< May 14, 2017 >

Comentario del San Juan 14:1-14

 

El Paso de Dios entre Caminos, Verdades y Vida…

Vamos a hacer un pequeño recorrido por este texto, pero en clave pascual. La llave que utilizaremos es la de “creer.” Seis veces se utiliza el verbo “creer” en distintas personas, tiempos y modos en estos catorce versículos. “Creed,” dice Jesús, porque a partir de la resurrección, la muerte ha sido vencida por la vida. El odio ha menguado ante y en quienes aman. La injusticia ha sido quebrada por actos que desbordan misericordia. Por lo menos es lo que vamos leyendo y escuchando en toda esta época pascual.

La clave es creer. ¿Creemos que la muerte puede ser vencida por la vida? ¿Creemos que el amor puede desvanecer todo tipo de odios? ¿Creemos que un acto de misericordia vale más que un mundo de injusticias?  

Podemos responder con un sí o con un no. Estamos en nuestro derecho. Porque la vida contemporánea tiene tantos bemoles, sabores y sinsabores que siempre estamos entre los límites de la felicidad y la desesperanza. De la confianza y el entredicho.

El episodio que escuchamos en este domingo nos recuerda que Jesús está hablando a sus amigos y amigas, quienes quizás se estaban haciendo estas y otras preguntas, y cuyos rostros denotaban recelo, desconfianza, temor frente a lo que estaba ocurriendo y ante lo que posiblemente estaba por venir.

Preguntas y más preguntas. ¿Será que este es el camino? ¿Podemos creer que Jesús dice la verdad? ¿Y si nos quitan la vida por estar en este grupo?

En medio de toda esta incertidumbre, las palabras de Jesús resonaban fuerte en sus vidas: “no se turbe vuestro corazón” (v. 1). Con estas palabras Jesús buscaba sostener su corazón, su vida, su forma de creer.

Para el antiguo mundo judío (el mundo bíblico) hablar del corazón no se limitaba a mirar los sentimientos. También y sobre todo, el corazón era el órgano en el que se asentaban la inteligencia y la sabiduría. Por eso es tan poderosa esta frase: “no se turbe vuestro corazón.” Alguien con el corazón turbado no puede pensar bien, no puede sentir bien, pierde la voluntad para darle sentido a lo que hace. Alguien con el corazón turbado está con la vida turbada y sin sentido; se detiene porque sólo ve caminos cerrados, murallas y mentiras. La verdad desaparece. Jesús lo sabía. En el trayecto de su vida había visto tantas vidas turbadas, enfermas, desesperadas: mujeres, niños, niñas, hombres con corazones turbados…

Por eso, con esa pedagogía que siempre cautivó, luego de haberles dado el gran ejemplo de lavarles los pies, lo que era un símbolo de humildad, de horizontalidad y de fraternidad, les dijo: “ejemplo os he dado para que, como yo os he hecho, vosotros también hagáis” (Jn 13:15). Jesús no sólo los consoló y les dio el ejemplo; también les propuso una estrategia para seguir respirando. “Creed,” les dijo. “creéis en Dios, creed también en mí” (v. 1). Era lo único que les podía sostener. Este líder galileo quería que las personas que habían creído en él comprendieran quién sostenía sus vidas, quién era capaz de darles fuerza y, especialmente, quién era el ser divino enteramente sincero que podía mantener sus espíritus con la firmeza necesaria para sostener sus convicciones y su corazón.

Y por si esto fuera poco, Jesús les hizo una promesa: “vendré otra vez y os tomaré a mí mismo, para que donde yo esté, vosotros también estéis” (v. 3). Jesús sabía que muchas personas pactaban con el temor y la desazón. Por eso les hace esta promesa. No se iría del todo; volvería, estaría con ellos y ellas… Sin duda quien más recordaba esto era Tomás, porque él, en toda su desolación le había preguntado: “Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?” (v. 5). Esta fue la pregunta que motivó la paternal respuesta tan conocida de Jesús: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (v. 6). Se hizo para ellos y ellas camino, para que sus pisadas pudieran estar seguras. Se hizo verdad, para que todo esfuerzo por quitar el buen discernimiento de sus corazones se desvaneciera. Y se haría vida, es decir, disiparía la muerte sin sentido y les daría el tiempo para que todo cuanto se propusieran pudiera ser realizado dignamente.

La clave es “creer” en todo esto. Creer que vale para nosotros y nosotras hoy. La palabra que sigue resonando es “¡creed!” Sólo así se puede escuchar el aleteo de las buenas nuevas ante el continuo estallido de las ráfagas de malas noticias. Creer en el paso de Dios en nuestra humanidad: esta es en resumidas cuentas la pascua. Un paso que a veces sucede con fragilidad y casi en silencio. Como aquella alegre noticia que dio Nubia en el año 2015, la bebé nacida en Guinea con la terrible enfermedad del ébola, cuando con apenas 21 días de vida fue la primera en recibir un tratamiento que la libró de la enfermedad. Con ello, las millones de personas, en el África occidental, que habían tenido el corazón turbado, dejaron atrás el temor para recorrer el camino de la confianza en una vida saludable. 

Creer fue, es y será la estrategia más sutil, pero la más convincente para que las cristianas y los cristianos seamos reconocidos/as en nuestra terquedad como quienes seguimos viendo caminos donde sólo hay oscuridades; como quienes buscaremos incansablemente las verdades que liberen, unan, y abracen realidades diversas, inclusive creencias diversas; como quienes somos capaces de tomar decisiones que comprometan la vida, la comodidad, la seguridad, lo hecho y lo dicho; como quienes somos capaces de ver el paso de Dios que genera transformaciones que incluyen desapegos personales y modificaciones estructurales dentro de todos los núcleos humanos: las comunidades, las familias, los a veces estáticos espacios religiosos…

Creer que Jesús es el camino, la verdad y la vida es también creer que todo cristiano y cristiana debe comprenderse como camino, verdad y vida, para que otros y otras, en momentos de turbulencia, tristeza, miedo y soledad puedan encontrar un sendero, una luz de verdad y muchos motivos para estar vivos y vivas, junto a la humildad de quienes han creído que la pascua, el paso de Dios, continúa y permanece…