< November 23, 2014 >

Comentario del San Mateo 25:31-46

 

La parábola del juicio de las naciones es propia del evangelio de Mateo y aparece a continuación de la parábola de los talentos que un rico dejó a sus siervos o empleados para usar, invertir, desarrollar y cuidar a otras personas durante su ausencia.

El tema de esperar el regreso del Señor, o sea el fin de los tiempos, culmina aquí con esta parábola que resuelve las parábolas que la preceden y es la conclusión del ministerio de Jesús. Esta parábola no es solamente la culminación del ministerio docente de Jesús, sino también de su vida. Por eso es que inmediatamente después de esta parábola, el evangelio de Mateo dice: “Cuando acabó Jesús todas estas palabras, dijo a sus discípulos: ´Sabéis que dentro de dos días se celebra la Pascua, y el Hijo del hombre será entregado para ser crucificado´” (Mt 26:1-2).

En las parábolas anteriores, el dueño que se había ido de viaje (Mt 24:46), el novio que tardaba en llegar (25:1), y el rico patrón (25:14) estaban todos afuera o ausentes. Ahora el rey/Hijo de la humanidad está presente en su gloria. La expresión “Hijo de la humanidad,” o “Hijo del hombre,” como traduce la versión Reina Valera 1995 (huios tou anthropou en el original griego), aparece sesenta y nueve veces en el original griego de los evangelios sinópticos y treinta veces solamente en el evangelio de Mateo.

Jesús reitera sus enseñanzas acerca del regreso del Hijo de la humanidad, pero esta vez no está enfocado en la espera, sino en lo que sucederá una vez que regrese. Ya se nos había anticipado: “Cuando vean al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria. Enviará sus ángeles con gran voz de trompeta y juntarán a sus escogidos de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro” (Mt 24:30b-31). Y ahora nuestro texto comienza diciendo: “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones” (Mt 25:31-32a).

Todos los escogidos y escogidas (24:31) y todas las naciones (25:32) estarán reunidos en un mismo lugar y habrá un rebaño mixto de ovejas y cabras; justos e injustos estarán juntos en la misma asamblea. El Hijo de la humanidad pondrá las ovejas a su derecha (dexios), el lado afortunado, mientras que las cabras serán enviadas a la izquierda (euonumos), la cual en griego significa un “presagio malo” que era considerado desgraciado por los/as griegos/as. Además para la Biblia hebrea, las cabras eran vistas como portadoras de los pecados (Lev 4:24; 16:21-22).

El rey, supuestamente Jesús, llamará “benditas” a las ovejas puestas a su derecha y les entregará su herencia (kleronomeo), la cual es el reino preparado para ellas “desde la fundación del mundo”. Este reino heredado nos recuerda a los “bienaventurados” y “bienaventuradas” de Mt 5:1-12 y sus respectivos premios. Hay tres grupos a los que allí se pone en relación con el “reino” o con una herencia: “los pobres en espíritu” de quienes se dice que es el reino de los cielos (5:3), “los mansos” de quienes se dice que “recibirán la tierra por heredad” (5:5) y “los que padecen persecución por causa de la justicia” de quienes también se dice que es el reino de los cielos (5:10). Puede ser que la calificación de las ovejas puestas a la derecha como “justas” (25:37) sea una referencia a Mt 5:10. Y esto confirmaría entonces que la parábola es el fin del ministerio docente de Jesús según el evangelio de Mateo que comenzó en el capítulo cinco.

En los vv. 35-36, Jesús se identifica con aquellos/as que sufren, como resultado directo de una acción o falta de acción. Esto señala la opción preferencial de Jesús por los pobres. Jesús no solamente habla de las demás personas en condiciones de hambre, sed y abandono, y en solidaridad con los/as marginados/as y excluidos/as, sino que habla como uno de ellos, como uno de los que desean ser acogidos, cuidados y acompañados. Básicamente, Jesús está agradeciendo a los/as justos/as por cuidarlo cuando él más lo necesitaba.

Los “justos” (dikaios) le responden en los vv. 37-39 preguntándole: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, o sediento y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero y te recogimos, o desnudo y te vestimos? ¿O cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?” Esencialmente le están preguntando: “¿Cuándo respondimos?” No eran conscientes de la presencia de Jesús en los/as despojados/as y no pueden recordar cuándo atendieron sus necesidades. Por algún motivo, no reconocen que atendieron a las y los más humildes a quienes Jesús considera sus hermanas y hermanos. Jesús, aunque tenga el título de rey, no es un rey de fuerza, riqueza material ni poder, sino que esconde esos atributos bajo sus opuestos: debilidad, pobreza y humildad.

El rey dice a las ovejas puestas a su derecha: “Venid, benditos de mi Padre” (v. 34) y a las cabras puestas a su izquierda: “Apartaos de mí, malditos” (v. 41). Las cabras son condenadas porque no cuidaron a sus prójimos más necesitados (vv. 42-43).

Y ahora, al fin de los tiempos, cuando su falta de acción es presentada ante ellos/as, todavía no lo reconocen, todavía niegan su pecado de omisión (su abstención libre y consciente de hacer algo que podían y que tendrían que haber hecho). Responden a las acusaciones u observaciones del rey con las preguntas: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo o en la cárcel, y no te servimos?” (v. 44).

Las “malditas” cabras solamente se vieron a sí mismas, se mantuvieron encorvadas hacia adentro, esclavizadas al individualismo que les cortó los vínculos con la comunidad necesitada en medio de ellas. El individualismo y su postura encorvada les impidieron “ver” al rey (Cristo) en las personas que sufren y las incapacitaron para ayudar, cuidar, servir o hacer lo que es justo para las demás personas y para Jesús (v. 45).

Jesús les estaba contestando a todas aquellas personas que no estaban dispuestas a responder a las necesidades del prójimo y no eran capaces de entender la indignación de Jesús ni el hecho de que lo estaban ofendiendo de manera personal y directa. Por eso es que el juicio del rey abre dos caminos diferentes: los “justos” irán a una vida eterna y los “malditos” a un castigo (kolasis en el original griego) eterno, que también se entiende como tormento. Kolasis es un resultado y no un proceso; es como un tormento mental: el de tener que recordar por siempre la negligencia directa o la pesadilla del pecado de omisión.