< April 13, 2014 >

Comentario del San Mateo 27:11-54

 

La hora ha llegado.

Y también a nosotros y a nosotras nos toca de nuevo leer la historia de la crucifixión de Jesucristo nuestro Señor. En los últimos pasos hacia su cruz, Jesús casi no abre la boca, pero sí escuchamos a la gente que encuentra en su llegada a Jerusalén, y que comunican mucho, no sólo con sus palabras sino también con sus acciones.                                           

Jesús ante Pilato

Después de su juicio delante del Concilio (Mt 26:57-66), Jesús llegó ante Pilato, que fue el gobernador romano de Judea desde el año 26 hasta el año 36 después de Cristo. Pilato le preguntó a Jesús inmediatamente si era el Rey de los judíos (v. 11). Esta pregunta también es mencionada en Marcos 15:2, Lucas 23:3 y Juan 18:33. Jesucristo respondió con tres palabras: “Tú lo dices” (v. 11), y no volvió a decir palabra hasta los instantes previos a su muerte (v. 46). Con estas tres palabras, Jesús no negó la acusación, pero tampoco respondió la pregunta de Pilato. Dejó que fuera Pilato quien automáticamente hiciera la confesión de que Jesús era el Rey de los judíos. Aunque Pilato no entendiera qué tipo de Rey era Jesús, la acusación era cierta. Jesús era el Rey y por eso no podía hablar en contra de la acusación ni podía ir en contra de la voluntad de su Padre, que es quien había decidido que Jesús bebiera de esta copa (Mt 26:36-46).1

Aunque Pilato siguió adelante mencionando la costumbre de soltar un preso durante la fiesta de la Pascua, según el relato de San Mateo, Pilato sabía que Jesús era inocente, y que el Concilio o Sanedrín lo había entregado por envidia. Todas las personas en una posición de poder suelen experimentar la tentación de permanecer en el lugar de poder a toda costa. Los miembros del Sanedrín tenían el poder de interpretar la ley y de dictar su aplicación sobre la vida de su pueblo. Jesús vino para cambiarlo todo – sanando, enseñando, etc., con una autoridad que no tenían los escribas (Mt 7:29). Esto hizo que los miembros del Sanedrín se sintieran amenazados e inútiles, por lo menos en sus mentes. Ellos reaccionaron para tratar de preservar su forma de vida y su posición en la sociedad.

Pilato creía que Jesús era inocente y aún más la esposa de Pilato, quien le pidió que no tuviera nada que ver con Jesús porque era un hombre justo (v. 19). Pero Pilato siguió adelante con el propósito de cumplir con la costumbre de soltar un preso en el día de la fiesta, y preguntó a la multitud a quién debía de liberar – ¿a Barrabás o a Jesús? Uno puede decir que Barrabas representaba la salvación con una espada, que era la forma en que el pueblo esperaba ser salvado, y que Jesús, que había venido para salvarlos de sus pecados, representaba una forma de salvación que ellos no esperaban (Mt 1:21). La multitud respondió con palabras muy diferentes a las que expresaron en el momento en que celebraron la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén (Mt 21:9). La multitud pidió la liberación de Barrabas (v. 21), y respecto de Jesús gritaron:“¡Sea crucificado!” (vv. 22-23). Según Deuteronomio 21:22-23 y Gálatas 3:13, la crucifixión era considerada una maldición de Dios. Cuando Pilato preguntó: “¿qué mal ha hecho?," la multitud no contestó dando una razón, sino dando una sentencia (v. 23).

Por alguna razón, Pilato tenía miedo de la multitud o quizás podemos decir que su pecado fue el de no usar su poder en contra de una injusticia. En el momento en que Pilato se lavó las manos, quiso deshacerse ritualmente de su culpa por la sentencia de crucifixión que dictó contra Jesucristo. Pero ¿es posible, como líder, lavarse de la culpa de las acciones que uno realiza?, o ¿es falta de liderazgo protegerse omitiendo hacer lo que es justo? Esta actitud de Pilato nos juzga también a nosotros y a nosotras: ¿Acaso no nos pasa muchas veces que vemos una injusticia pero no actuamos por miedo de la reacción de la multitud? En su sermón, usted puede explorar el pecado de omisión que cometió Pilato al ordenar la crucifixión de Jesús sin creer en su culpabilidad. Nosotros y nosotras cometemos el pecado de omisión cuando vemos alguna injusticia y no hacemos nada al respecto para no meternos en problemas. Pero también existe otro punto de vista que debemos considerar como líderes de la iglesia. Puede haber circunstancias en que efectivamente tengamos que hacer lo mismo que hizo Pilato: lavarnos las manos y dejar que las personas afronten las consecuencias de sus acciones sin que nosotros y nosotras como líderes tengamos que tratar de resolver sus problemas. Voy a ilustrarlo con el ejemplo de una conocida fábula: Podemos llevar el caballo a donde hay agua, pero no podemos forzarlo a que beba. Hay veces que esta es la mejor forma de ejercer el liderazgo.

La respuesta del pueblo “Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos” (v. 25) debe ser examinada en el sermón, porque esto es exactamente lo que pasa en la cruz. Vemos una vez más en la cruz que la sangre de Jesucristo, por la gracia de Dios, los condena y los salva – y que también nos condena y nos salva a nosotros y a nosotras ahora. Porque también somos parte del plan de Dios, y Jesús fue a la cruz porque necesitamos un salvador. Necesitamos un salvador porque estamos en pecado y no podemos librarnos a nosotros mismos. Echamos su sangre sobre nosotros y nosotras como condena a nuestra condición de pecadores y pecadoras. Pero por la cruz y por la misma sangre de Jesucristo que nos condena, a la vez recibimos la salvación. Como predica Pablo: “Si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección” (Ro 6:5).

