< August 23, 2015 >

Comentario del San Juan 6:56-69

 

Las palabras escandalosas de Jesus

El lenguaje nos hace presentes ante la realidad que vivimos y ante las otras personas. Por medio de las palabras expresamos nuestros sentimientos, emociones, deseos, envidias y propuestas. Los filósofos desde hace unas décadas nos han enseñado que también se pueden hacer “cosas con palabras,”1 porque algunas de ellas son “perfomativas,” es decir, exigen y demandan una acción concreta de la persona que es interpelada. Se trata de las palabras que afectan a la persona que las escucha una vez que son enunciadas y pronunciadas. En el caso de Jesús, sus palabras performativas demandan una adhesión total a su propuesta liberadora. Pero, al parecer, ni la comunidad anónima, ni los judíos, ni los discípulos, ni los doce, ni “el que lo iba a entregar” (Jn 6:71), están dispuestos a darle su adhesión a la propuesta de Jesús “que da vida.”

Al inicio del capítulo 6, con la “multiplicación de los panes y de los peces,” las palabras de Jesús suscitaron y atrajeron a multitudes de personas anónimas que buscaban el pan perecedero y querían “apoderarse de él y hacerlo rey” (Jn 6:15). Jesús escapa a esas ideas idolátricas de la comunidad y, en vez de dejar que lo hagan rey, prefiere convertirse en “pan” partido y repartido para dar vida. Jesús y sus palabras performativas reorientan a esa comunidad y retan a esa gente anónima a que no coronen reyes efímeros—que esclavizan y oprimen, sino a que se nutran del pan que da el verdadero Padre gratuitamente. Pronto esa comunidad anónima desaparece, porque encuentra difícil dar su adhesión, fe y fidelidad al tipo de mesianismo que Jesús propone. En un segundo momento, aparecen los judíos, que anclados en su ley, en su tradición y en su idea de Dios, se escandalizan por las palabras de Jesús de querer dar a comer su carne y a beber su sangre. Al final del capítulo 6, en la parte que constituye el evangelio para este domingo, las palabras performativas de Jesús encuentran obstáculo, no entre la multitud anónima, ni entre los judíos, sino entre sus mismos discípulos. Parece que la propuesta de vida de Jesús no es asimilada ni digerida por nadie. Da la impresión de que Jesús fracasa en su misión. Sin embargo, Jesús se mantiene firme en su propuesta liberadora, aunque se quede totalmente solo.

El evangelista Juan ya nos había anunciado en su prólogo que no sería fácil aceptar las palabras performativas de Jesús (Jn 1:11-13; 3:11-21), así que a estas alturas no debería sorprendernos que algunos quieran retirarse de su presencia. Los discípulos, en el capítulo 6, han sido los testigos privilegiados de las palabras performativas de Jesús, y las palabras performativas pronunciadas por Jesús cuando se anunció como el “Yo soy” (Jn 6:20) lograron quitarles el miedo. Tristemente, las palabras performativas de Jesús ahora encuentran resistencia y rechazo por parte de sus amigos. Al parecer, los discípulos y los doce no han sido capaces de entender quién es de verdad Jesús y qué tipo de acciones concretas requieren y demandan sus palabras.

Dice nuestro texto que “muchos de sus discípulos dijeron: —Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?” El adjetivo skleros del original griego, que es traducido como “duro,” no significa duro de entender en el ámbito intelectual, sino que conlleva más bien la idea de que lo que propone Jesús es inaceptable y ofensivo. No es que las palabras de Jesús resulten difíciles de entender; son más bien las palabras performativas de Jesús, que demandan y requieren una acción concreta a favor de los hambrientos, las que resultan inaceptables y ofensivas para los discípulos. Con las críticas y murmuraciones que hacen los discípulos respecto de las palabras performativas de Jesús, tristemente están cambiando de maestro y de enseñanzas. Las murmuraciones pertenecen a los judíos, que no entendían ni querían comer el pan y beber la sangre de Jesús. Pero evidentemente los judíos no son los únicos que encuentran difícil y “dura” la propuesta de vida de Jesús; también la comunidad de Jesús comparte el mismo pecado de desinterés por la comunidad.

En cierta forma podríamos entender que la multitud anónima busque a Jesús solamente para llenar su estómago, o que los judíos rechacen las palabras provocativas de Jesús por ser contrarias a la ley de Moisés, ¿pero los discípulos de Jesús? La comunidad de Jesús no tiene excusa ni perdón por no aceptar las palabras escandalosas del maestro porque ha convivido durante más tiempo con él. Para ser honestos, a estas alturas del relato (a nosotros/as como lectores/as) no nos sorprende la propuesta escandalosa de Jesús; lo que nos resulta difícil de entender es que los discípulos, los doce y “el que lo iba a entregar” no hayan realizado ningún progreso en el camino discipular, sino que sigan anclados en sus categorías pasadas y juzguen a Jesús de acuerdo con ellas. Pero también tenemos que reconocer que no es fácil aceptar las palabras performativas de Jesús, justamente porque demandan acciones de justicia y de vida a favor de la comunidad.

Quizás deberíamos tener compasión de los discípulos y los doce por no querer comprometerse con la propuesta liberadora de Jesús. Muchas veces nuestra comunidad de fe y nuestras liturgias se han quedado ancladas en el pasado, con rituales atrayentes, pero sin frutos de justicia. Nuestros discursos teológicos e interpretaciones bíblicas muy a menudo nacen en el escritorio, en la academia o en “los libros liberadores con pastas opresivas,” cuyos autores son las únicas personas que se benefician de sus publicaciones. Solo rara vez sucede que esas “buenas noticias” llegan a la comunidad hambrienta que sigue buscando desesperadamente a Jesús en la cotidianidad de su vida. Nuestro discipulado debe ser fuertemente reorientado y retado a estar en la misma línea de Jesús que se sigue dando como pan, cuerpo, carne, sangre y espíritu, para que la comunidad tenga vida. Si no damos vida con nuestras palabras y acciones a favor de la comunidad quizás deberíamos cuestionarnos si somos de verdad discípulos/as de Jesús o no. Frecuentemente hemos confesado y tomado a la ligera el nombre de Jesús, sin asumir ningún compromiso social a favor de: sus pobres, sus hambrientos, sus migrantes y sus despreciados de la sociedad. Resulta fácil y sencillo profesar mecánicamente como Pedro: “tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (v. 69), pero lo importante es que nuestras acciones y comportamientos no revelen otra cosa.


Notas:

1. John Langshaw Austin, Cómo hacer Cosas con Palabras. Palabras y Acciones (Barcelona: Paidós,1990)