< May 22, 2016 >

Comentario del San Juan 16:12-15

 

Este es el segundo discurso sobre el Paracleto en los discursos de despedida de Jesús a sus discípulos (el primero nos tocó la semana pasada para el Domingo de Pentecostés en Juan 14:15-17, 25-26).

Nos llama la atención sobre la relación íntima entre el trabajo y las palabras de Jesús y el trabajo y las declaraciones del Paracleto luego del tiempo de Jesús, ambos en glorificación del Padre, Dios.

Primero, Juan pone en boca de Jesús que le gustaría enseñar más, pero que el tiempo es corto (v. 12). Además, los discípulos no pueden “sobrellevar” lo que Jesús les quiere enseñar (v. 12). ¿Por qué? ¿Será porque es muy triste (su muerte de cruz, narrada en Juan 18 y 19) o muy espectacular (su resurrección, narrada en Juan 20)? Creo que es más bien porque tienen que vivir la experiencia de la muerte y resurrección de Jesús para poder entender más completamente. Y para ello necesitarán la presencia y el ministerio del Paracleto (vv. 13-14).

El Espíritu de Verdad

Es interesante que en el original griego el Paracleto se introduce en este pasaje como “ese” (ekeinos): “Pero cuando ese venga, el Espíritu de verdad, los guiará (hodege) a ustedes a toda la verdad” (v. 13a; mi traducción). No se utiliza en el original de nuestro texto el término parakleto, como en 14:16 y 26, pero se sabe que de ese mismo habla. Aquí, como en 14:17, se lo presenta como “el Espíritu de verdad.” ¿Cuál es la “verdad” a la cual el Espíritu dirige a los discípulos, más allá de la cruz y la tumba vacía? Primero, si Jesús es “el camino (hodos), la verdad y la vida” (14:6), entonces el Espíritu dirige el camino (hodege) de los discípulos en confirmación de lo que Jesús enseñó primero, su verdad. Por ende, el Espíritu enseña lo que recibió de Jesús; no habla ni hablará lo suyo: “Porque él no habla de sí mismo, sino lo que ha escuchado habla” (v. 13b; mi traducción). Esto nos recuerda que cuando Jesús habla, lo que enseña son las palabras del Padre: “Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre, que vive en mí, él hace las obras” (14:10). El Espíritu también “habla” bajo la autoridad del Hijo, quien habló, enseñó y encaminó primero, hacia “toda la verdad” (v. 13). Vemos aquí y en lo que sigue (especialmente en v. 15) esta relación entre Padre, Hijo y Espíritu. En este contexto, uno (Jesús) habló por el Padre y el otro (Espíritu), habla por el Hijo. Todos hablan la verdad.

Sin embargo, el Espíritu tendrá un ministerio distinto: Él “escucha” las palabras que ayudarán a los discípulos una vez Jesús no esté con ellos y ellas. Por lo tanto, les “hará saber las cosas que habrán de venir” (16:13c). ¿A que se refiere este ministerio futuro del Espíritu de verdad?

Lo que Vendrá

El Espíritu no sólo “hablará todo lo que oiga” (v. 13b), sino que también “anuncia” o “hace saber” (anangelei en el original griego) lo que vendrá. Anangelein se usa tres veces en los versículos 13 al 15. “Anunciar” ó “declarar” tiene el sentido de “traer un mensaje,” dar una “proclamación,” tal como en 1 Juan 1:2 donde el autor juanino afirma lo siguiente sobre Jesús: “Pues la vida fue manifestada y la hemos visto, y testificamos y os anunciamos (apangellomen) la vida eterna, la cual estaba con el Padre y se nos manifestó.” De acuerdo al v. 13c, el Espíritu ayuda con el anuncio de la vida y ministerio de Jesús, en su ausencia, y del significado de su muerte y resurrección. Por eso, Jesús declara que el Espíritu (de nuevo, en el original del v. 14 se usa la palabra ekeinos, que la versión Reina Valera 1995 traduce como “él”) glorificará a Jesús con sus “anuncios,” más allá de la vida, muerte y resurrección de Jesús (recordando que la muerte y resurrección de Jesús se interpretan en Juan como una “glorificación;” véase 17:1-5). El Espíritu “tomará” de lo más importante de la vida y ministerio de Jesús (“de lo mío,” dice Jesús) y “lo hará saber,” es decir, lo “proclamará” (de nuevo, anangelei) a los discípulos de Jesús. Se sobreentiende que esos mismos discípulos serán los instrumentos que harán posible que el Espíritu comparta “lo de Jesús” con el mundo al cual los discípulos son enviados (véase 17:18: “Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo.”). Lo que vendrá será el ministerio de los discípulos, impulsado por el Espíritu, para proclamar las grandes verdades de Jesús.

Padre, Hijo e Espíritu

Por último, lo que el Espíritu comparta sobre Jesús viene, al fin y al cabo, del Padre: “Todo lo que el Padre tiene es mío” (v. 15a; mi traducción). Dios inicia palabras, obras, ministerio, tanto de Jesús, como del Espíritu, y como de nosotros y nosotras. En sí, lo que el Espíritu “toma” para “proclamar” viene directamente de Jesús, pero, en último análisis, nos enseña Juan, viene de Dios (v. 15b). En este sentido, este pasaje provee reflexión para la teología que se desarrollará en siglos venideros sobre Dios como “Trinidad,” con cada miembro haciendo su parte en la misión divina. Dios es “transcendente, histórico y inmanente.”1 Dios está más allá de nuestra realidad e entendimiento, pero es accesible históricamente en la persona y ministerio de Jesús, y se hace presente continuamente en palabras y hechos del Espíritu a través de los y las creyentes, generación tras generación.

Este pasaje de Juan 16:12-15 contiene quizás las declaraciones más significativas acerca del ministerio del Espíritu y de su relación con Dios, Jesús, y nosotros/as de todos los discursos de Jesús en Juan 14-16.2 Sobre todo el Paracleto es “Espíritu de verdad” y, por lo tanto, “maestro de los discípulos.”3


Notas:

1 Daniel B. Stevick, Jesus and His Own: A Commentary on John 13-17 (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 2011), 261.

2 J. Ramsey Michaels, John: A Good News Commentary (San Francisco: Harper & Row, 1984), 269.

3 Raymond Brown, The Gospel According to John (xiii-xxi) (Garden City, NY: Doubleday, 1970), 714.