< February 05, 2017 >

Comentario del San Mateo 5:13-20

 

Este domingo el texto nos invita a reflexionar sobre tres aspectos importantes de la vida cristiana.

Primero, el llamado a ser sal de la tierra. Segundo, el llamado a ser resplandecientes como una luz en medio de las tinieblas. Tercero, el llamado a vivir una vida que encarne la ley que Dios ofreció al pueblo de Israel en el desierto. Cada una de estas invitaciones es parte del discurso de Jesús en el monte, o del llamado “Sermón del Monte”, que encontramos en el texto de Mateo 5. El discurso comienza con el mensaje escatológico de las bienaventuranzas que discutimos el domingo pasado. Hoy se centra en otros aspectos de la vida cristiana que nos ayudan a contextualizar el llamado a la transformación con el que Jesús inicia su ministerio en Mateo 4:17. 

Sal y Luz del Mundo

En primer lugar, la exhortación es a ser tanto sal como luz del mundo. Es importante prestarle atención a esta invitación, muy en especial en este tiempo que vivimos. En muchos casos la iglesia cristiana—toda la iglesia, independientemente de su “apellido” denominacional—ha dejado de lado el ministerio de proclamación de la justicia en el mundo. Aquí no me refiero a la justicia retributiva que administran los gobiernos.

El concepto de justicia del texto sagrado ha sido tergiversado. Creemos que la justicia de Dios es la del mundo: la justicia como castigo por acciones malas. En realidad, esto no es lo que nos dice el texto sagrado. Cuando Dios habla de justicia, se refiere, no a castigo, sino a la justicia redistributiva y de abundancia para el pueblo. Esto es, Dios se interesa por el bienestar de las personas—tanto de manera individual como de manera colectiva. La ley (de la que seguiremos hablando más abajo) fue ofrecida al pueblo de Israel para garantizar la igualdad entre las personas, no con la intención de castigar a las personas.

Entiendo que es importante mantener esto en mente cuando nos acercamos a este texto para el día de hoy. El llamado de Cristo al pueblo para ser sal y luz debe ser entendido en el contexto de un caminar de fe que busca la justicia divina para toda la humanidad. La sal representa en este contexto aquello que le da sabor, textura y razón de ser a la vida comunitaria. Cuando cocinamos, debemos estar pendientes de cuánta sal utilizamos. Si ponemos mucha, la comida está demasiado salada y por lo tanto no gusta. Al mismo tiempo, si no ponemos nada de sal, la comida no tiene sabor y tampoco podemos disfrutarla. De la misma forma, la persona cristiana debe mantener un balance en el mundo: buscamos tanto la presencia de una proclamación profética que señale las injusticias como un trabajo activo para que estas injusticias no sigan ocurriendo.

Igualmente Jesús nos invita a ser luz del mundo. En un mundo lleno de tinieblas, el mensaje de liberación, igualdad, paz, reconciliación y amor del evangelio sirve de luz para guiar el camino. Nuestras obras de amor, solidaridad y justicia, según el v. 16, van a ser la luz que convenza a otras personas sobre las buenas nuevas. De esta forma somos luz del mundo: encarnando en nuestras vidas el amor, la solidaridad y la justicia de Dios. 

La Encarnación de la Ley

El texto para hoy continúa con algunas palabras de Jesús sobre la ley. Como dije antes, la ley fue provista al pueblo de Israel con el objetivo de ofrecer justicia redistributiva. O sea, el objetivo de la ley era proporcionar una forma de igual protección para todo el pueblo. Algunas claves dentro del código de la ley (como por ejemplo 2 Crónicas 6:28-33, Éxodo 22:21, Deuteronomio 29:9-15, entre otros) nos indican que Dios pretendía que la ley fuera para toda la humanidad. El cristianismo entiende que con el advenimiento y la encarnación de Cristo, toda la ley fue cumplida en su persona. O sea, no que la ley haya sido reemplazada o abolida, sino que fue encarnada en la persona de Jesús.

Esto es importante mantenerlo claro. Muchas veces en nuestras congregaciones queremos reestablecer las leyes del Antiguo Testamento, pero no nos preguntamos qué rol ha jugado la encarnación en el cumplimiento de la ley. La Epifanía celebra la manifestación de Dios, en la persona de Jesús, al mundo más allá del pueblo judío. Así que este tiempo de Epifanía es un buen momento para reflexionar sobre cómo la encarnación de Dios en la persona de Jesús cumple con la ley y los profetas.

Recordemos, por ejemplo, que Jesús mismo dice en Juan 8:58, “De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy.” Esto es, el Jesús pre-encarnado es antes de todo y de todos. Así, entonces, podemos hacer una comparación de esta aseveración con lo que Jesús indica en nuestro texto de hoy en el v. 18: “Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la Ley, hasta que todo se haya cumplido.” Nada ha de pasar hasta que el cumplimiento de la ley se haya manifestado: esto es, la ley se hará una realidad completa cuando se manifieste en la persona de Jesús. 

Conclusión

Jesús es la encarnación de la solidaridad de Dios con su pueblo. En Cristo podemos tener acceso completo a la justicia redistributiva de Dios: aquella justicia que llama al ser humano a ser sal y luz en un mundo que tanto necesita de solidaridad, de amor, de reconciliación y de igualdad. La manifestación de Dios en la persona de Jesús cumple con el sueño de Dios de que toda la humanidad sea beneficiaria de la ley de la justicia de Dios. Este es un mensaje en extremo liberador para comunidades que han sido marginadas, perseguidas y oprimidas. Quizás ahora, más que nunca, nuestras iglesias están en la necesidad de escuchar estas palabras de Jesús.