Transfiguration of Our Lord

El texto de hoy se inicia con una frase bisagra: “seis días después.”

And his clothes became dazzling white

Comentario del San Marcos 9:2-9

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El texto de hoy se inicia con una frase bisagra: “seis días después.”

¿Después de qué?

Obviamente que para descubrirlo tendríamos que leer, por lo menos, la parte final de Marcos 8. Pero surgirían más preguntas: ¿Después de que los discípulos no sabían responder quién era Jesús? ¿Después de que Pedro atinó, apenas, a confesar el carácter mesiánico de su Maestro? ¿O después de que Pedro “sermoneó” (epitiman en el original griego, que Reina Valera 1995 traduce como “reconvenirlo”) a Jesús? ¿O después de que Jesús llamó “Satanás” a Pedro? ¿O quizá después de que Jesús anunció su muerte? ¿O después de que el Maestro dio un discurso escatológico hablando sobre el “día del Hijo del hombre”? ¿O después de que Jesús anunciara que habría quien no moriría antes de ver “el reino”?

En cualquier caso, después de seis días viene lo que se ha dado en llamar “la transfiguración.”

El texto nos ubica en una de las tradiciones más antiguas del judaísmo para asegurar que algo era “verdadero” (emet en hebreo), esto es, la presencia de dos o tres testigos. En este caso: Pedro, Jacobo y Juan. Cuando para algún “hecho” se tenían tres testimonios, no se podía dudar de la veracidad del mismo.

Es evidente que el evangelista quiere presentar esta “teofanía” como algo verídico. En el caso de mi comentario a este texto, no considero necesario entrar en un debate respecto de la historicidad de la transfiguración, sino que quiero tratarlo como un hecho narratológico que tiene una función en el mensaje evangélico de Jesús.

Esta tradición de los testimonios se “trasciende” cuando hay otros testigos del hecho, esto es: Elías, Moisés y la voz desde la nube que afirma “Este es mi Hijo amado, a él oíd.”

Jesús ha estado dialogando con estos profetas tan emblemáticos: Moisés (Ley) y Elías (Profecía). Jesús vestido de ropas blanquísimas. Ni con el mejor blanqueador (gnapheus en el original griego, que Reina Valera 1995 traduce como “lavador”) del mundo se puede alcanzar esa refulgencia. Los discípulos están apabullados, al grado que ese impetuoso “Satanás”, Pedro, vuelve a “meter la pata”: “¡Rabí, quedemos acá y hagamos Sucot!”1 Este era el jolgorio más alegre del pueblo después de la temporada de trabajo campesino. La fiesta de las tiendas o de las enramadas (skenas es la palabra del original griego que Reina Valera 1995 traduce como “enramadas”) clausuraba las cosechas y se celebraba con danzas de doncellas vestidas de lino blanco resplandeciente que se acompañaban de canciones entonadas por varones que sonaban tambores y ondeaban ramas con sus manos.

Para Jesús el momento de la cosecha no ha terminado… “Esto” apenas comenzaba. No es que el maestro despreciara las fiestas; al contrario, le encantaba celebrar con la gente sencilla. Pero su ministerio apenas comenzaba como para “cantar victoria.”

Sabe que en determinadas circunstancias evadirse de la realidad con fiestas que te hacen vivir “en otra realidad” puede resultar peligroso. No es malo celebrar; lo complejo es olvidarse de que hay un camino para recorrer.

Jesús dialoga con la Ley y la Profecía, y es anunciado por la voz de la nube que protegió del sol al pueblo mientras estuvo en el desierto. Estas acciones preparan al maestro para su camino. Tiene que estar de acuerdo con el Espíritu de Sabiduría que sopló esperanza al pueblo en la antigüedad.

El milagro de la transfiguración no es, pues, la “trascendencia” del hecho que se narra, sino la renuncia de Jesús a la “tentación” de evadirse con aquel entorno celebrativo. El “verdadero” (emet) milagro de la transfiguración es su orientación a la inmanencia.

Después de “contemplar” aquella “teofanía,” los discípulos “vuelven en sí” abruptamente y se encuentran con que “miraron, no vieron a nadie más con ellos, sino a Jesús solo.” Y lo que tenían frente a sí era el camino del monte. Bajar la montaña era el verdadero milagro. Descender al pueblo donde aún había mucho para hacer.

El desafío estaba en que Jesús “les mandó que a nadie dijeran lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre hubiera resucitado de los muertos.”

La resurrección (anaste es la palabra que Reina Valera 1995 traduce como “hubiera resucitado”) es el Sucot adecuado. Es la fiesta final a pesar de la muerte. La alegría vence a la desdicha.

La palabra griega que usan los evangelios para decir “resurrección,” anastasis, de la que se derivan anaste usada aquí en el v. 9, y anastas, que apareció en Mc 1:35, en el texto de la semana pasada, significa literalmente insurrección (revolución). No es casual que sea la palabra que Marcos recoge de la boca de Jesús para decir que su proyecto se encamina a un hecho “resurreccional.”

Jesús no nos llama a que vivamos en el cielo, aislados en la montaña hasta la que desciende la nube que muestra a Moisés y a Elías. La “resurrección” está en el camino de la vida cotidiana. Ahí donde el contexto es de muerte, hay esperanza en que la vida se manifieste con la tremenda fuerza “revolucionaria” del proyecto de Jesús.

¡Que nuestras liturgias y cultos sean celebraciones que nos animen a afrontar la vida en el camino cotidiano y no fiestas que nos coloquen fuera del mundo para olvidarnos de él!


Nota:

1. Nombre en hebreo de la fiesta de las tiendas o de las enramadas.