< January 14, 2018 >

Comentario del San Juan 1:43-51

 

El Nuevo Testamento registra la historia del reclutamiento de los discípulos de Jesús desde tres perspectivas distintas, cada una de las cuales refleja algo del contexto y carácter de la comunidad que reinterpretó y reapropió dicho evento para sí.

La primera versión, la de Marcos, muestra a un Jesús que actúa con determinación y urgencia, predicando la cercanía del reino y reclutando discípulos con premura, reflejando así la experiencia de una comunidad que cree estar viviendo los últimos tiempos, influenciada en parte por la guerra judeo-romana del 66-73EC. Mateo no aporta un relato nuevo; solo copia el de Marcos. La segunda versión la escribe Lucas, 15 o 20 años después de Marcos, y en ella la urgencia del inminente regreso de Jesús ha desaparecido. Ahora vemos a un Jesús tranquilo que se toma el tiempo para conocer a sus futuros discípulos en lugar de reclutarlos abruptamente como en Marcos. Lucas refleja a un Jesús inmerso en la vida cotidiana, pues así es como lo ha experimentado su comunidad. Jesús sana a la suegra de Pedro, luego sale a pescar con Pedro y sus socios propiciándoles una pesca abundante, y es entonces que los recluta como discípulos. La tercera versión es la de Juan y la vemos en el texto de hoy, escrito 25 o 35 años después de Marcos, y refleja la experiencia de una comunidad a finales del siglo primero que ha ido madurando no solo en su entendimiento de quién es Jesús, sino en su relación con él y en la forma de vida que esa relación demanda.

Vayamos al relato: la historia de Felipe y Natanael debe leerse a la luz del pasaje previo de 1:35-42. En el evangelio de Juan no hace falta que Jesús reclute a sus discípulos; los discípulos se reclutan a sí mismos e invitan a otros a formar parte de la comunidad. Cuando Andrés y el otro discípulo escuchan a Juan el Bautista decir que Jesús es el Cordero de Dios, simplemente siguen a Jesús y él los acoge en su hogar. Al día siguiente Andrés invita a Pedro, su hermano, a que se una al grupo. Y al siguiente día, animado quizá por el entusiasmo del grupo, Jesús sale a Galilea y recluta a Felipe. Felipe, en turno, va y recluta a Natanael que, aunque se muestra renuente por el origen de Jesús, acaba uniéndose al grupo.

¿Qué aprendemos de esta historia? Primero, cuando Jesús llama a Felipe solo le dice “sígueme,” y con esa sola palabra redefine su vida. No sabemos si Felipe era pescador o recaudador de impuestos, y Jesús no le dice que lo hará pescador de personas; solo dice “sígueme” y Felipe lo hace. Segundo, cuando Felipe habla con Natanael le dice: “Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés, en la Ley, y también los Profetas.” La aseveración de Felipe, al igual que la de Andrés a Pedro (“Hemos encontrado al Mesías,” en 1:41), nos hablan de unas vidas que han estado activamente buscando al Mesías. Tercero, cuando Natanael duda de que algo bueno pudiera salir de Nazaret, Felipe le dice “Ven y ve,” repitiendo la invitación que Jesús había extendido a Andrés y al otro discípulo cuando ellos le preguntaron “¿Dónde vives?” (1:38). Jesús les había contestado: “Venid y ved” (1:39). En el evangelio de Juan no hay creyentes de segunda mano. Todos están invitados a una experiencia personal: “Venid y ved.” Cuarto, cuando Natanael va y ve a Jesús, al instante lo reconoce y proclama como Hijo de Dios y Rey de Israel. En Juan, encontrarse con Jesús es reconocerlo. Por eso desde el principio los discípulos saben quién es Jesús (contrario a Marcos que muestra a unos discípulos constantemente confundidos). Sin duda esta historia refleja la experiencia íntima que la comunidad de Juan tenía con Jesús. Recordemos que este es el evangelio que nos habla del Paracleto, la presencia constante del espíritu de Jesús en la comunidad. Quinto, el cielo está abierto, y la invitación que Jesús nos hace a vivir en esta nueva dimensión, en la que ángeles suben y bajan sobre el Hijo del hombre, sigue vigente y activa, impulsada por el espíritu de Jesús.

Es importante mencionar que ninguno de los evangelios reporta todas las historias de cómo cada discípulo es reclutado. Solo sabemos la historia de los primeros cinco. Sin embargo, la gran diferencia entre Juan y los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) es que Juan nunca ofrece una lista final con los doce nombres de los discípulos. En Juan solo sabemos que hay siete discípulos, 6 con nombre y uno sin nombre; el resto de la lista está en blanco y es una invitación abierta que reconoce el papel que las mujeres de la comunidad de Juan tienen en el ministerio de Jesús. Esta lista abierta es como La última cena de Da Vinci. Solo la mitad de la mesa está ocupada; la otra corresponde a las mujeres discípulas de Jesús: la Madre de Jesús, que lo ayuda a reconocer que ha llegado su hora y debe iniciar su ministerio (2:5); la Mujer Samaritana, la primera evangelista, que ayuda a Jesús a extender su ministerio más allá de la frontera (4:28-30; 39-42); la Mujer Acusada, que acompaña a Jesús cuando le tienden una trampa, y que con su presencia desafía al sistema opresor y sale invicta, animada por Jesús (8:1-11); María de Betania, la profeta que unge a Jesús antes de su muerte (12:3); Martha de Betania, la discípula que, así como Pedro en los Sinópticos, proclama que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios que ha llegado al mundo (11:27); y María Magdalena, la apóstol a los apóstoles, la mensajera que Jesús comisiona para dar las buenas nuevas de su resurrección a los otros discípulos (20:17-18).

Sin duda estas historias reflejan la experiencia de una comunidad igualitaria, en la que la lista de discípulos y discípulas de Jesús sigue abierta y creciendo, y en donde la mesa está dispuesta y abierta para todas las personas que se quieran añadir y quieran invitar a otras a vivir en esta nueva dimensión en la que el espíritu de Jesús sigue animando a la comunidad. El espíritu de Jesús nos sigue invitando a vivir de forma radical y a esperar cosas aún mayores (14:12) porque ¡el cielo está abierto!