< October 09, 2016 >

Comentario del San Lucas 17:11-19

 

La historia de la sanación de los diez leprosos muestra cómo Lucas entiende las prioridades y la respuesta de Jesús ante situaciones de exclusión y marginación.

El pasaje también muestra cuán importante es para Jesús el agradecimiento en relación a la fe. Finalmente, esta historia invita a considerar el hecho de que pareciera que la capacidad de una persona para estar agradecida es directamente proporcional a su grado de marginación. 

El pasaje se inicia con una nota sobre la ubicación geográfica según la cual Jesús y sus discípulos se encuentran de camino a Jerusalén, y lo que es aún más importante es que se encuentran en una zona fronteriza entre la región de Samaria y Galilea. La importancia de este dato radica en el hecho de que Jesús no trató de evitar pasar cerca de Samaria, como lo habría hecho cualquier judío. Recordemos que había animosidad entre judíos y samaritanos. En general, los judíos consideraban a los samaritanos como semi-paganos y como personas de segunda categoría. 

El pasaje continúa con el encuentro de Jesús con diez leprosos que se pararon a lo lejos mientras Jesús estaba entrando a una aldea. Desde la distancia gritaron pidiendo misericordia. Es importante recordar que las personas diagnosticadas como leprosas debían ser separadas de la comunidad y estaban obligadas a proclamar su condición de impureza (Lv 13:45-46). El término que se traduce como lepra se refiere más bien a ciertas enfermedades de la piel que en algunos casos podían desaparecer, permitiéndole a la persona que lo había padecido volver a integrarse a la sociedad. Pero el punto es que mientras tuvieran dichos padecimientos, las personas enfermas sufrían aislamiento y separación, incluso de sus familias. La ley estipulaba que los sacerdotes eran quienes tenían la autoridad de diagnosticar y declarar la condición de pureza o impureza. Por ello, cuando Jesús responde a los leprosos instruyéndoles que fuesen a presentarte ante los sacerdotes, básicamente estaba siguiendo los pasos establecidos en la ley para su reintegración en la sociedad. El texto es claro respecto a que la sanidad no ocurrió de inmediato, sino cuando los leprosos iban de camino. No hay ninguna señal en el texto que indique incredulidad de parte de ellos. Aparentemente confiaron en que la instrucción que les dio Jesús de alguna manera se convertiría en la respuesta a su súplica. La súplica, por cierto, aunque no es completamente clara, apunta a lo obvio, es decir, a la condición de sufrimiento derivada no solamente del padecimiento físico, sino del ostracismo social y el estigma permanente: “¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros! (v. 13). Por lo tanto, puede decirse con seguridad que los diez leprosos tuvieron fe y justamente el tipo de fe que lleva a la obediencia.   

El pasaje entonces muestra un giro un poco desconcertante. Cuando los leprosos iban de camino, ocurrió la sanidad esperada. Y cuando esto sucede, sólo uno de ellos decide posponer su presentación a los sacerdotes para regresar a darle las gracias a Jesús. Además, mientras iba de camino para ver a Jesús de nuevo, iba glorificando a Dios de manera abierta y pública: “glorificando a Dios a gran voz” (v. 15). Una vez que llega a donde estaba Jesús, “se postró rostro en tierra” a los pies del Maestro, lo cual indica no un agradecimiento superficial o ligero, sino profundo y sincero (v. 16). Lo desconcertante es la reacción de Jesús ante este acto del leproso, que resulta ser samaritano. Jesús pregunta acerca del paradero de los otros nueve (v. 17). Jesús mismo les había instruido que fueran a presentarse ante los sacerdotes. Por lo tanto, Jesús sabía la respuesta a su pregunta. Los otros nueve estaban obedeciendo. Aquí es donde las preguntas de Jesús muestran un elemento esencial de la actitud que acompaña la fe que Dios espera de nosotros y de nosotras. 

Ciertamente los otros nueve estaban obedeciendo, pero ¿realmente la obediencia implica que no hay espacio ni tiempo para mostrar agradecimiento por el favor y la gracia recibidos? Uno podría preguntarse: ¿qué pasó por la mente de los otros nueve una vez que se dieron cuenta de que habían sido sanados? ¿Será que pensaron que era prioritario obedecer? ¿Tendrían quizás temor de que el milagro se revertiría si no obedecían de inmediato? ¿O será más bien que estaban ansiosos por volver a ver a sus familias, reincorporarse a la sociedad y recuperar su vida normal? Si este fuera el caso, ¿quién podría culparlos por desear tales cosas después de haber sufrido tanto? 

Cualesquiera que hayan sido las razones que los otros nueve tuvieron para no regresar, lo que es un hecho es que Jesús aprueba el acto del samaritano y cuestiona la decisión de los otros nueve. Esto indica con claridad absoluta que Jesús espera una fe capaz de reconocer la fuente del favor y la gracia recibidos. También espera agradecimiento. Ambas cosas, reconocimiento y agradecimiento, son antídotos contra la tendencia humana de sentirnos merecedores de los favores recibidos. Es aquí donde uno puede preguntarse qué es lo que hizo que el samaritano fuera capaz de tener la fe que Jesús elogia. Sabemos que todos los leprosos habían sido marginados por la sociedad; sin embargo, los samaritanos, dado el contexto social, sufrían de marginación y estigma en general, aun sin estar enfermos. Esto apunta a una doble marginación en el caso del leproso que era samaritano, que quizás hizo que apreciara con más fuerza lo que el milagro recibido de parte de Jesús significaba. Por el contrario, los otros nueve, que probablemente eran judíos de acuerdo con la opinión de la mayoría de comentaristas, muy pronto verían la causa de su marginación totalmente eliminada. Y parece que fue lo que sucedió. Muy pronto sólo estaban pensando en ellos mismos, en sus familias y en sus proyectos de vida personales. Cuando Jesús le dice al samaritano “tu fe te ha salvado” (v. 19), uno podría precisamente concluir que la fe que incluye reconocimiento y agradecimiento nos salva del peligro del egoísmo, del egocentrismo y de la tendencia humana de sentir que merecemos todo lo que tenemos. Como sabemos, estas cosas constituyen la raíz de muchos males. Reconocimiento de la fuente de nuestras bendiciones y agradecimiento por ellas son antídotos eficaces. Y Jesús, con sus palabras y acciones, de acuerdo a Lucas, saca a la luz esta verdad manifestada en la actitud y las acciones de las personas más sufrientes y más marginadas.