< February 17, 2019 >

Comentario del San Lucas 6:17-26

 

Hoy como ayer, Jesús sigue abriéndonos caminos con su obrar poderoso y sus palabras de esperanza.

El pasaje que ahora consideramos consta de tres secciones bien diferenciadas: (1) la multitud que converge a Jesús, buscando sanación y liberación de sus males, (2) las bienaventuranzas (anuncios de bendición), y (3) los “ayes” (anuncios de juicio).

El pueblo judío del tiempo de Jesús estaba sometido al poder romano. Sufría el yugo de impuestos abusivos y la prepotencia de los dominadores y de los compatriotas aliados a esos dominadores. Atrapados entre la pobreza y el abandono, entre la injusticia y toda suerte de adversidades, el pueblo de Israel anhelaba un tiempo nuevo, una intervención salvadora de Dios.

Es dentro de ese marco dramático y tenso, forjado entre la desesperación y la esperanza, que hay que entender las bienaventuranzas de Jesús. Pues ese es el contexto histórico que nos explica por qué las multitudes llegaban hasta él, miles esperando ser asistidos en sus sufrimientos, curados de sus enfermedades y consolados de sus esperanzas quebradas y apagadas.  

Por eso Jesús les habló claro, abriéndoles caminos de esperanza. Vino a encender la fe del pueblo humillado y sufriente. Vino a despejar el horizonte lleno de nubes de duda y de aflicción. De sombras acumuladas por décadas y siglos sobre un pueblo nutrido de leyendas de paz y de gloria, pero abrumado ahora con un presente de sometimiento y de oprobio.

En el pasaje que consideramos, podemos saber mucho de aquellas palabras poderosas que Jesús proclamó, que renovaban en las muchedumbres la fe en la promesa milenaria, anunciada por los antiguos profetas, de que vendría un mundo diferente y mejor, donde la justicia y la paz se besarían en la tierra (Salmos 85:10).

En efecto, para que vuelva a latir fuerte en los corazones la promesa, Jesús les proclama las “bienaventuranzas.” Son las misericordias prometidas de Dios, las que anuncian a los pobres el Reino, a los hambrientos la abundancia, a quienes sufren el consuelo y la alegría, y a los maltratados y humillados la justicia que viene sobre el mundo.

Pero no terminan ahí sus palabras. Porque no habrá paz sin justicia. Como bien se lee en la profecía de Isaías: “El efecto de la justicia será la paz, y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre” (Isaías 32:17). Por eso, la palabra de Jesús no solo llega para consolar sino también para advertir. Entonces pronuncia los “ayes.” Proclama que el día de la justicia se acerca para quienes disfrutan de su riqueza en medio de tanta pobreza, de la abundancia en medio de tanta necesidad, de celebraciones en medio de tanto dolor. Y del prestigio y la fama en medio de tantos humillados y excluidos.  

Hoy, luego de casi dos mil años, como aquellos judíos, de nuevo venimos nosotros/as al Salvador buscando consuelo y esperanza, justicia y paz. Y más aún en muchos lugares del mundo, donde hay creyentes que claman al cielo por la inseguridad, las persecuciones, la guerra y la escasez de alimentos y de medicinas, todo eso que hace de cada día un tormento, para ellos/as y para sus comunidades.

Pero incluso quienes no estamos expuestos a tantos males, nos vemos a menudo enfrentados a nuestros propios dramas personales. Aquellos que, aun si parecen menores frente a los dramas de otras personas, son nuestros y nos resultan más que suficientes. Por ellos también venimos al Señor, y buscamos su mano sanadora y su palabra de esperanza.

Y no venimos en vano. Porque él llega una y otra vez cuando lo buscamos de corazón. Y nos renueva desde dentro, y nos impulsa y nos levanta. Y nos hace ver lo que no veíamos, un horizonte nuevo. Y nos abre caminos.

Y esto a pesar de todos nuestros pesares. Porque, como escribía Jean Vanier: “Somos llamados a descubrir que Dios puede aportar paz, compasión y amor a través de nuestras heridas.”1

En efecto, la fe que alumbra en la oscuridad es la mejor respuesta a esa voz que nos llama primero, que se acerca a nosotros/as cuando nos sentimos tan solos/as, por más rodeados/as de gente que estemos. Es la que abre surcos en la tierra oscura de nuestras vidas y la siembra con la luz de las bienaventuranzas.

Es así que, hoy como ayer, de nuevo viene nuestro Jesús, el Señor de todos/as y para todos/as. Y nos dice que él está aquí, que no estamos solos/as, que es posible una vida mejor. Y nos recuerda, además, que esta vida que pasa está llamada a florecer en otra más hermosa.

Y nos convoca a la fe solidaria, al amor esperanzado que nos hace saber que nuestra perseverancia no es en vano. Es el amor redentor de Jesús que da sentido a todas sus bienaventuranzas: que nada impedirá la llegada a nuestro mundo herido de un mundo mejor para todos/as. Cuando todos/as celebremos la vida en la tierra de la promesa.2


Notas:

1. Escritos esenciales. (Cantabria: Sal Terrae, 2008), 125.

2. Cf. Isaías 65:17; 2 Pedro 3:13; Apocalipsis 21:1-4.