< April 16, 2017 >

Comentario del San Juan 20:1-18

 

Historias de encuentros necesarios: Un discípulo sin nombre, un hombre maduro confundido, una mujer que llora inconsolablemente y un crucificado…

[¿Buscas un comentario sobre San Mateo 28:1-10? Fíjate en este comentario para la Vigilia Pascual de William A. Andrews.]

En este texto nos encontramos ante una sucesión de eventos extraordinarios que derivarán en el hecho sobrenatural por excelencia: la resurrección de Jesús. Los relatos anteriores a este episodio narran la dramática muerte de Jesús, el maestro. Es un momento que encierra dolor, humillación, despojo, impotencia y finalmente muerte. Este tipo de muertes prematuras, marcadas por señales estigmatizadoras, duelen más aún. Los ojos de las y los que veían este episodio aterrador estaban llenos no sólo de lágrimas sino de total desesperanza. Por esta razón se comprende que, en la primera escena de esta narración, cuando María Magdalena llega en la madrugada de aquel domingo al sepulcro de Jesús y ve la piedra removida, presiente lo peor, porque a quien le quitan toda esperanza, mira en cualquier suceso sólo oscuridad.

María, en toda su desesperación, corrió hasta donde estaban los amigos más íntimos de Jesús. De entre todos, Pedro, junto a aquel misterioso discípulo sin nombre, corrieron hacia el sepulcro.

El detalle que no podemos eludir en este evento es que todo estaba sucediendo en la madrugada del primer día de la semana, como indica el texto. Estaba amaneciendo; María va al sepulcro inventando pisadas entre una media oscuridad. Y más aún, sale corriendo, quizás tropezando, cuando va a dar el aviso de que algo malo estaba pasando. En esa misma semioscuridad, Pedro y el otro discípulo hicieron lo propio; se pusieron a correr acompañados de su tristeza y su desazón.

En la segunda escena, sucede el primer evento poco lógico ante los ojos humanos de los dos discípulos: estaban en el sepulcro todos los implementos mortuorios: los lienzos y el sudario… pero él no. Lo asombroso es que aquel discípulo sin nombre “vio, y creyó” (v. 8). Lo que Pedro pensó, sintió o intuyó quedará para siempre en la semioscuridad de aquella madrugada.

El evangelio cuenta que hasta ese momento no habían comprendido que Jesús vencería a la muerte, y con ella a todo el cúmulo de perversidades que el ser humano es capaz de cometer.

En la tercera escena, el relato continúa con la salida del sepulcro. Tanto Pedro como el otro discípulo siguen su camino en silencio, mientras María seguramente los veía alejarse sin entender lo que sucedía. Ella, como en el momento de la crucifixión, se quedó allí, con el llanto que sólo tienen quienes aman profundamente. Y sin detener el llanto, se acercó hacia dentro del sepulcro. Allí sucedió un nuevo suceso extraordinario: se encontró con dos ángeles, que para María eran sólo extraños que preguntaban por su llanto. “Se han llevado a mi Señor,” respondió María (v. 13).

Era “su” Señor, su maestro, su amigo. Era parte de su vida, de aquella vida en la que, con seguridad, había aprendido, junto a Jesús, que podía confiar en el otro, en los otros, porque ellos confiaban en ella. Aquella vida en la que, a pesar de las múltiples circunstancias de su cultura, religión y tiempo, ella se sentía sostenida por este grupo que más tarde sería el primer movimiento cristiano: su comunidad, su familia. Ese espacio en el que todos y todas querían comprender lo que Jesús predicaba y proclamaba, y las razones por las que sanaba (cf. Mt 4:23). Ese espacio en el que muchos y muchas esperaban poder actuar en consecuencia… aunque en esos momentos, estaban invadidos e invadidas por el inmenso temor de que si seguían los pasos de aquel maestro, podrían correr su misma suerte.

