< January 19, 2014 >

Comentario del San Juan 1:29-42

 

El texto se ubica dentro la primera semana de actividad pública de Jesús y abarca dos días con temáticas muy entrelazadas.

Es posible ver la división del texto entre estos dos días. El primer día (vv. 29-34) está caracterizado por el testimonio de Juan Bautista con respecto a Jesús y el segundo día (vv. 35-42) por el seguimiento de los primeros discípulos. Una frase que une lo que sucede en estos dos días es la que se pone en boca de Juan: “¡Este es el Cordero de Dios!” El primer día pareciera que lo dice públicamente, dando respuesta concreta a los enviados de los fariseos (1:26). Ese testimonio da cuenta de la relación filial de Jesús con el Padre (divinidad) (véase también 1:34). Por lo tanto, si antes Juan les había respondido: “en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis” (1:26), ahora, viendo a Jesús, puede indicar concretamente quién es (humanidad). El testimonio de Juan de que Jesús “es el Hijo de Dios” (1:34) está basado en la experiencia de su bautismo y ligada a la presencia del Padre y del Espíritu Santo. Juan cumple con la función de ser testigo, además de bautizar con agua como preludio al bautismo “con Espíritu Santo” (1:33) que viene con Jesús.

El segundo día, comienza con la misma frase de Juan, esta vez dirigida a dos discípulos suyos (1:29). Si consideramos que ellos ya escucharon la misma frase el día anterior, es lógico que ahora quisieran seguir a Jesús y verificar lo que su maestro les desveló. A diferencia de lo que sucedió con Felipe (1:43) o con los demás discípulos (según el relato de los evangelios sinópticos), los discípulos de Juan son ellos mismos quienes toman la iniciativa de seguir a Jesús y buscan descubrir lo más humano de una persona, o sea dónde vive. Ambos días se relacionan por dos actitudes básicas cristianas: testimonio y seguimiento, los cuales son el producto ineludible de la epifanía de Dios.

¿Quién es Jesús?

El título que le da Juan dos veces en este texto es “Cordero de Dios,” y está inspirado, quizá, en el himno de esperanza del “cántico del Siervo” (Is 52,13-53,12) que es comparado con un cordero capaz de liberar o redimir. Este cántico y otros similares originaron, en el ambiente judío, una larga espera del Mesías que salvaría al pueblo instaurando un reino de paz y justicia. Para Juan, Jesús es el Cordero que salva a toda la humanidad estableciendo, así, el nuevo pueblo de Dios.

Otro título para Jesús que usa Juan es “Hijo de Dios.” En ambientes judíos, esto significaba un título real. Un Rey era como el hijo adoptivo de Dios. No obstante, el testimonio de Juan (1:19-28) no sólo se refiere a la humanidad de Jesús (lo mira; es real), sino que también incluye su divinidad (existía antes que él).

Si el testimonio de Juan el bautista (1:34) es producto de la presencia del Espíritu en el momento del bautismo, el de Andrés (1:41) proviene de haber conocido su morada y de haberse quedado con él. Esta convivencia cercana le hace confesar o afirmar a su hermano Simón: “hemos encontrado al Mesías”. Ese era un testimonio más sencillo que el de Juan, pero igual de contundente. El evangelio de Juan se caracteriza por el hecho de que el testimonio es una confesión de lo que se cree. No sólo los testigos de los hechos pueden dar testimonio, sino toda persona que cree, incluso,sin haber visto (20:29).

Los verbos más repetidos en esta perícopa son ver, conocer, oír y encontrar. Todos ellos nos hablan de un conocimiento que entra por los sentidos y está lejos de ser abstracto. ¡Es toda una experiencia! Un verbo griego por demás atractivo que aparece en este texto es emblepo. La versión Reina Valera 1995 lo traduce con el verbo “mirar”, pero en realidad habría que traducirlo como “mirar fijamente,” con el sentido metafórico de “mirar con la mente.” Aparece dos veces: para describir la mirada de Juan a Jesús (1:36) y la mirada de Jesús a Simón Pedro (1:42). Posibilita un conocimiento que sólo puede ser fruto del discernimiento.

Concluyendo…

Jesús es “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (1:29). Su entrega tiene una dimensión universal. Juan bautiza como preámbulo a la manifestación de Jesús a Israel (1:31), el pueblo que cree firmemente en la promesa de Dios y espera fervientemente a un Mesías salvador.

Los dos discípulos que tienen la oportunidad de conocer la morada de Jesús salen de allí para hacer el anuncio de que encontraron al Mesías, y así convidan a los que aún no lo conocen. Este anuncio testimonial de Andrés (el otro discípulo no es identificado por el nombre), debe inspirar a toda iglesia profética y misionera de Cristo.

Nuestra convicción debe nacer –al igual que la de Andrés– de la experiencia del encuentro con Jesús mismo, y debe llevarnos a salir a nuestras comunidades y familias con el anuncio de quién es él. Ese movimiento de péndulo o de vaivén entre Jesús y el mundo debe ser practicado permanentemente por todo seguidor o seguidora que haya reconocido a Jesús como el Mesías de Dios.

Hoy encontramos la humanidad de Jesús en cada persona que vive en los márgenes de la sociedad. Si mirando esa realidad de las personas marginadas de la sociedad experimentamos la presencia de Jesús, seremos buenos/as discípulos de Jesús. Pero no cualquier mirada nos revelará esa verdad, sino aquella –emblepo– que es obra del discernimiento. ¡Las miradas a veces expresan tanto! Sin embargo, con la tecnología y la virtualidad vamos perdiendo la capacidad de encuentro a través de las miradas y del contacto humano con el/la otro/a.

Finalmente, la pregunta de Jesús: “¿Qué buscáis?” (1:38) interpela nuestro discipulado cristiano, muchas veces realizado a cierta distancia. En ocasiones escuchamos frases como “soy cristiano pero no fanático,” es decir, creemos en Cristo pero hasta por ahí; no nos comprometemos con él, no hemos sido capaces de conocer su morada y acercarnos verdaderamente a él, no hemos compartido la experiencia de su presencia en nosotros/as. Una canción de la misa campesina nicaragüense reza así: “vos sos el Dios de los pobres, el Dios humano y sencillo, el Dios que suda en las calles, el Dios de rostro curtido.”1 Una composición de los años 80 que acompañó muy bien toda la teología de la liberación que se desarrolló en América Latina. Es el reconocimiento de Dios en las situaciones más humanas e inhumanas de hoy.

Es necesario detenerse y tomar el pulso a nuestro testimonio y seguimiento; solo así nos constituiremos en discípulos y discípulas capaces de contagiar el entusiasmo de haber encontrado al Mesías humano y de transmitir una luz de esperanza de una nueva humanidad. La invitación de Jesús: “Venid y ved” (1:39) es un convite personal a presenciar y gozar de él. Jesús no les dice: “vivo a la vuelta de la esquina bajando media cuadra….”, sino que los invita a que lo conozcan. Eso es para nosotros/as la Eucaristía o la Santa Cena, el regocijo de su presencia en nuestras vidas. Si cada vez que gozamos de esa experiencia somos conscientes de ello, estamos aceptando la enunciación de Juan de que Jesús es el “cordero de Dios” que nos salva, incluso más dos mil años después, y de quien debemos dar testimonio real.


 

1Véase http://www.youtube.com/watch?v=l07dX6wQ96M (consultado: 23 de noviembre, 2013).