< December 15, 2013 >

Comentario del San Mateo 11:2-11

 

Este es el tiempo

“¿Eres tú aquel que había de venir o esperaremos a otro?” (v. 3), le pregunta Juan a Jesús a través de sus discípulos. La respuesta de Jesús se podría decir este modo: no hay nada que esperar; “este es el tiempo.” Y la única prueba que Jesús le envía a Juan de que es el Mesías es el fruto de sus actos: “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados y a los pobres es anunciado el evangelio” (v. 5).  

Sería un error hacer de esta prueba una marca para nuestro propio ministerio. El resucitar muertos y la sanidad eran actos que Jesús practicaba como un modo de testificar el poder y la voluntad de Dios de sostener la vida. Las enfermedades del cuerpo eran tenidas por signos del pecado del alma y así se condenaba a las personas enfermas por los supuestos pecados que las habían llevado a esa condición. Eso las marginaba no solo de la sociedad sino aun de sus propias familias. La muerte era el símbolo de aquello imposible de revertir; era como un muro, y una vez traspasado, nadie podía regresar. Ambas realidades son vencidas por Jesús en su práctica. Jesús libera de la carga del pecado a quienes cura. Jesús muestra en los resucitados que la muerte también está sujeta a los designios de Dios. Ni la enfermedad ni la muerte están por encima de Dios. Por otro lado, la pobreza era considerada una desgracia acarreada por las malas costumbres y la haraganería. En la tradición de aquel entonces, las buenas noticias de Dios no eran para los pobres sino para quienes se habían hecho un lugar en la sociedad. Los pobres eran objeto de piedad, pero no receptores de la bendición de Dios. Estos tres ámbitos que parecían alejar a las personas de Dios (la salud del cuerpo, la muerte y la pobreza) son sojuzgados en la práctica de Jesús, y el señorío de Jesús sobre la enfermedad y la muerte y su consideración con los pobres son anunciados como su credencial de identidad.

Quizás la confusión o duda que había en Juan y que revela su pregunta tuviera por causa el hecho de que algunos descreyeran de él o lo menospreciaran. Si a eso sumamos que estaba preso, más de uno habrá pensado que la cárcel era la consecuencia de su mentira y no de la veracidad de su ministerio. Otros pensarían que sería uno más de los predicadores de buena voluntad, idealistas equivocados que terminaron sus días vencidos por la cruda realidad que los contradecía. Por eso Jesús a continuación defiende el ministerio de Juan y lo destaca como el mayor de los creyentes y como un profeta. Cita a Malaquías 3:1 en el v. 10 y atribuye esa mención a la persona de Juan. Es un modo de decir que lo que Juan ha predicado no ha caído en un saco roto, sino que ha fructificado en la predicación de Jesús. De las palabras de Jesús se infiere que en aquel entonces el camino para comprender la prédica de Jesús pasaba por aceptar el ministerio de Juan como el mensajero que anunció la llegada del Mesías. Les anuncia que no hay que buscar al enviado de Dios en el palacio ni entre los profetas vulgares (que por entonces abundaban) sino en este que vivía en el desierto y tuvo la función de marcar al Mesías al bautizarlo en el Jordán.

El Adviento es la ocasión para preguntarnos si este del que estamos por celebrar su nacimiento en los próximos días es nuestro Mesías o si debemos esperar a otro. El tiempo ya casi está maduro y estamos muy cerca de recordar la Navidad: ¿es este nuestro tiempo o hay otro tiempo por el que debemos esperar? Jesús nos ha de responder: “Este es el tiempo.”

Y sin duda que este es el tiempo apropiado para revisar nuestra relación con Dios. Quizás no hayamos escuchado con atención el mensaje de Juan–del que hablamos el domingo anterior–y creamos que todavía hay que esperar por otro momento. Quizás pensamos que podemos postergar indefinidamente la revisión del estado de nuestra relación con Dios. Pero el mensaje de este pasaje que hoy leemos es que tanto se ha acercado el tiempo de Dios que no debemos perder la oportunidad de volver a fortalecer nuestro vínculo con él.

Dios es paciente. Siempre nos espera y conoce nuestros tiempos, pero no es indolente ante nuestra pereza espiritual. Si estamos adormilados, nos sacude para recordarnos que está esperando una respuesta de nuestro lado. Dios nos respeta, pero no nos abandona en nuestra desesperación o en nuestra indecisión. Como a muchos de su época, nos confronta con la necesidad de reconocer nuestra debilidad y nos enseña que el tiempo ha llegado en el cual ya no estamos solos para encarar los desafíos de la vida. Jesús está allí para conmover nuestros cimientos y llamarnos a renovar nuestra fe.  

En cierto modo quienes hoy somos creyentes nos parecemos más a Juan que a Jesús, y es probable que esta sea la razón por la cual Jesús dice que Juan es el mayor entre las personas. Como Juan, también nosotros y nosotras tenemos nuestras dudas; como él somos llamados a dirigirnos a Jesús para que nos ilumine en nuestras debilidades; como Juan anunciamos a Jesús de quien no somos dignos ni de desatar, agachados, la correa de su calzado (Marcos 1:7). En definitiva, como Juan pedimos al Señor que fortalezca la fe que tenemos para que podamos vivir como él quiere que lo hagamos. Proclamar esta fe le costó la vida a Juan y nosotros y nosotras hoy tenemos la bendición de que no nos persiguen por ella, y a esto más que como una “suerte,” debemos tomarlo como un privilegio del cual no gozaron por siglos nuestros hermanos y hermanas del pasado. Mujeres y varones dieron sus vidas por testificar su fe en el Señor y por la tan simple y sencilla cosa de participar de una comunidad de creyentes. Hoy vivimos como algo natural el hecho de disfrutar de una iglesia para reunirnos y de disponer de una Biblia en nuestro hogar, pero no solo Juan el Bautista fue encarcelado y muerto por su fe.

Este es el tiempo para repensar la fe que nos sostiene. ¿Cómo puedo compartirla? ¿Cómo puedo hacer que lo que he recibido pase a tantas otras personas que lo necesitan y esperan? Que este Adviento sea el tiempo para anunciar que Jesús está cerca y así poner al alcance de otros y de otras la bendición de recibirlo en sus vidas.