< February 10, 2016 >

Comentario del San Mateo 6:1-6, 16-21

 

Por muchos años he preparado mis propias cenizas para el servicio de Miércoles de Ceniza.

Cada Domingo de Ramos guardo un mazo grande de las ramas de palma real que adornan el templo. Son hermosas, alargadas, y de un amarillo verdoso brillante. Nuevecitas. Las dejo cerca de mi escritorio y veo cómo se van secando poco a poco. Pierden su brillo y color; se tornan un color marrón opaco y seco. Crujen al apretarlas.

Una semana antes del Miércoles de Ceniza las pongo en un envase grande de metal; las voy quebrando en pedazos pequeños y las junto en el centro del envase. Un fósforo inicia la combustión y las ramas secas se van haciendo—poco a poco—un montoncito de cenizas. Las recojo y junto en un envase de cristal, las mezclo con un poco de aceite de oliva y quedan listas para hacer las cruces en la frente de las personas el miércoles por la noche.

La cuaresma y la Semana Santa son importantes en nuestras comunidades hispanas como costumbres y marcas sociales y como eventos litúrgicos y religiosos en su sentido más profundo. El Miércoles de Ceniza es el inicio de este período de tiempo—de esta temporada—que nos llama a la mesura, a la disciplina, al recogimiento y a la reflexión profunda acerca de nuestra humanidad y de los resultados del pecado en nuestras vidas, en las vidas de los demás y en toda la creación. Las cenizas son símbolo de todo esto. Al ponerlas en la frente de las personas les recordamos: “Polvo eres y al polvo volverás” (Gn 3:19c).

El Miércoles de Ceniza presenta varios énfasis que podemos asumir en nuestra travesía de cuarenta días por la cuaresma y luego la Semana Santa. El texto de Mateo nos invita a vivir la temporada con períodos intensos y programados de oración y ayuno con el propósito de reflexionar acerca de la situación humana en la que estamos y que debemos enfrentar al ver y sentir las cenizas en nuestras frentes. Las cenizas nos recuerdan nuestras vidas; la cruz en la frente que forman las cenizas nos recuerda nuestro bautismo y la acción redentora de Jesucristo en la cruz que perdona nuestros pecados.

Los vv. 1-4 tratan el tema de la limosna, los vv. 5-6 tratan el tema de la oración, y más adelante en el capítulo 6, los vv.16-18 comentan el tema del ayuno. La lectura del evangelio de hoy termina con los vv. 19-21 que resumen el mensaje de la sección. En nuestro texto, no se elimina ninguna de estas disciplinas religiosas, sino que se redirigen y reinterpretan conforme al mensaje de Jesucristo en este evangelio.

Propongo que entendamos este texto del evangelista Mateo justamente desde la cruz de cenizas con la que nuestras frentes son marcadas en este día. Las cenizas identifican la manera en que abusamos de estas disciplinas para nuestro beneficio y las convertimos en costumbres rígidas que niegan al prójimo. La cruz es la manera en que Jesucristo redirige y reinterpreta estas disciplinas religiosas para que constituyan en cambio una afirmación de la vida y del testimonio que se generan en el bautismo. Esta manera de interpretar los textos puede servirnos, además, para el diseño del culto o misa, tanto en lo que se refiere al orden con sus cánticos, himnos, oraciones, etc., como en cuanto a los contrastes en la ambientación y decoración del templo.

Las cenizas “denuncian” que usamos las limosnas, la oración, y el ayuno para adelantar nuestros propios intereses y hasta para intentar “comprar” a Dios. Jesucristo critica la limosna, la oración y el ayuno cuando se hacen para beneficio propio y como costumbre religiosa hueca, como fuente de nuestra propia santificación y beneficio, tal como lo hacían los fariseos.[1] Nos engañamos a nosotros mismos y a nosotras mismas cuando practicamos las disciplinas religiosas de la limosna, la oración y el ayuno en busca de nuestro “propio interés,” “para contiendas y debates,” “para herir,” para acaparar, o como manifestación del más crudo egoísmo.[2] Cuando hacemos esto nos vamos secando poco a poco, como se secan las ramas de las palmas del Domingo de Ramos al pie de mi escritorio todos los años.

La cruz en nuestra frente el Miércoles de Ceniza nos dice cómo debemos enfrentar nuestra disciplina cuaresmal. Jesucristo nos dice que debemos practicar la limosna, la oración y el ayuno como acción de gracias a Dios. Son cántico; doxología. No son marcas de santidad ni de identidad de unas personas específicas—los fariseos—sino que son maneras de relacionarnos con Dios. Con su manera de entender estas disciplinas religiosas, Jesucristo busca expandir la comunidad religiosa genuina hasta incluir a los gentiles y todas las gentes del planeta en su resurrección.[3]

Esta nueva manera de relacionarnos con Dios se sustenta en la adoración y la justicia: “El ayuno que yo escogí, ¿no es más bien desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, dejar ir libres a los quebrantados y romper todo yugo? ¿No es que compartas tu pan con el hambriento, que a los pobres errantes albergues en casa, que cuando veas al desnudo lo cubras y que no te escondas de tu hermano? (Is 58:6-7). Esta manera de vivir es resaltada en este evangelio como la visión misma del día del juicio y, más bien, como la visión del reino (Mt 25:31-46).

Nuestra visita anual a las profundidades de la condición humana—a lo seco y marrón opaco de nuestras cenizas—en la cuaresma y Semana Santa es un asunto de vida y muerte. Es una invitación contundente a reconocer nuestras limitaciones y la sobreabundante misericordia de Dios. El sermón de hoy puede recoger estos contrastes entre cenizas y cruz, entre uso hueco y egoísta y adoración en servicio y justicia al prójimo, entre lo seco y quebrado y las aguas bautismales, para hacer una invitación seria y formal a vivir estos cuarenta días como ofrenda de olor fragante al Señor.

[1] Bruce Malina and Richard L. Rohrbaugh, Social Science Commentary on the Synoptic Gospels (Minneapolis: Fortress Press, 1992), 60.

[2] Ver Isaías 58:1-12, especialmente vv. 3-4.

[3] Malina, Social Science Commentary, 61.