< December 22, 2013 >

Comentario del San Mateo 1:18-25

 

El centro del tiempo

Este breve relato de menos de doscientas palabras narra el cambio más importante en la historia humana. Lo que allí se cuenta es una bisagra en la historia. Es “el centro del tiempo.” Es el centro porque todo lo que sucedió antes y todo lo que sucedió y sucederá después, para la fe cristiana, es definido por el hecho de que Dios decidió hacerse persona y vivir en medio nuestro. El Mesías esperado durante tanto tiempo llegaba al mundo y la relación de los seres humanos con Dios cambiaría para siempre. Ahora sabemos, no ya por las Escrituras ancestrales sino por la propia experiencia, que este es el centro del tiempo porque en él Dios hace más radical su compromiso con la vida humana y con su creación.

El profeta Isaías lo había anunciado varios siglos antes. También Zacarías había adelantado que entraría en la ciudad montado en un burro, símbolo de humildad y sencillez. Pero las profecías eran mensajes parciales y borrosos comparados con el hecho concreto de la llegada de un niño que transformaría la fe de Israel y que invitaría a todas las naciones a sumarse a su mensaje. Tan solo unos pocos tuvieron el privilegio de saber lo que estaba sucediendo. Sus padres, unos pastores, unos sabios de oriente, quizás algunas de las personas de Belén que estaban cerca. También el cruel Herodes supo del niño rey que acababa de nacer. Cada uno lo recibió de una manera distinta, pero todos sintieron–incluso Herodes–que algo muy especial de parte de Dios sucedía delante de ellos y de ellas en esa noche.

Los hechos son contundentes. María está encinta y su esposo busca abandonarla en secreto para evitar tener que denunciarla a las autoridades, porque el embarazo no era de él. De hecho, aún no estaban casados sino comprometidos. En aquel entonces el matrimonio constaba de dos partes: se entregaba una suma de dinero a la familia de la novia y así se establecía el compromiso, que podía durar hasta un año. Luego de ese tiempo se establecía el casamiento, en el cual el novio llevaba a su esposa a su casa y comenzaban su verdadera vida de pareja.  Hasta ese momento, no convivían ni estaban permitidas las relaciones sexuales.  Pero el varón podía repudiar a la novia si tenía motivos para hacerlo durante ese período de compromiso. Es el caso de José, que supone que María le ha sido infiel y que ha quedado embarazada de otro hombre. Este tipo de adulterio era condenado con la muerte (Deuteronomio 22:20), aunque se requerían dos testigos del hecho, y no se aplicaba habitualmente. Lo que resultaba era que la mujer era humillada ante todos, y es lo que José desea evitar.

Hay un dato muy importante que nos señala el texto cuando habla del nombre del niño. Se nos dice que el ángel reveló a José el nombre: Jesús, que significa “el salvador” (y que es “Josué” en hebreo, el nombre del líder que dirigió el ingreso a la tierra prometida).  Pero inmediatamente agrega que será así para que se cumpla lo que dijo el profeta Isaías (7:14): “le pondrás por nombre Emanuel (que significa: ‘Dios con nosotros’).” Pero este no es un nombre de persona, sino un título o una declaración de quién será el niño y de cuál será su misión. Ya en el anuncio está establecido que a través de su persona Dios se radicará con todo el pueblo de Dios y que “estará con nosotros y nosotras.” Que no es un nombre queda claro, pues de hecho el niño se llamará Jesús.

 Hay momentos en la historia que marcan a una generación; otros a un país o a un pueblo. El momento del nacimiento de Jesús marcó el punto alrededor del cual toda la historia habría de girar. Y por ello podríamos pensar que los protagonistas deberían ser personas poderosas, extremadamente sabias o astutas como pocas. Pero no es el caso. Allí está María, una joven sencilla, sin rango ni alcurnia. Allí José, un muchacho carpintero sin fama ni prestigio. Y allí está el niño de Belén. ¿Podemos  imaginar alguien más frágil que un niño? Un niño depende de los demás en todo: para alimentarse, para aprender a caminar, para aprender a hablar. Sin que alguien le hable, jamás llegaría a pronunciar una palabra. Un niño necesita del amor de sus padres o moriría de soledad. Es un ser que necesita del cuidado de los seres humanos para sobrevivir. Y ese ser frágil e indefenso es quien nos ha sido enviado por Dios para cambiar las coordenadas de la historia.

Este Adviento hemos venido preparándonos para su llegada. Un niño o una niña son esperados, porque se anuncian ya en la madre desde el momento de la concepción y en la familia en cuanto el embarazo comienza a notarse en el cuerpo de la madre. Siempre un niño es esperado. Hay expectativas entre quienes rodean a la madre. Pero el niño de Belén se nos anunció con siglos de anticipación y ahora su presencia nos ilumina. ¿Cómo nos preparamos para recibirlo?

Es curioso que mientras unos se acercaban desde muy lejos para adorarle, otros lo querían matar. Parece que ya desde su nacimiento, la presencia de Dios entre nosotros y nosotras trajo alegría en unos y pesar en otros; trajo la buena noticia para los pobres y humildes y desazón para quienes detentaban el poder. Quienes eran marginados (los enfermos, las mujeres, los niños, los samaritanos) recibieron un lugar especial en su ministerio. A los soberbios los invitó a cambiar de actitud  y a todos a cambiar de vida. Pero lo que resalta de las historias bíblicas es que ante él no es posible ser neutral. Quienes lo conocieron tuvieron que tomar decisiones fuertes. Seguirlo o abandonarlo. Serle fiel o traicionarlo. Obedecerle o tratarlo como un ladrón. Amarlo o colgarlo de una cruz. Nosotros y nosotras hoy no somos ajenos a esas disyuntivas. Contemplar al niño de Belén nos enfrenta con opciones que marcarán nuestras vidas. Es cuestión de que lo ignoremos o que sea el centro de nuestro tiempo. Hay muchos caminos delante para seguir, y de los tantos caminos propuestos, somos invitados a elegir el que conduce hacia él.