< March 09, 2014 >

Comentario del San Mateo 4:1-11

 

Preparación

Las tentaciones al comienzo del ministerio de Jesús establecen un paralelo histórico con el peregrinaje del pueblo israelita en su viaje a la tierra prometida. La tradición judía en la que se formó Mateo enseñaba que el pueblo israelita dejó Egipto y viajó por el desierto durante cuarenta años, debiendo allí experimentar la total dependencia de Dios, antes de conquistar la tierra prometida; y que también Moisés se preparó en el desierto con cuarenta días en ayuno y oración para recibir la ley (Dt 9:9). Mateo, siguiendo esa tradición, describe a Jesús, el creador del nuevo Israel, también dejando Egipto de niño (Mt 2:15), y emprendiendo, antes de comenzar su ministerio público, su viaje de fe por cuarenta días, siendo el número cuarenta por esta razón sinónimo del tiempo de prueba o preparación para el pueblo o para los profetas, en el cual el juicio divino siempre se manifiesta (véase por ejemplo Jon 3:4). Para el evangelista Mateo, Jesús, antes de comenzar su misión de crear al nuevo Israel (la comunidad de discípulos), debe ser probado en el mismo escenario en que lo fue Moisés, el formador del Israel del Antiguo Testamento. Y pasando la prueba, Jesús demuestra que está listo para llevarnos a la tierra prometida, que en Mateo es el Reino de Dios que Jesús mismo proclama (Mt 4:17).

Cabe agregar que el desierto también era el escenario del poder del mal y de la ausencia de protección, así como el lugar donde, en el día de la expiación, se soltaba y se abandonaba a un macho cabrío al que se le hacían llevar sobre sí todos los pecados (Lv 16:21-22).

¿Eres Verdaderamente Quien Dices Ser?

El tentador usa la expresión “si eres Hijo de Dios” (vv. 3 y 6), porque este fue el título que Jesús recibió al salir de las aguas de su bautismo (Mt 3:17, Mc 1:11, Lc 3:22). Las dos primeras tentaciones se dirigen a probar la veracidad de ese título, desafiando a Jesús a demostrar que la proclamación bautismal era fidedigna.

La confrontación entre el tentador y el Hijo de Dios se menciona en los tres evangelios sinópticos, pero queda establecida con detalle sólo en Mateo y Lucas. La principal diferencia entre Mateo y Lucas es que la segunda y tercera tentación aparecen en diferente orden (ver paralelo de Mt 4:5-10 con Lc 4:5-12).

Nótese que aunque el tentador aparece realizando un gran despliegue de poder, en realidad no es él quien ha creado la oportunidad de tentar a Jesús, sino que esta oportunidad es más bien el resultado de una libre decisión divina de someterse a una prueba. Por ello, Mateo declara en el v. 1 que “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo.” No es el tentador quien ha tendido una emboscada a Jesús o quien controla las circunstancias, sino que es más bien Dios quien por medio del Espíritu lleva a Jesús a un período de preparación en el desierto que incluye una confrontación con el tentador.

La conexión entre el bautismo y la tentación es interesante, puesto que la filiación divina no libra a Jesús de la prueba, sino que más bien lo ayuda a identificarse y a atravesar la prueba seguro de su identidad como Hijo de Dios. En otras palabras, Jesús no necesita probar que es Hijo de Dios porque sabe que lo es desde que escuchó la voz de Dios proclamándolo como tal en su bautismo.

Tres Desafíos

Las tentaciones describen tres realidades con las cuales el mensajero de Dios debe confrontarse:

Piedras en pan (vv. 3-4): Las piedras abundan en el desierto; el pan no. Jesús es desafiado a usar su poder para resolver su hambre. El sustento vital para seguir con su misión está en sus manos, y la tentación desafía a Jesús a usar esa capacidad para resolver el hambre y las necesidades básicas para la vida. El pan aquí representa esa necesidad vital. Así como Israel clamó por pan (Ex 16) y recibió el maná, ahora Jesús es retado a hacer realidad su propio maná para así demostrar su filiación divina.

El pináculo del templo (vv. 5-7): Este es el lugar alto desde donde toda la ciudad es visible y Jesús mismo puede ser visto. El tentador tiene la fuerza de transportar a Jesús desde el desierto hasta Jerusalén (dice el v.5: “el diablo lo llevó a la santa ciudad, lo puso sobre el pináculo del Templo”). Allí en la ciudad Santa, la ciudad del gran Rey (Mt 5:35), Jesús es invitado a demostrar que Dios está de su lado y que lo protegerá y librará de todo peligro y daño. La tentación lo desafía a revelar a un Dios capaz de servirlo como protector y de hacerlo invulnerable a la muerte (por eso el v.6 dice: “Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, pues escrito está: ‘A sus ángeles mandará cerca de ti,’ y ‘En sus manos te sostendrán, para que no tropieces con tu pie en piedra.’”). La tentación es sutil en su invitación a proclamar y reclamar su derecho de ser protegido por la mano de Dios de todo mal; es una invitación a demostrar que Jesús no puede ni debe morir, porque el verdadero Hijo de Dios siempre será preservado de cualquier daño. Así el tentador busca que Jesús use su filiación divina para manipular a Dios, demandando la acción inmediata de Dios en cualquier momento de necesidad, y demostrar así ante el mundo que esta filiación divina lo libra de cualquier peligro inminente.

Los reinos del mundo (vv. 8-10): La escena se mueve ahora de la ciudad a una montaña. El tema ya no se relaciona con el poder creador que existe en Jesús, ni con el poder de Dios para librarlo de cualquier peligro, sino que se mueve hacia el deseo y la ambición de poder que habita en todo ser humano (dicen los vv. 8-9: “Le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: ‘Todo esto te daré, si postrado me adoras.’”). El tentador está probando la humanidad de Jesús y su capacidad de ser plenamente humano y de demostrar que es posible otra forma de humanidad, una en la cual el poder no es la meta suprema. En las dos primeras tentaciones se desafía a Jesús probar la filiación divina; en esta tercera se desafía su humanidad, para ver si es posible ser plenamente humano sin sucumbir al deseo de poder.

Las dos primeras tentaciones implican un debate bíblico entre el tentador y Jesús; la tercera presenta al tentador trayendo una oferta concreta de poder político y a Jesús rechazando el poder y la riqueza del mundo con la Palabra de Dios. Según el v.10, Jesús dice: “Al Señor tu Dios adorarás y sólo a él servirás”, palabras que son un eco del Shemá, que es una de las principales plegarias del judaísmo (Dt 6:4 y 13).

Conclusión

Podemos decir que, aunque hayamos sido marcados en el bautismo como hijos e hijas de Dios, también atravesaremos el desierto de esta vida llenos de pruebas que constituirán un desafío para nuestra fe y nuestra idea de Dios. El camino que nos lleva a la vida eterna es estrecho y difícil, pero de la misma manera en que Jesús fue servido por ángeles (v. 11), Dios pondrá en nuestro camino a hermanos y hermanas que nos proveerán del alimento físico y espiritual que necesitemos.