< November 26, 2017 >

Comentario del San Mateo 25:31-46

 

Aun cuando Mateo haya calculado erradamente el tiempo de la parusía, sus advertencias al pueblo cristiano acerca de cómo vivir en el mientras tanto de la espera no dejan de ser “kairóticas.”

Para Mateo, el amor y la misericordia son dos elementos característicos de las personas que esperan activas el Reino de Dios. Para sorpresa de muchas personas, el criterio bajo el cual serán juzgadas no es si confesaron a Cristo como su Señor y Salvador, ni el perdón de sus pecados,1 ni el bautismo ni la justificación. El criterio único para entrar al Reino de Dios es, según Mateo, cómo trataron a las personas más vulnerables de su tiempo.   

Es cierto, como dice Eugene Boring en su comentario bíblico,2 que para los lectores y las lectoras de Mateo, los más pequeños podían ser también los misioneros que salían a predicar el Evangelio en nombre de Cristo, y que necesitaban de la solidaridad de quienes los recibían. Pero en el v. 45, el término del original griego para definir a los más pequeños no es adelphoi, que es el término que normalmente se utilizaba para definir a los hermanos y hermanas en la fe.3 El término griego que se utiliza en vez es elachiston, que tiene un significado más general que puede incluir a todas aquellas personas cuya necesidad requiere nuestra ayuda, independientemente de si son cristianas o no.

El momento del juicio vendrá y allí, simbólicamente, como un pastor, el Hijo del Hombre separará a las ovejas de las cabras, criaturas que aunque a veces se parezcan, coman del mismo pasto y hayan sido creadas por el mismo creador, tienen actitudes muy diferentes y no son parte del mismo rebaño. El Reino de Dios será sólo para las “ovejas.” Las “cabras,” como en todo buen discurso apocalíptico, heredarán el fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.  

El Reino de Dios no tiene cabida para los tibios (Mt 5:37). Allí habrá solamente ovejas y no cabritos. Sin embargo, el pastor es el único que tiene derecho a separarlas porque es el único que sabe cómo distinguirlas. Ellas mismas no saben quiénes son, porque tanto las ovejas como las cabras se sorprenden por el resultado de sus acciones o la falta de ellas. La única garantía para heredar el Reino es Dios mismo. No es preocupándose por si se es oveja o cabrito. Dios sabe quiénes somos. Nuestra preocupación debe ser si amamos y tenemos misericordia cuando encontramos al desvalido, o si cerramos nuestro corazón cuando pudimos darle ayuda.

Para Nuestro Tiempo

El amor y la misericordia son características muy internas del ser humano que necesitamos desarrollar. Requieren una actitud, una manera de ver al mundo que nos permita mirar más allá de lo que entendemos, más allá de lo que nos hace sentir seguros. Esta actitud no es una característica exclusiva de las comunidades cristianas. Es un don espiritual que se desarrolla con entrega y humildad ante un Dios creador, o un misterio que nos conecta y nos relaciona continuamente con todo lo creado, y que nos interpela a escuchar el clamor de quienes sufren.

Para el pueblo cristiano, cada acto de amor y misericordia se hace en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor. Mateo no dice que nuestras acciones nos darán como herencia el Reino de Dios. Sin embargo, el amor y la misericordia son sentimientos que abren manos, bolsillos, corazones; crean imposibles, sanan, dan fuerza y pueden transformar al mundo y la comunidad.

El amor y la misericordia nos llevan a desarrollar relaciones íntimas con quienes sufren, y transforman meras acciones de asistencia en acciones que buscan aliviar las causas del sufrimiento.

Esto lo he visto durante mi servicio en el Programa contra el Hambre de la Iglesia Presbiteriana (PCUSA). Mientras una de cada seis personas en EEUU sufre de hambre,4 cada año botamos a la basura lo equivalente a 68 millones de platos de comida perfectamente comestibles.5 Si se colectara solamente el 30% de estos alimentos, podríamos alimentar a 49 millones de personas.

Algo similar sucede cuando los países ricos insisten en enviar toneladas de arroz y maíz como ayuda humanitaria a países cuyos campesinos, luego de la crisis y con un poco de ayuda, podrían sembrar y vender sus propios granos. Al ver los mercados inundados de semillas extranjeras a precio de gallina flaca, esos campesinos no pueden competir y terminan abandonando sus tierras, mudándose a las ciudades para vivir dependientes de la ayuda humanitaria y la nueva dieta propuesta por ella. La cultura del campo se pierde. Con ella desaparecen la comunidad, la variedad de alimentos, la sabiduría y las semillas autóctonas. La tierra queda abandonada o a la merced de otros que quieran explotarla sin tener el mismo cuidado.

El cambio climático también plantea otro reto. Mientras hay gobiernos que niegan la existencia del cambio climático, eliminan fondos para el desarrollo de energías verdes, entregan concesiones para explotar tierras que son sagradas para pueblos indígenas o vitales para asegurar la supervivencia de ciertas especies, muchos pequeños agricultores y pastores nómades ya se están viendo afectados por la falta de lluvias. Si no hacemos algo de nuestra parte para evitar que la temperatura global se incremente en 2,5 grados centígrados, millones de personas serán víctimas del hambre a final de este siglo.6

A veces nuestros mejores esfuerzos para asistir al desvalido pueden cegarnos a las causas del sufrimiento, pero el amor y la misericordia son el mejor antídoto.

En la relación de intimidad que desarrollan el amor y la misericordia vamos viendo cómo el sufrimiento humano y de la tierra no son voluntad de Dios, sino el resultado del pecado humano. La tierra fue creada para dar fruto y fruto en abundancia. Si vivimos conscientes de nuestras relaciones, podremos contrarrestar mucho mejor el sufrimiento y evitarlo en el futuro.  

Por esto, la iglesia debe educar también sobre la importancia de la mayordomía y el uso responsable de los recursos que Dios ha puesto a nuestra disposición para vivir en abundancia.

No se trata únicamente de dar el pez, ni de enseñar a pescar. Es ver por qué el mar yace contaminado, o ya no hay peces para pescar. 

Hay mucho por hacer, y gran parte está en nuestras manos. El amor y la misericordia constituyen la fuerza que impulsará nuestro camino. Es Cristo quien la infunde en su iglesia, para bien de su Reino.

Parafraseando al Mahatma Gandhi, podemos decir que la tierra cuenta con recursos suficientes para satisfacer la necesidad de todo ser humano, pero no para la avaricia de nadie.


Notas:

1. Boring, M. Eugene, y Pheme Perkins, The New Interpreter's Bible: General Articles on the New Testament, the Gospel of Matthew, the Gospel of Mark. Vol. Eight (Nashville, Tenn: Abingdon, 1995), 455.

2. Ibid., 456.

3. http://www.bible-researcher.com/adelphos.html (consultado: 11 de noviembre, 2017).

4. https://www.dosomething.org/facts/11-facts-about-hunger-us (consultado: 11 de noviembre, 2017).

5. https://www.globalcitizen.org/en/content/trf-food-waste-could-feed-the-poor/ (consultado: 11 de noviembre, 2017).

6. https://www.oxfam.org/sites/www.oxfam.org/files/hambre.pdf (consultado: 11 de noviembre, 2017).