< June 17, 2018 >

Comentario del San Marcos 4:26-34

 

Este es el segundo año en que los/as participantes de la Iniciativa de Predicación Hispano-Latina contribuyen con comentarios para este sitio, pero esta vez nuestra situación es muy diferente.

Hace unos meses, uno de nuestros miembros llamado Samuel entró en santuario en una iglesia metodista porque lo iban a deportar. Este hermano ya tiene veinte años en los Estados Unidos (sin haber cometido ningún crimen), tiene una esposa muy enferma, y tiene un hijo que es ciudadano norteamericano, pero nada de esto convenció a la corte para dejarlo quedarse. Por esta razón, Samuel está viviendo ahora en el sótano de una iglesia. Para continuar incluyéndolo en la iniciativa, decidimos tener nuestras reuniones más recientes en esa misma iglesia—en ese lugar de santuario. Todos nuestros comentarios de este año han sido desarrollados desde ese lugar de santuario.

En estos versículos, Jesús usa dos parábolas para enseñarles a sus discípulos/as sobre el reino de Dios. Una parábola es una narración, una historia breve, pero profunda y significativa. Jesús hacía uso de parábolas para narrar y tocar diferente temas sociales, morales y espirituales. Jesús usa estas parábolas porque les hablaba a las personas usando un vocabulario que podían entender (v. 33). Jesús era un gran maestro y predicador porque se acomodaba a la capacidad de su audiencia para ilustrar verdades profundas y divinas y de esa manera compartir un mensaje claro para todos/as. De este modo, Jesús lograba conectarse con sus oyentes de una manera en que otros líderes religiosos no lo hacían, tocando así las necesidades personales y comunicando una verdad divina.

En los versículos 26 al 29, leemos la parábola del crecimiento de la semilla. Jesús comienza esta parábola comparando el reino de Dios con el acto de sembrar. Esta parábola describe una multiplicidad de acciones: el sembrador que siembra, el grano que crece, la tierra que hace brotar y el acto de cosechar (vv. 28-29). El sembrador interviene al inicio y al final de este proceso, pero lo que pasa en el intermedio no depende de él. El sembrador siembra la semilla, pero la tierra da fruto por sí sola. Esta estructura en sí misma indica que el reino de Dios no depende de la acción de nadie, ni de nada en particular, sino de la obra misteriosa de Dios.

El sembrador siembra y confía en que la tierra, con la ayuda del agua y el sol, va a hacer que la semilla crezca y dé fruto. Esto nos recuerda a Isaías 55:11: “Así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para lo cual la envié.” Así como el sembrador echó semilla en la tierra (v. 26), nosotros/as somos llamados/as a sembrar cuando predicamos el evangelio. De igual manera, así como la semilla brota y crece sin que el sembrador sepa cómo, el Espíritu Santo obra en las vidas de las personas que escuchan el evangelio. Nuestra tarea como siervos/as de Dios es sembrar con fe y esperar que esa semilla dé mucho fruto. 

Jesús continúa enseñando a sus oyentes con el uso de otra parábola—la del grano de mostaza.  Jesús pregunta: “¿A qué compararemos el reino de Dios? ¿Qué parábola nos servirá para representarlo?” (v. 30). Y él mismo responde: “Es como el grano de mostaza” (v.31). Tanto esta parábola como la anterior, tratan acerca del crecimiento de la semilla, pero esta parábola en particular explica la magnitud de este crecimiento.  

La semilla de mostaza era la más pequeña de las semillas de las plantas que se cultivaban en el primer siglo en Palestina. Aunque técnicamente la mostaza no es un árbol, puede llegar a crecer desde tres hasta diez metros de altura. Sin embargo, Jesús no pretendía enseñarnos sobre botánica, sino mostrarnos la esencia del reino de Dios. 

En otra ocasión, Jesús ilustró sobre el grano de mostaza y su significado. Mateo 17:20 nos comparte: “De cierto os digo que si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: ‘Pásate de aquí allá,’ y se pasará; y nada os será imposible.” Esto demuestra que no importa qué tan pequeña sea nuestra fe; lo importante es en quién está depositada nuestra fe. Si nuestra fe está depositada en el autor y consumador de la fe, Jesucristo, entonces nos será suficiente como para que nada nos sea imposible. A Dios le encanta sorprendernos; Dios puede empezar con algo muy pequeñito y convertirlo en algo mucho más grande de lo que nos podemos imaginar. Lo fundamental es tener fe. Dios puede hacer grandes cosas de aquello que para la humanidad es considerado insignificante.   

Es a través de esta fe en Jesucristo que el reino de Dios se expande en la tierra como la hortaliza de mostaza. Aunque la fe sea pequeña, una vez que es sembrada en nuestros corazones, el Espíritu Santo se encarga de que crezca y dé fruto; y ese fruto contribuye a que el reino de Dios en la tierra se expanda. Cada vez que compartimos las buenas nuevas con alguien, cada vez que ayudamos a los demás, cada vez que mostramos amor por el prójimo, cada vez que perdonamos y nos reconciliamos con nuestros enemigos, el reino de Dios crece y se expande como las hojas y las ramas de la planta de mostaza.