< April 28, 2019 >

Comentario del San Juan 20:19-31

 

María vio a Jesús en la mañana del domingo de la resurrección.

Fue a decírselo a los discípulos, y parece que Jesús la siguió. Cuando llega la noche del mismo día, los discípulos se habían reunido con las puertas cerradas “por miedo de los judíos” (v. 19). El miedo parece ser nuevo. Juan no menciona que María estuviera con miedo cuando se acercó al sepulcro por la mañana. Ahora de noche la gente estaría hablando del rumor del cuerpo desaparecido y de las palabras de María, ¡que Jesús está vivo y lo ha visto una mujer!

Con la expresión “los judíos” el evangelio de San Juan no designa a todos los judíos en la entera religión judía, sino a unas personas específicas. Aquí, más que en los sinópticos, San Juan usa la expresión “los judíos” para referirse a quienes han conocido a Jesús pero no han creído en él. Esta distinción es importante porque cristianos en tiempos pasados, y aún hoy en día, han usado el evangelio de San Juan para condenar a todos los judíos. Para combatir el antisemitismo entre cristianos hoy, reconocemos que tanto Jesús como sus discípulos son judíos por religión y por etnicidad. San Juan no está condenando a las personas judías. Usa la frase “los judíos” para referirse a un grupo pequeño de personas que creen representar a Dios, pero que demuestran por sus acciones que no pertenecen “al Padre.” Se reconoce a estas personas cuando se ponen en contra del testimonio de Jesús y el testimonio de sus discípulos. Por ejemplo, imaginemos hoy quienes llenan de miedo a las familias reunidas dentro de sus casas con miedo de salir por causa de la policía, o ICE, o pandillas, o matones. Ellos serían “los judíos” que hoy se oponen al mensaje de vida que trae Jesús a los miedosos.

Según San Juan, la comunidad de discípulos/as tiene miedo por las posibles repercusiones del arresto y la muerte de Jesús. Su posición en la ciudad no es segura. El peligro y el miedo son más intensos ahora que María está diciendo que Jesús vive y ha hablado con ella. El testimonio de vida ofrecido a todos/as parece ser verdad. Jesús no deja a María sola con su testimonio de resurrección por mucho tiempo. Viene a confirmar su testimonio y a sostenerlo con la acción de enviar a los/as discípulos/as.

Jesús llega en medio del miedo de los/as discípulos/as, sin abrir ni puerta ni ventana del lugar donde están escondidos/as. “Puesto en medio” les desea paz, dos veces (vv. 19, 21). No se queda mucho tiempo—solo lo bastante como para no dejarlos solos en el peligro. Ante los/as discípulos/as reunidos/as, les sopla. Con su mismo aliento comunica su regalo, su presencia, su poder, el Espíritu Santo. Con ese soplo trayendo al Consolador (Juan 16), también Jesús les da el poder de perdonar o retener los pecados. Con su soplo, como la exhalación divina en el acto de creación (Génesis 2:7), forma una nueva humanidad de creyentes para llevar su testimonio y presencia al mundo.

Pero Tomás no está para recibir el saludo, la paz, o el espíritu y la autorización de Jesús. ¿Ha perdido la oportunidad? Y si él se ha perdido la oportunidad, ¿no la hemos perdido nosotros/as también? El segundo domingo de la resurrección es el domingo hecho para Tomás—y para nosotros/as. “Ocho días después,” cuando los/as discípulos/as están reunidos/as de nuevo, viene Jesús otra vez a ponerse en medio de ellos/as (v. 26). Trae su paz y presenta su cuerpo a Tomás. Jesús ha bendecido a sus discípulos/as y ha pedido a Dios que los/as proteja en el mundo (17:6-19). Adentro, con “las puertas cerradas” (v. 26), nadie se ha perdido la oportunidad de conocer al Jesús resucitado. Con Tomás, Jesús cumple su promesa de extender la protección y la invitación a creer a quienes vienen después: “por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno” (17:20-21). 

