< October 18, 2015 >

Comentario del San Marcos 10:35-45

 

Dos de los discípulos de Jesús, Jacobo y Juan, se acercan al Maestro con una petición importante. Ellos piden tener un lugar predominante e importante en la presencia de Jesús.

Sentarse cerca de una autoridad denota estatus. Jacobo y Juan piden sentarse al uno a la derecha y el otro a la izquierda de Jesús, especificando que es su deseo para cuando estén en la gloria. Pareciera que estos dos discípulos imaginan que en el reino de Dios habrá miembros con mayor privilegio que otros y que sólo aquellos con mayor privilegio podrán sentarse junto a Jesús.

Jesús les señala que no saben lo que están pidiendo. Jacobo y Juan no entienden que el reino de Dios no se guía por los principios del mundo. Jesús les aclara que todos los miembros del reino de Dios han sido bautizados con un solo bautismo (Ef 4:5), con agua y con el Espíritu Santo (Mc 1:8). En el reino de Dios, no existe distinción de personas. Todos los hijos y todas las hijas de Dios toman del mismo vaso; tienen comunión y reciben el mismo amor inmensurable y puro de Dios.

Los discípulos, como seres humanos y en su manera de pensar terrenal, quieren explicar el reino de Dios como si funcionara de la misma manera en que se gobierna a una sociedad, con niveles o estratos, con miembros que gozan de mayores privilegios que otros. Esta manera de pensar genera divisiones, luchas internas y fricciones. Los otros discípulos se molestan con Jacobo y Juan por pedir privilegios y querer ser tratados de manera diferente que los demás.

En la actualidad, hay miembros de iglesias que hacen la misma petición que Jacobo y Juan. Quieren tener mayor estatus o mayores privilegios que sus hermanas y hermanos en Cristo. La lucha por el poder dentro de algunas comunidades cristianas es tan intensa que lleva a rivalidades destructivas para los miembros del cuerpo de Cristo. Dicha manera de pensar, en términos de estratos dentro de la iglesia, es una estrategia que el enemigo usa con frecuencia para romper con la unidad, la paz, la armonía y la fraternidad entre los hijos y las hijas de Dios.

Jesús enseña a sus discípulos y a la iglesia actual que la sociedad y las naciones de este mundo son gobernadas por gente que se enseñorea y busca que sea evidente el poder o la potestad que tienen sobre su círculo de influencia. La soberbia y el amor por el poder son valorados y anhelados por aquellos que pertenecen al mundo.

En el reino de Dios, en cambio, predominan el amor, la justicia, la igualdad, la paz y la humildad. Jesús menciona un valor, que es el principio y la regla fundamental en el reino de Dios y entre los hijos y las hijas de Dios: “el servicio.” Jesús dice que el que “quiera ser el primero, será siervo de todos” (v. 44). La actitud de servicio de la que habla Jesús se origina en el amor. Servir por amor y con amor a Dios y a los demás. No es un servicio producto de la manipulación o del interés personal, como tantas veces lo vemos dentro y fuera de la iglesia; es un servicio sincero, humilde, bondadoso, y brindado con gozo. El mejor ejemplo del tipo de servicio del que se habla en estos versículos lo encontramos en Jesús, quien se humilló a sí mismo y tomando forma de siervo (Flp 2:7-8), dio su vida en rescate por la humanidad (v. 45).

Como pueblo de Dios y como siervos y siervas de Cristo, hemos sido llamados/as a servir con amor a nuestro Dios y Salvador, a nuestros hermanos y a nuestras hermanas en Cristo y a nuestro prójimo. Quien quiera estar más cerca de Dios, será quien se considere siervo de todos y de todas, dejando de lado el servicio a intereses personales.

Estos versículos generan la pregunta: ¿Qué te motiva a servir? ¿El amor a Dios y a tus semejantes? ¿O algún interés personal/superficial, como el interés mostrado por Jacobo y Juan?