< January 26, 2014 >

Comentario del San Mateo 4:12-23

 

Nuestra vida es una constante transición de situaciones y de ciclos que se cierran y se abren.

Las transiciones se dan en toda nuestra historia y en la historia de cada pueblo y de cada cultura, y están acompañadas por personajes, situaciones, fenómenos, tendencias, etc. Estas trasformaciones históricas también son evidentes en el texto bíblico que nos ocupa. Un pueblo común –Galilea– está a punto de iniciar un nuevo ciclo con Jesús. Jesús irrumpe en la historia, con un anuncio esperanzador: “¡Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado!” (4:17).

La misión de Juan parece ser muy corta, ya que pronto acontece su arresto y posterior asesinato por parte de Herodes Antipas. De esta forma, queda preparado el camino para la vocación y misión de Jesús el “galileo.” El final de todo gran profeta será la condena y el silenciamiento, pues sus anuncios y sus prácticas atacan la injusticia en todas sus formas. No por casualidad, la misión de Jesús y sus discípulos se inicia con el arresto de Juan. Es el futuro que también le espera al profeta de Nazaret por proponer alternativas liberadoras al pueblo.

Enseñando, predicando el evangelio del Reino y sanando toda enfermedad y dolencia: la pedagogía de Jesús

Jesús inicia su misión en un lugar distinto de Jerusalén(capital económica, religiosa y política) y elige Galilea, la “Galilea de los gentiles” (4:15), la de los israelitas despreciados por quienes consideraban que la práctica religiosa de los galileos era muy liviana, en un espacio marginal. Es decir, no sólo el origen de Jesús es contradictorio con lo que se esperaba de un “Mesías,” sino también su opción de iniciar su obra en la periferia de Israel. La perícopa queda definida por este espacio: Galilea. Se abre con la indicación de que, ante el arresto de Juan, sucedido en Judea, Jesús vuelve a establecerse en Galilea (4:12), en un pueblo llamado Capernaúm, en la ribera del mar de Galilea, y se cierra (4:23) también en Galilea, pero en este caso Jesús no está “establecido,” sino en itinerancia, enseñando, predicando y sanando, todas señales de la cercanía del Reino, de la luz que ahora habitaba en Galilea.

Desde el v. 14 al 16 hay un paréntesis para señalar porqué Jesús inicia su actividad en Galilea y cómo se justifica este espacio desde las Escrituras. “El pueblo que habitaba en tinieblas vio gran luz” (4:16). Esta luz es la presencia de Jesús y su gran anuncio de la cercanía del Reino. Pero no es una luz que se “instala,” sino que recorre, abraza e invita a otros y a otras.

En el centro de este texto bíblico está el llamamiento de Jesús a sus primeros cuatro discípulos (vv. 18-22). Ellos se harán parte activa de la luz de Galilea. Con motivo de la misión a la que son llamados, los primeros discípulos dejan sus arraigos: redes (trabajos) y padre (familia). Intuimos que ya escucharon a Jesús predicar (4:17) la cercanía del Reino de Dios y la necesidad de convertirse. Es probable que en un principio no entendieran la dimensión del mensaje, pero la utopía de un Reino de Dios era muy prometedora. Ellos eran parte de un pueblo oprimido con ansias de liberación y por eso estaban predispuestos para el llamado. La misión de Jesús se hizo en comunidad y su anuncio del Reino tuvo eco en unos pescadores que se entusiasman con la idea. Son personas concretas que viven en un contexto definido: la Galilea de los gentiles.

El final o cierre de esta perícopa va a indicar la esencia de la misión de Jesús: la enseñanza, la predicación y la sanación. Estas son tres acciones que realiza Jesús a lo largo de su vida y los discípulos son testigos de ello desde el primer momento (4:23), es decir, ellos son formados con el ejemplo de Jesús. Al final del evangelio de Mateo (28:19-20) quedan habilitados para continuar la misión, solos por el mundo. Seguirán con su misma vocación de antes (la de pescadores), pero su objetivo será otro (ya no serán peces, sino hombres y mujeres), y su red será el anuncio del Reino.

En el texto cuatro hombres son llamados a ser discípulos de Jesús, pero es sabido que Jesús también fue seguido por mujeres que tuvieron que romper muchas barreras sociales y culturales para seguirlo, y si bien no fueron llamadas por su nombre (por lo menos el llamamiento de mujeres no se refleja en los textos bíblicos), fueron parte activa no solo del movimiento de Jesús, sino también en la formación de las primeras comunidades cristianas.

La metamorfosis es difícil pero necesaria

Este texto es propicio para analizar la pedagogía de Jesús. Su vocación profética no será larga (tal como le pasa a cualquier profeta), así que desde un primer momento prepara a sus discípulos. Toma como punto de la partida la injusticia encarnada en la realidad en que le tocó vivir y realiza el anuncio del Reino de Dios como la esperanza para su pueblo sufriente, con el propósito de despertar la conciencia de sus oyentes y convocarlos a ser parte de la alternativa que les propone. Pretende que sus oyentes se hagan protagonistas de su propia historia de salvación. Ellos y ellas serán quienes harán posible la transición de una realidad injusta a otra mejor.

Las Galileas de hoy son todos los pueblos, países y grupos olvidados, explotados, estigmatizados, espiados, invadidos y saqueados que hay por todo el mundo. Este es el locus desde el cual debemos procurar cambios fraternos y sororos.1 Es ahí, en esas oscuridades, donde debemos hacer brillar la luz de la esperanza. El desafío es re-apropiarnos de la praxis de Jesús y lograr despertar a los galileos y galileas. Los esfuerzos aislados no logran las transformaciones que esperamos. Por eso es necesario que este ideal crezca y contagie la utopía para generar otro mundo más igualitario y equitativo. Ser seguidor o seguidora de Jesús es un compromiso holístico para transformar nuestra sociedad, para hacer que brille la “gran luz.”

Hoy son muchas las personas marginadas que reclaman para sí lo que históricamente se les ha negado, una vida digna. Esos galileos y galileas de hoy son: mujeres, indígenas, niños, personas que viven con VIH/Sida, personas con diferente orientación sexual, campesinos/as,la creación etc., que reclaman respuestas y acciones urgentes. ¿Cómo construir un mundo donde ellos y ellas quepan? ¿Hasta qué punto trabajamos para visibilizarlos/as y despertar conciencias críticas? Ahí está el desafío urgente de ser luz que se pone en lo alto y se esparce por todos los pueblos. Al respecto, ya el Padre San Antonio María Claret (1807-1870) afirmaba en su autobiografía (en el apartado 494) la urgencia de ser: “un hombre [o una mujer] que arde en caridad y que abrasa por donde pasa. Que desea eficazmente y procura por todos los medios encender a todos los hombres [y mujeres] en el fuego del divino amor.”

Quizá este desafío comprometa nuestras seguridades y comodidades, e implique desprendernos de modelos cristianos fosilizados, y renovarnos en un compromiso esencialmente humano y liberador. Debemos estar dispuestos/as a dejar “las redes” que nos atan al “hombre viejo” para abrir paso a una nueva humanidad.


 

1La sororidad (del latín soror, que significa hermana) es una dimensión ética, política y práctica del feminismo contemporáneo. Este término enuncia los principios éticos políticos de equivalencia y relación paritaria entre mujeres. Se trata de una alianza entre mujeres, que propicia la confianza, el reconocimiento recíproco de la autoridad y el apoyo mutuo. La fraternidad (hermandad entre varones) se complementa con la sororidad.