Cristo Rey

Esta parábola tiene un enfoque distinto al de las otras parábolas en esta sección del evangelio según Mateo.

Matthew 25:35

Comentario del San Mateo 25:31-46

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Esta parábola tiene un enfoque distinto al de las otras parábolas en esta sección del evangelio según Mateo.

Las otras enfatizan las obligaciones del presente y la necesidad de estar listos/as. En esta parábola tenemos una mirada al futuro “cuando el Hijo del hombre venga en su gloria” (v. 31).

En aquel momento del futuro, se realizará una determinación impactante: el Hijo juzgará y declarará quiénes son “ovejas” y quiénes “cabritos” (en una extensión de la metáfora pastoral). El pasaje indica: “Y [el Hijo] pondrá las ovejas a su derecha y los cabritos a su izquierda” (v. 33), con los dos lados también representando elementos metafóricos. Tenemos una bendición y afirmación para quienes sean puestos al lado derecho: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo” (v. 34), y para quienes sean puestos del otro lado, una condenación: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (v. 41). Con estos dos versículos, tenemos una declaración bastante importante de parte del Hijo. La declaración tiene elementos metafísicos con implicaciones para la ética y el discipulado.

A veces, personas cristianas dicen que la fe sería mucho más fácil si hubiera la oportunidad de ver a Cristo y hablarle rostro a rostro. Esta opinión no toma en cuenta que hubo muchos durante la vida de Cristo que lo vieron, pero no le creyeron. Además, esta opinión no toma en cuenta las dinámicas de tener fe, que incluyen tener una certeza y una convicción, derramada por parte del Espíritu Santo, sobre lo que no se ve. Por supuesto, tener fe es difícil porque requiere de nosotros/as una manera distinta de vivir y ver al mundo. Es difícil, pero no imposible.

Lo que Cristo nos dice en este pasaje complica estas dinámicas un nivel más. Él dice que, en un sentido, sí podemos verlo en nuestro presente, pero no podemos verlo en sí mismo, sino en los pobres y las personas necesitadas en nuestros días. Jesús no explica todo lo que esto implica, pero empieza a elaborarlo en la bendición a quienes son puestos a su lado derecho: “Venid, benditos de mi Padre… porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me recogisteis; estuve desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; en la cárcel y fuisteis a verme” (vv. 34-36). “Los justos,” es decir los oyentes del Hijo en aquel día, no entienden lo que dice, y el Hijo aclara la conexión: “De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (v. 40). En lo que sigue hay un paralelismo en el sentido negativo, por cuanto a los del lado izquierdo, el Hijo les dice que al no hacer estas cosas por quienes están necesitados, tampoco se lo hacen a él, y por lo tanto, merecen nada menos que un “castigo eterno” (v. 46).

Hay que tomar este dicho con mucha seriedad. Jesús no está dándonos por medio de esta parábola una enseñanza leve, es decir, no nos da algo para considerar como una sugerencia ni una preferencia. Al contrario, Jesús hace una identificación fuerte entre él y quienes padecen necesidad en nuestros días: “en cuanto lo hicisteis a [ellos]… a mí lo hicisteis.” Es cierto que esta identificación trata de cosas metafísicas. ¿En qué sentido es Jesús alguien que padece gran necesidad? ¿Cómo puede uno ser el otro? Uno puede especular en varias direcciones con esto, pero a fin de cuentas, uno siente que el propósito de este pasaje no está principalmente en la dirección de ofrecer una teoría acerca de cómo uno puede ser el otro. ¿Qué otros propósitos persigue esta identificación?

Un propósito de esta identificación es darnos una visión de lo radical que es la solidaridad entre el Hijo y quienes padecen necesidad en nuestro mundo. Esta identificación es una invitación clara para que pensemos en nuestro Señor cada vez que vemos a una persona con hambre o con sed, una persona desnuda o enferma, un extranjero o un encarcelado. Especialmente a quienes no nos falta nada en estos aspectos, nos es muy fácil olvidar a estas personas y regocijarnos en nuestras bendiciones. Pero esta postura no es solamente ilógica—también es dañina para quienes seguimos a Cristo. El Hijo no sólo se encarnó para nosotros/as; también lo hizo para ellos. Nuestro prójimo no tiene menos valor que nosotros/as. Todos/as somos criaturas de Dios.

Otro propósito de esta identificación es invitarnos a que operemos con un empirismo diferente—un empirismo fundado en la fe. Como dijimos antes, y esto en relación con la famosa definición en Hebreos 11:1, la fe es tener una certeza y una convicción sobre lo que no se ve. Esta postura debe informar un empirismo distinto para los/as cristianos/as. La pregunta es cómo debemos entender lo que sí vemos por el hecho de la fe. Y la implicación de esto no podría ser más clara: la manera en que tratamos a nuestro prójimo tiene implicaciones eternas.

De repente es posible que algunos/as cristianos/as digan: “¡Pero no somos salvos por obras!” Y tienen razón en el sentido de que no podemos ganar nuestra salvación. No es algo merecido; es algo dado por la gracia de Dios. Al mismo tiempo, ser cristianos/as implica devoción, fidelidad, amor, y obediencia a Cristo. Y como en este pasaje Cristo se identifica con las personas que sufren gran necesidad, quiere decir que si negamos a estas personas, también negamos a Cristo. Aquí está la consecuencia más radical de esta identificación por parte de nuestro Señor: si negamos a quienes sufren gran necesidad, también lo negamos a él. Esto no tiene que ver con alcanzar la salvación por las obras. Se trata de si vemos o no a Cristo. Y la implicación es que si no podemos ver a Cristo, entonces lo hemos perdido todo.