otra cosa, a algo nuevo, que será diferente de cualquier cosa que nos podamos imaginar.  

En la época de Jesús existían diversas teorías y corrientes que apoyaban la idea de la resurrección o de una vida posterior. No obstante, la pregunta de los saduceos, teniendo en cuenta las ideas que entonces se tenían acerca del futuro, no es descabellada. La resurrección sería en realidad un absurdo, porque nos encontraríamos con una mujer con siete maridos. El reproche de Jesús es que no entienden de lo que hablan. Citan correctamente las Escrituras cuando se refieren a la institución del levirato, pero Jesús responde con las mismas Escrituras para marcar un punto que debemos tener siempre en cuenta: Dios es Dios de vivos, es Señor de la vida, es el presente que libera y nos obliga a ver la realidad desde otra óptica. Lo que perpetúa el nombre del difunto no es el hijo que eventualmente tenga su hermano con la viuda, sino su presencia junto al Dios de los vivos.

Lo que Jesús explica sobre el texto de Éxodo 3:6 es nuevo como interpretación del judaísmo. Lo que marca su respuesta es la relación de Dios con sus/nuestros antepasados. Notemos también que de los tres personajes que menciona Jesús, tanto Abraham como Jacob tuvieron problemas para tener hijos, el primero con su esposa Sara y Jacob con su esposa Raquel.

El Dios que se nos presenta es el Dios que salva, protege y ayuda. El Dios de la alianza. Los nombres de Abraham, Isaac y Jacob aparecen también en Ex 2:24 cuando el texto nos dice que Dios “oyó el gemido” de su pueblo. La exégesis de Jesús consiste en extender la revelación de Dios hasta el “lugar” de la muerte, la cual no puede hacer nada frente al poder de Dios.

Nosotros/as tendríamos un problema “saduceo” hoy día si interpretáramos el texto con una literalidad que no nos deje explorar nuevos sentidos en el camino de todo aquello que da vida. Nuevos sentidos que liberen. Nuevos sentidos que hagan presente a Dios donde no habíamos creído que pudiera estar presente. Frente a problemas nuevos, apliquemos los principios básicos. ¿Qué hacemos con el Dios que es fiel a lo largo de la historia, que no abandonó a los suyos, que ha sido creativo/Creador (la nueva creación en Jesús)? ¿Lo clausuramos y creemos que todo terminó en la historia de Jesús? No es la única opción. En la huella abierta por Jesús, y en el espíritu de Jesús y del Dios de Jesús, se nos da libertad para aceptar que hay otros caminos para transitar con Dios y con nuestros hermanos/as. No existían en la época de Jesús los problemas sobre ecología, la manipulación de las conciencias por métodos cada vez más refinados, los problemas de género, el anonimato urbano, el abandono de los mayores, la salud como un bien de capital, los refugiados y desplazados que hoy en día en el mundo probablemente equivalgan en número a la cantidad de habitantes que tenía el Imperio Romano en aquella época, es decir, 71 millones. Y hay tantos otros problemas que podríamos añadir a esta lista. Y en todos los casos, debemos anunciar que también allí Dios quiere vida y no muerte.

En particular, sería un error leer el texto y las palabras de Jesús como una visión despectiva del matrimonio, entendido como algo que pasará y que no es digno. La invitación a ser como ángeles no cancela el valor de nuestros afectos y amores “en este siglo.” Tener hijos y estar unidos/as a otras personas en relaciones de amor es propio de este mundo y sucede en la presencia de Dios.  

Parecería que los saduceos no creían en la resurrección de los muertos justamente porque querían preservar la memoria del muerto. Jesús, con su respuesta, asegura no la memoria, sino la vida de quien muere. Como el Dios viviente sólo puede rodearse de vivientes, quiere decir que en la presencia del Dios de los vivos, estamos todos/as vivos, aun cuando estemos físicamente muertos/as.