La reacción de Pilato también nos hace pensar: ¿Qué habría pasado si Pilato hubiera tomado otra decisión y hubiera soltado a Jesús? Pero esta tendencia a especular no nos ayuda en absoluto. El plan de Dios era que Jesús fuera a la cruz para salvarnos de nuestros pecados. Mateo lo conecta con el Antiguo Testamento. Las numerosas referencias a textos del Antiguo Testamento que aparecen en nuestra lectura nos confirman que para Mateo el plan de Dios se lleva a cabo en la vida y la muerte de Jesucristo y da cumplimiento a las promesas dadas en el Antiguo Testamento.

Si yo hubiera hecho esto o si Pilato hubiera actuado de otra manera, todo habría sido diferente. Miramos mucho hacia el pasado en lugar de darnos cuenta de lo que pasó, y de aprender de lo sucedido y seguir adelante. Vivir siempre dudando cada decisión que tomamos termina en una vida estática.

Pilato, los sacerdotes y ancianos, la multitud, los soldados, los dos ladrones crucificados con él, los que pasaban, fueron todos, de un modo u otro, participantes en la crucifixión de Jesús. Los soldados usaron su poder para burlarse de Jesucristo en una forma que trae a nuestra mente las profecías del Siervo del Señor que sufre que aparecen en el libro de Isaías (capítulos 42 y 53). La forma en que las personas se burlaron al momento de pasar y ver a Jesucristo en la cruz nos hace recordar la tentación de Jesucristo en el desierto (Mt 4:1-11). La gente quería que Jesús mostrara que era el Mesías cumpliendo con lo que ellos pedían. Pero el problema es que pretendían que Jesús actuara como ellos querían y no como estaba escrito que debía actuar, en la cruz y tres días después en su resurrección de entre los muertos. Y otra vez, según, los versículos 42 y 43, la gente le pidió a Jesús que se salvara a sí mismo, ignorando que Jesús debía perder su vida en la cruz justamente para salvar la vida de los demás. Él era un rey, pero no la clase de rey o de líder que primero piensa en sí mismo y sólo después en la gente a su cargo. Jesucristo es el Mesías que pone la vida de todos y todas antes de su propia vida y aún más, que da su vida por su pueblo.

Y ahora llegamos a la muerte de Jesús. Con la oscuridad y las tinieblas que hubo sobre toda la tierra (v. 45), nos damos cuenta de que Dios Padre estaba de luto por la muerte de su Hijo.3 Esta reacción continuó después de que Jesucristo entregara su espíritu. Dios usó su creación en una forma que nos hace recordar el Día del Señor en el libro de Amós (véase por ejemplo Am 8:8-9). El temblor de la tierra y las rocas que se partieron nos muestran que Dios estaba presente en lo que sucedía con Jesús.4

En medio de estas expresiones de la presencia de Dios, Jesús finalmente habló de nuevo usando las palabras del Salmo 22: "Elí, Elí, ¿lama sabactani?" (que significa: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?") (v. 46). Estas palabras nos demuestran que Jesús realmente estaba sufriendo. Pero también nos vuelven a indicar que Jesucristo está en la cruz tomando nuestros pecados, porque nuestra separación de Dios es el precio del pecado.5 Martín Lutero, en un sermón para el Sábado de Gloria, dijo: “El Señor quita nuestros pecados y estos pecados nos separan de Dios, de la justicia y de todo bien. El Señor tuvo que padecer esta separación en la cruz para que nosotros nos diéramos cuenta de que el sufrimiento de Cristo debe distinguirse de cualquier otro sufrimiento. Esto, sin embargo, es la mejor parte, el hecho de que no se desesperó, sino que le clamó a Dios.” 6

Y el Rey de reyes, el Señor de señores, entrega su espíritu, y la forma en que lo hace nos sugiere que tiene el control sobre el momento exacto de su propia muerte.7 El centurión y los que estaban con él custodiando a Jesús, al ver el terremoto y las cosas que habían sido hechas, fueron los primeros en testificar que Jesús era el Hijo de Dios (v. 54). Solo con los discípulos, después de la resurrección, vamos a ver que Jesús no era el Hijo de Dios, tiempo pasado, sino que Jesús es el Hijo de Dios, tiempo presente, pero este es un sermón para otra oportunidad.

 


 

 

1 Hare, Douglas R. A. Matthew (Louisville: John Knox Press, 1993), 315.

2 Ibid., 316.

3 Rogers, Cleon L., Cleon L. Rogers, and Fritz Rienecker. The New Linguistic and Exegetical Key to the Greek New Testament (Grand Rapids, Mich: Zondervan Pub. House, 1998), 64.

4 Hare, Op. Cit., 324.

5 Ibid., 323.

6 Luther, Martin, and Irving L. Sandberg. The 1529 Holy Week and Easter Sermons of Dr. Martin Luther (St. Louis, Mo: Concordia Pub. House, 1999), 114.

7 Rogers, Cleon L., Cleon L. Rogers, and Fritz Rienecker, Op. Cit., 64.