< September 01, 2019 >

Comentario del San Lucas 14:1, 7-14

 

Al leer el evangelio de Lucas, nos encontramos con una narrativa que nos cuenta la historia de Jesús de Nazaret, entrelazada con la experiencia de vida de la comunidad o de las comunidades que participan de su propuesta emancipadora.

Lucas nos invita a contemplar, participar y comulgar con esa diversidad desde los bordes, las fronteras y las exclusiones.  Pues es desde estos lugares que surge una propuesta pedagógica contra-cultural.

Las dos enseñanzas de comensalía contempladas en estos versículos así lo corroboran. En la primera (vv. 7-11) está claro que quien invita tiene una posición económica favorable. Del invitado no se dice nada, pero es de suponer que no goza del mismo privilegio. En la segunda (vv. 12-14), los invitados son personas que están en una condición mayor de marginación. Además de ser probablemente pobres, tienen condiciones físicas que la sociedad considera impuras y, por lo tanto, los/as portadores/as también son impuros/as.

La pedagogía narrativa nos enseña la dinámica creadora de lo comunitario a partir de la corporeidad humana, es decir, a partir de los cuerpos que la sociedad ha fragmentado del cuerpo social y por tanto invisibilizado. Leeremos estos versículos de Lucas 14 en perspectiva pedagógica porque creemos que la pedagogía de Jesús ofrece luces para la transformación de prácticas pedagógicas jerárquicas, monoculturales y exclusivistas que se siguen dando en la actualidad.

El versículo con que se introduce esta perícopa describe el escenario y las circunstancias en las que se desarrolla la escena. Jesús es invitado a la casa de uno de los jefes de la sinagoga a comer en un día sábado, el día más importante y sagrado para los judíos, en el que la mayoría de los comensales son familiares o íntimos de la familia. La presencia de Jesús en este escenario rompe con los clasismos propios del mundo greco-romano y celebra la inclusión.

La lección de Jesús parte de una primera observación: los invitados están ocupando los primeros lugares (v. 7). Es a partir de allí que se inicia su enseñanza.

En los vv. 8-11, por medio de la parábola de la boda, Jesús da una lección de humildad. No es necesario hacerse ver ante los anfitriones ocupando los primeros lugares, pues esto no es más que una manifestación de preocupaciones jerárquicas propias del ambiente de la época. El criterio dominante es que la manera como nos auto-manifestamos delante de las otras personas determina cómo nos relacionamos con ellas, y por lo tanto, si nos creemos señores, los otros serán siervos. En contra de este criterio, en el v. 8 se formula la primera enseñanza: “no te sientes en el primer lugar” cuando seas invitado a una boda, ya que es posible que haya otro invitado más distinguido. En el v. 9 se plantea la parte más densa, pues puede ser que el anfitrión te haga pasar vergüenza y tenga que desplazarte al último lugar porque ha decidido asignarle tu lugar a otra persona. En el v. 10 está la clave de esta pedagogía: si te sientas en el último lugar, es posible que tengas el honor de ser reconocido por el anfitrión y de pasar a ocupar uno de los primeros puestos. El sumario de esta lección se encuentra en el v. 11: “Cualquiera que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.”

Jesús rompe con estas jerarquías, proponiendo relaciones de horizontalidad. Un verdadero señor, siguiendo el ejemplo del maestro, no es quien se auto-proclama como tal sino quien es reconocido más allá de los límites impuestos por las clases sociales, pues en la mesa mesiánica no existen este tipo de protocolos. La horizontalidad y la relacionalidad nos hacen ser, más que señores, verdaderos seres humanos.

Hasta aquí tenemos la primera lección cuyos destinatarios son las personas invitadas. El sumario del v. 11 da paso a la segunda lección, que es dirigida al anfitrión que invitó a la cena (vv. 12-14). No está bien visto, nos recuerda Jesús, que se invite a los amigos, hermanos, parientes o ricos, con el objeto de recibir otra invitación similar como recompensa. Por el contrario, lo que hay que hacer es invitar a quienes no pueden retribuir la invitación, esto es: pobres, lisiados, cojos, ciegos. Esto es lo que nos hará felices.

El texto insiste en que la retribución terrena es la felicidad ligada a la praxis del amor incluyente. Este tipo de felicidad se presenta como una alternativa para una cultura de paz y convivencia que se teje desde las periferias y que cuestiona la cultura del derroche, del individualismo, del egocentrismo y de los exclusivismos a la que hemos llegado en este mundo capitalista actual, donde toda invitación espera una retribución y la consigna es que doy para recibir el doble.

El consejo de Jesús va en contra de todas las costumbres de su tiempo, e incluso de las de nuestro tiempo. Se enumera una serie de personas con limitaciones físicas y en condición de pobreza, justamente personas a las que Jesús en otro discurso define como bienaventuradas y destinatarias del reino de los cielos (Cf. Lc 6:20). Con esto reafirmamos que las apuestas pedagógicas de Jesús son diferentes a los criterios de selección que habitualmente hacemos como personas en este mundo.

Estas enseñanzas de Jesús interpelan nuestra educación tradicional que nos ha enseñado a separar, compartimentar y aislar, y que nos impide asumir conocimientos distintos que vienen de las periferias e integrar a las personas con capacidades diversas en el sistema educativo. La pedagogía de Jesús nos lleva a preguntarnos lo que significa formar en el siglo XXI, reconociendo que todos tenemos cabida y somos responsables de la transformación del mundo. Este es un gran reto, y a la vez una obligación, una urgencia. El ser humano es un ser complejo en sí mismo y formarlo es un asunto integral que va más allá de la etapa de escolarización.

Formar significa preguntarse por mi complejidad como maestro/a y por la complejidad del estudiante. La suma de estas realidades nos ayudará a encontrar un sentido a la educación. De los pueblos indígenas y negros/afro, por ejemplo, aprendemos que la naturaleza es relacional, pero la escuela generalmente no lo es, pues lejos de integrar estos saberes, los niega o los oculta. El cosmos es relacional; la universidad generalmente no. La naturaleza nos enseña la relacionalidad de la vida, múltiple, diversa, dinámica, compleja, doble, contradictoria, mientras que nuestra manera de enseñar no es relacional. La academia generalmente niega lo relacional y trabaja sobre la diferencia, la distinción, la fragmentación, y no sobre la integración y el conjunto.

Así como el maestro de Nazaret nos enseña una sabiduría de la vida y para la vida, nuestro imperativo debe ser la formación desde los saberes diversos que confluyen en el cuidado de la vida, del sentido, de la pasión y de la transformación del mundo. Debemos reconocer que también desde la pequeñez y desde la particularidad se pueden entender las realidades profundas, cambiantes y complejas que explican al ser humano. Que desde la relación con el otro/la otra sin exclusivismos, jerarquías o divisiones se puede encontrar el camino para un mundo mejor. Esta es la humildad evangélica.