La aparición de Jesús también reconoce que los seres humanos aprendemos de muchas maneras distintas. Para quienes aprenden, ven, o creen, no solo con la mente o el corazón, pero cenestésicamente, o sea, con el cuerpo, con el tacto, con las manos y la piel, tocar a Jesús es importante. La revelación de Jesús, cuando aparece de nuevo en este segundo domingo de la resurrección y se presenta a Tomás, reconoce las maneras múltiples en que el testimonio de Jesús llega a la comunidad de creyentes. Viene con escuchar la palabra (6:60-63), ver al Hijo de Dios (9:45-41), beber el agua de vida (4:13-15), comer el pan de Cristo (6:11-14, 32-40), responder a la llamada del Buen Pastor (10:1-6), acercarse a la luz (8:12), dejar la oscuridad (3:2), y tocar “el lugar de los clavos” (20:25).  

El segundo domingo y la aparición a Tomás no son un trato especial para quienes no creen el testimonio de los demás. La aparición del segundo domingo es otra muestra de la gracia de Dios para sus ovejas. Es otra muestra de la profundidad del conocimiento que tiene Jesús de sus discípulos/as, ayer y hoy. Juan incluso menciona “muchas otras señales” que hizo Jesús, pero no las nombra. No puede nombrarlas porque siguen ocurriendo “en presencia de sus discípulos” (v. 30), incluso hasta hoy en día (20:31). 

Una nota final para pensar…Con la resurrección, Jesús conquistó la muerte y se libró del espacio sofocante dentro del sepulcro, envuelto en las telas y perfumes pesados y opresivos. Pero encontramos a sus discípulos/as encerrados/as todos/as juntos/as dos domingos seguidos, el domingo de la resurrección y el segundo domingo de la resurrección. Están con las puertas cerradas “por miedo” (v. 19). Pensemos hoy en las familias que, como los/as discípulos/as, se quedan encerradas en su casa por semanas, con puertas cerradas, temiendo ser arrestados, detenidos o deportados. Jesús aparece en medio ellos y les habla directamente: “Paz a vosotros. Recibid el Espíritu Santo” (v. 21, 22). Jesús ruega por ellos y llama al Padre a protegerlos.  

Las palabras de Jesús constituyen un mensaje de esperanza, pero no arreglan de manera automática el problema sistémico de la persecución que experimentaron los/as discípulos/as entonces y que pueden experimentar los/as discípulos/as hoy. Para explorar esta tensión entre la protección prometida y dada por Cristo, y la realidad del miedo político de sus discípulos/as, hagamos una breve exploración del significado de esta escena para dos grupos de oyentes distintos. 

El primer grupo está formado por oyentes que se han quedado dentro de sus casas con miedo. Pensemos en los inmigrantes que viven sin documentación. Pensemos en los chicos que temen volver a casa a descubrir que sus padres han sido detenidos. Jesús llega en medio de ellos y ellos reciben sus palabras: “Como me envió el Padre, así también yo os envío” (v. 21). Los enviados, es este caso, son quienes tienen miedo de salir de sus casas. Ellos/as son los/as discípulos/as vueltos en “apóstoles,” los/as “mandados/as,” según en el griego del original de San Juan. Ellos son embajadores de Cristo a los demás.

El segundo grupo está formado por oyentes que tenemos documentos y vivimos, caminamos y trabajamos sin miedo al sistema socio-político de los EEUU. Tenemos que reconocer que estamos afuera. Por lo tanto, si no queremos perdernos el encuentro con Jesús que está ocurriendo dentro de aquellos lugares cerrados por miedo donde se encuentran los oyentes del primer grupo, tenemos que entrar allí también nosotros/as, en solidaridad con quienes están reunidos en dichos lugares. El mandato a ser testigos nos obliga a prestar apoyo a nuestros vecinos.