María responde a esos seres de luz con llanto y oscuridad en sus ojos, y ni siquiera ellos pueden iluminar la penumbra en la que estaba. Entonces nos encontramos con la última escena. Llega el momento del último sorprendente suceso, capaz de destruir la frágil y orgullosa lógica humana. Alguien por detrás le repite la pregunta: “Mujer ¿por qué lloras?” (v. 15). Ella, con la paciencia casi infinita de una mujer que está cansada por el dolor, responde una vez más. Y es en ese instante que el gran encuentro se da ante los ojos de aquella mujer triste, paciente y consecuente. Un tono de voz, sorprendentemente conocido, dice su nombre. Cesa el llanto, amanece, vuelve la luz. Es Jesús quien está delante de ella; María expande su vida una vez más, porque está viendo a su amigo con vida.

Este encuentro es un espacio de profunda intimidad. La mujer escucha su nombre y sólo atina a responder “¡Raboni!” que significa “mi maestro” (v. 16). Sí, es “su” señor y “su” maestro que está vivo y ha tenido la delicadeza de presentarse ante ella. Lo que sucede después se puede entender como un gesto de emoción de María, pues Jesús le dice “suéltame” (v. 17). Posiblemente María se había acercado a Jesús para abrazarlo, acariciarlo, sentir el cuerpo vivo que estaba mirando. Ese contacto humano que sin excepción necesitamos todas las personas en los momentos decisivos de nuestras vidas, cuando se dan encuentros que trastocan vidas y cambian la historia.

En este contexto, en este momento de cercanía entre Jesús y María, en este momento de complicidad entre los dos, encontramos en las palabras de Jesús un importante embalaje teológico: “Aún no he subido a mi Padre; pero ve a mis hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios’” (v. 17). Jesús no sólo envía a María a proclamar la buena nueva por excelencia, la de que ¡él vive!, sino que también le permite ver el sentido de esta buena nueva: aquellos y aquellas que lo siguieron, quienes escucharon y creyeron en él, son sus “hermanos.” En otras palabras, Jesús le está diciendo: “Somos familia, María. Este Dios al que llamo Padre es mío y también de ustedes.”

La orfandad humana, desde ese momento, ha perdido todo su sentido.

Dentro de este espacio de intimidad, detengámonos ante esta frase: “Mi Padre y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios,” una magnífica expresión de brazos extensos y de familiaridad. Expresión sumamente valiosa que descubre la familiaridad y también muestra solidaridad. Nos encontramos con un Ser que siendo Dios, se hace humano, y con unos humanos que con toda su fragilidad aceptan ser hijos e hijas de aquel Dios y hermanos y hermanas de su enviado.

Estos importantes encuentros se dan entre vidas que antes fueron extrañas: personas sin nombre, sin esperanza, sin consuelo. Entre hombres y mujeres cuyo contacto era visto con recelo por su cultura. Encuentros decisivos que son capaces de hacer comprender a estos y a aquellas que se puede apostar por los sueños y las reivindicaciones; por tiempos y espacios de vida más digna. Encuentros que nos muestran la responsabilidad de construir lazos fuertes de solidaridad en espacios de muerte, sufrimiento y lejanía.

Ayer y hoy la vida espera este tipo de encuentros. Cuando la muerte temprana acecha a cada instante. Donde, sin pensarlo mucho, estamos ante un pueblo sirio que es desinstalado de su tierra y sumergido en las tinieblas, el dolor y la desesperación. O cuando las políticas obscenas de algunos gobernantes generan muros en lugar de puentes. Cuando todas estas cosas suceden, es momento de levantarse de madrugada, caminar, correr, secar el llanto y esperar… entonces serán tiempos de resurrecciones, de cercanía, de complicidad, de abrazos, de anuncio, de puertas abiertas y de equidad. Porque sólo a través de esos encuentros seremos capaces de comprender y, aún más, de contemplar a un crucificado que vuelve a la vida para seguir tejiendo la historia, donde en la rutina de lo cotidiano y la soledad encontramos la calidez de la solidaridad y lo comunitario.