Comentario del San Juan 1:29-42
¿Qué es realmente conocer a alguien? Cualquiera de nosotros que haya conocido a una pareja, a un familiar, o a un buen amigo por mucho tiempo sabe que, aun después de décadas, esa persona nos puede sorprender. Es decir, siempre hay más que conocer en una persona; es un misterio inagotable. En el evangelio de hoy, Juan nos revela con destreza que conocer quién es verdaderamente Jesús es un proceso que toma tiempo. Mejor dicho: es un caminar junto a él, cotidianamente, a lo largo de la vida, con cada paso conduciendo a un conocimiento más profundo de la belleza de su ser. Él siempre nos puede sorprender.
Si ya la semana pasada el leccionario nos presentó el bautizo de Jesús desde el punto de vista de un Evangelio Sinóptico (Mateo), esta semana nos ofrece la perspectiva única de Juan. Aquí encontramos la prédica de Juan el Bautista en una serie de días sucesivos en los cuales la identidad de Jesús es gradualmente revelada. En este Evangelio, más que en los Sinópticos, su bautizo desarrolla una visión más teológica sobre la identidad de Jesús, y sobre cómo se vincula con el llamado al discipulado. Juan indica que el misterio de la revelación en el bautizo es algo que solo se puede entender siguiendo al ungido (Mesías) y permaneciendo con él.
El bautizo según el Evangelio de Juan: Jesús como el cordero de Dios
A diferencia de los Sinópticos, Juan nos presenta la prédica de Juan el Bautista en una serie de días. En el primer día (vv. 19–28), se nos da a conocer la misión de Juan el Bautista de preparar el camino del Mesías. Jesús aún no se ha revelado públicamente y Juan anuncia intrigantemente que “en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis” (v. 26). Esta es la primera fase del discipulado: ¿para cuántas personas está Jesús presente aun cuando nadie lo reconoce? ¿Cuántas veces en nuestro propio discipulado pasa desapercibido?
En el segundo día (donde comienza la lectura de hoy) Juan identifica a Jesús públicamente, declarándolo poderosamente como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. El que conoce el relato sinóptico bien se encuentra aquí con una gran sorpresa: solo en el Evangelio de Juan Jesús es identificado como el “Cordero de Dios” explícitamente en su bautizo. El título muy probablemente tiene dos referentes bíblicos. De un lado, evoca al Siervo Sufriente de Isaías, esa figura profética que asume el sufrimiento de Israel en su persona, y a la vez redime al pueblo con su obediencia (Is 41–53). Sobre esta figura Dios dice: “Éste es mi siervo, yo lo sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento. He puesto sobre él mi espíritu” (Is 42:1), una frase aludida por los cuatro evangelios en el bautizo (Jn 1:33; Mt 3:17; Mc 1:11; Lc 3:22). Juan, además, alude al sufrimiento del siervo quien es como un cordero manso: “Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como un cordero fue llevado al matadero; como una oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, no abrió su boca” (Is 53:7).
De otro lado, la identificación de Jesús como el Cordero de Dios presagia el cordero de la Pascua, un elemento sumamente importante para Juan el evangelista. En este Evangelio, la pasión de Jesús ocurre justo en el momento en que los corderos están siendo sacrificados en el templo para la fiesta judía de la Pascua (cf. Ex 12; Josefo, La Guerra de los Judíos 6.423–28). En Juan, más que en los sinópticos, Jesús toma visiblemente el puesto del cordero, incluyendo detalles como el hisopo (Juan 19:29; Ex 12:22) y el hecho que ningún hueso fue roto (Juan 19:36; Ex 12:46). Así es como Jesús salva a la humanidad de la muerte, quitando el pecado del mundo (v. 29), como anuncia Juan el Bautista. Por lo tanto, las dos alusiones bíblicas funcionan conjuntamente: como el siervo sufriente, Jesús es la figura litúrgica del cordero de la Pascua de su Pasión.
El llamado al discipulado: Entendiendo la identidad de Jesús
Si bien Juan el Bautista identifica a Jesús como el cordero, esto es solamente el comienzo de la revelación de su identidad. Juan anuncia claramente que el bautizo era “para que él [Jesús] fuera manifestado a Israel” (v. 31). Juan ilumina este conocer gradual durante el siguiente día (el tercero) de la lectura (v. 35), cuando el enfoque de la escena pasa al discipulado. Al escuchar a Juan el Bautista, dos de sus discípulos (Andrés y otro no nombrado, probablemente el discípulo amado), comienzan a “seguir” a Jesús (v. 37). Jesús, viéndolos, toma la iniciativa y hace esa pregunta que permanece impactante para cada discípulo a través de la historia: “¿Qué buscáis?” (v. 38). A esto responden los discípulos: “Rabí —que significa «Maestro»—, ¿dónde vives?” Así el evangelista incorpora dos de sus palabras teológicas favoritas: seguir (akoloutheō) y vivir, quedar, o permanecer (menō). Estas dos palabras capturan la dinámica central del discipulado: seguir activamente a Jesús donde él vaya y permanecer cerca de él.
Así es como la identidad divina de Jesús es gradualmente entendida: Jesús pasa de ser desapercibido entre los humanos (1:27), a ser reconocido como Rabí (maestro) por los dos nuevos discípulos (v. 38), y después identificado como Mesías por Andrés (v. 41). Y finalmente, en el siguiente pasaje del siguiente día (1:43–51), Natanael identifica a Jesús como “el Hijo de Dios” y “el Rey de Israel” (1:49). Como vemos, en su totalidad, el relato presenta una sucesión de identificaciones de Jesús que aumentan en un crescendo hasta llegar a una visión más gloriosa de quien verdaderamente es: Hijo de Dios. Es así como el lector llega a la misma visión gloriosa de Jesús propuesta en el prólogo (1:1–18).
Juan nos indica que conocer a Jesús profundamente no es simplemente un hecho de hallar el término correcto para él. Al contrario, es como cada relación: solo llegamos a conocerlo siguiéndolo activamente y permaneciendo a su lado, día tras día de nuestras vidas. Y, aun así, es un conocer inagotable. Él siempre puede sorprender. Jesús extiende esta simple invitación al discipulado cada día de nuestras vidas: “Venid y ved” (v. 39).



January 18, 2026