Segundo Domingo de Pascua

Ver a Jesús vivo hoy

Béla Iványi-Grünwald's
Image: Béla Iványi-Grünwald, Detail from "Thomas Touches Christ's Side," 20th Century via Wikimedia Commons.

April 12, 2026

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Comentario del San Juan 20:19-31



Evidencias no tenemos

Cuando leemos en los evangelios los relatos de las apariciones de Jesús resucitado a sus discípulos, a las mujeres que lo seguían, a Pablo de Tarso, y a tantas figuras de la iglesia primitiva, muchas veces surge la pregunta: ¿Por qué no se apareció también a Poncio Pilato? Habría sido la prueba contundente de su inocencia. ¿Por qué no se presentó ante los dirigentes judíos de Jerusalén? Habría quedado en evidencia que era el Mesías. Más aún: ¿por qué no se apareció al emperador Tiberio, que en ese momento gobernaba Roma? Con ello se habría convertido todo el Imperio romano y se habrían evitado las sangrientas persecuciones. ¿Por qué Jesús no facilitó las cosas a los futuros misioneros cristianos con unas cuantas apariciones más?

Adelantemos la respuesta: Jesús resucitado no se le apareció nunca a nadie. La última vez que alguien lo vio en este mundo fue el día de su entierro, cuando lo depositaron en la tumba. A partir de ahí, no se lo volvió a ver jamás. Y es comprensible. Según la teología, cuando un muerto resucita, ingresa a una dimensión trascendente que tiene que ver con el más allá, con una realidad distinta, imposible de captar con nuestros sentidos físicos hechos para este mundo. Si la resurrección hubiera sido un hecho observable con nuestros sentidos, hoy hablaríamos de evidencias históricas. Pero los primeros cristianos predicaban que «creían» que Jesús había resucitado (Ro 10:9; 1 Pe 1:21; Hch 15:11), no que tenían evidencias de su resurrección. Y creer es aceptar algo sin haberlo visto (Heb 11:1).

Pero si Jesús resucitado no se le apareció a nadie, ¿cómo se enteraron los apóstoles de que estaba vivo? ¿Cómo entender la experiencia que cuenta el evangelio del apóstol Tomás?

Empezando por el principio

La única respuesta posible a este interrogante es: por la fe, no por sus apariciones físicas, ni manifestaciones empíricas. Los cuerpos «gloriosos», como el que según los evangelios tenía Jesús después de la muerte, no pueden ser captados por el ojo humano. Debemos concluir, pues, que los relatos de «apariciones» que hallamos en los evangelios narran experiencias espirituales, fruto de la convicción interior de los discípulos, de un convencimiento gradual y paulatino de que Dios había devuelto a la vida a Jesús de Nazaret.

Ya el doctor de la Iglesia Tomás de Aquino, en el siglo XIII, afirmaba en su famosa Suma Teológica que los apóstoles vieron a Cristo resucitado oculata fide (3,q.55, a.2), es decir, «con los ojos de la fe», no con los ojos del cuerpo.

El Nuevo Testamento parece confirmar esta idea, cuando dice que Dios hizo que Jesús resucitado apareciera «no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había ordenado de antemano» (Hch 10:41), es decir, a quienes ya tenían fe en Jesús. Para «ver», pues, a Jesús resucitado hacía falta fe. Había que creer primero. Entonces sí podían «verse» sus apariciones. Si Poncio Pilato o Caifás hubieran estado presentes en el lugar donde Jesús se apareció a sus apóstoles, no habrían podido contemplar nada. Ya Jesús lo había advertido en el Cuarto Evangelio: «Todavía un poco, y el mundo no me verá más, pero vosotros me veréis» (Jn 14:19).

Esta es una buena noticia. Nos revela que Dios no da ventajas a nadie. Que el esfuerzo que los/as primeros/as cristianos/as tuvieron que hacer para creer que Jesús estaba vivo es el mismo que tenemos que hacer nosotros/as hoy.

Por lo tanto, esta escena del evangelio de Juan no pretende transmitirnos la crónica de un suceso histórico, sino el impacto que la fe en Jesús resucitado tuvo para quienes primero le siguieron. Veamos algunas señales.

Una nueva oportunidad

«Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana» (v. 19a). No se trata de un dato cronológico. Para los judíos de aquel tiempo, el mundo había sido creado en seis días, y el séptimo Dios había descansado. Al aparecer Jesús el primer día de la semana, el texto quiere decir que está por comenzar una nueva creación, con una nueva semana. Los discípulos ya no podrán seguir viviendo como lo hacían antes, porque la presencia de Jesús ha cambiado los tiempos.

«Estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos» (v. 19b). Los discípulos no solo estaban asustados por temor a que las autoridades judías los apresaran también a ellos, sino agobiados, aplastados, resentidos, sin poder dar crédito a la noticia de la muerte del Maestro. Es como viven quienes nos hemos encerrado alguna vez en el dolor y no buscamos salir de ahí.

«Les mostró las manos y el costado» (v. 20). Jesús resucitado no les muestra su rostro glorioso, ni su nueva luz, ni su resplandor. Les muestra sus heridas, su debilidad. Porque a partir de ahora los discípulos no deben imponerse ante los demás mediante el poder y la fuerza, sino mediante el amor, mostrando su servicio a los demás. Jesús había dado la vida como un servicio de amor. Y el mismo ejemplo deben dar ahora sus seguidores/as. La evangelización no consiste en distribuir teorías, sino en exhibir manos marcadas por la solidaridad.

«Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos» (v. 24). Los otros diez discípulos, al ver a Jesús, se llenaron de paz, de alegría, y del Espíritu Santo. Tomás se perdió todo eso. No sabemos por qué no estaba ese día. El texto no lo dice. Pero el evangelista quiere advertirnos que, cuando uno se aísla de la comunidad, se pierden muchas cosas. Hay una enorme riqueza en el contacto con los otros, en la experiencia comunitaria, que se pierde cuando uno se ausenta.

«Ocho días después estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús» (v. 26). Dios tiene paciencia con nuestras ausencias. Aunque faltemos, aunque dudemos, aunque nos encerremos, Jesús siempre vuelve a buscarnos. Para quien cree no hay oportunidades perdidas. Y resulta conmovedor ver que Jesús vuelve por uno solo. No vuelve por el grupo. Vuelve por Tomás. Dios no funciona con estadísticas. Si falta uno, Jesús regresa a buscarlo, como el buen pastor que es, para que la asamblea esté completa. ¡Y hoy tantos/as faltan en nuestras asambleas que nadie quiere ir a buscar!

«Bienaventurados los que no vieron y creyeron» (v. 29). Esta es la gran lección que nos deja el evangelista. El mundo que nos rodea a veces es deprimente, y si uno se lleva solo por lo que ve, no tendrá ganas de nada. Cuando observamos la corrupción de los políticos, la soberbia de los gobernantes, la inoperancia y parcialidad de los jueces, uno se pregunta: ¿para qué seguir siendo honesto, poner amor, dulzura, paz, luchar y creer, con el espectáculo que contemplamos? La misión de quien sigue a Jesús es no quedarse con lo que ve. Es creer que hay otra realidad que no vemos, de gente buena, que lucha, trabaja y se esfuerza por un mundo mejor. En ella hay que creer, sin consumir solo lo negativo que aparece a nuestros ojos. La fe es aprender a mirar más allá de lo visible.

La lámina conocida

A los/as primeros/as cristianos/as no les resultó fácil creer que Jesús estaba vivo. Tuvieron que hacer un trabajo interior, una experiencia personal, una vivencia de fe, y gracias a ella, se convencieron de que el Maestro había vuelto a la vida. Pudieron experimentarlo vivo. Y menos mal que lo hicieron, porque ello cambió sus vidas, les dio un sentido nuevo, y los llenó de una energía capaz de transformar el mundo.

Hace tiempo, una noticia conmovió la opinión pública en la Argentina. Un niño de ocho años presenció la violenta discusión de sus padres, y vio cómo su padre extraía un arma y mataba a su madre, para luego suicidarse. Quedó huérfano y sin familia. Un juez lo entregó a un hogar en adopción para que se hiciera cargo de él. Su nueva mamá, entonces, al comenzar las clases, lo llevó a la escuela y le explicó a la maestra la dura historia del pequeño, para que tuviera paciencia y consideración con él. Una mañana, la maestra sacó una lámina de Jesús y preguntó a los niños si sabían quién era. El pequeño, entonces, asintió con la cabeza. Y cuando la maestra le preguntó quién era, él respondió: «Es el que me tenía de la mano cuando mi papá mataba a mi mamá.»

No sabemos cómo aquel niño conocía el rostro de Jesús, ni quién lo había educado en la fe. Pero para él fue sanador. Ver a Jesús vivo en nuestra vida, compartiendo nuestros dramas y aflicciones, puede ser la diferencia entre superar las tragedias y dejarnos abatir por ellas. Por eso fue sanador que los/as primeros/as cristianos/as aprendieran a ver al resucitado comiendo, pescando, caminando o reunido con ellos/as. Y hoy es nuestro turno. No se trata de un ejercicio ocioso, ni de una fantasía. Es el resultado genuino de hacer que nuestra fe se vuelva activa. Porque cuando la fe es activa, no espera que aparezca un mundo nuevo: empieza a construirlo.

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Photo by Jon Tyson on Unsplash; licensed under CC0.

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