Comentario del San Juan 17:1-11
La oración sacerdotal que Jesús hizo sobre sus discípulos/as en Juan 17 justo antes de ser traicionado por Judas y arrestado por las autoridades religiosas tenía el propósito de prepararles para su ausencia después de su crucifixión. Ellos/as sufrirían una gran pérdida con la muerte de Jesús, pero la oración al Padre en su favor tenía el propósito de interceder por ellos/as y quienes vendrían después de ellos/as para continuar la misión de la evangelización del mundo. En parte, la oración funciona casi como si fuera parte de un servicio de comisión donde Jesús ora para que sus discípulos/as entren en comunión plena con él y su Padre y sean guardados/as durante el tiempo de su ausencia.
De manera significativa, en el evangelio de Juan Jesús habla de su partida de manera eufemística, explicándola como su retorno al Padre. Por eso, a los capítulos 13 al 20 de Juan se les titula el Libro de Gloria. El relato de la pasión de Cristo en Juan comienza afirmando que Jesús sabía “que su hora había llegado para que pasara de este mundo al Padre” (Juan 13:1). Lo que es más, la imagen verbal de entender su muerte como partida se establece con el uso repetido de frases similares a “regresar al Padre” (Juan 7:33; 8:14, 21; 13:3, 33, 36; 14:2, 12, 28; 16:5, 7, 10, 28). De esta manera, para cuando la persona que lee llega al relato de la pasión, la idea de que Jesús regresará al Padre está muy clara: la muerte de Jesús en Juan es vista como el medio por el cual él regresa al Padre.
Aunque tardarían un poco en entender, Jesús les anuncia que la hora había llegado para que el Padre glorificara al Hijo y que en turno el Hijo glorificara al Padre (v. 1). Jesús quería que sus discípulos/as llegaran a conocer que el Hijo había venido al mundo para dar vida eterna a quienes creyeran en él (v. 2). Pero en vez de solo presentar el regalo de vida eterna como algo futuro, Jesús ora para que sus discípulos/as conozcan al Padre, “el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (v. 3). De esta manera Jesús aclara que entrar en plena comunión con el Padre y el Hijo es disfrutar de la vida eterna. Su muerte tendría el propósito de efectuar la redención, y con su retorno al Padre el vínculo relacional que había sido roto por causa del pecado sería restaurado.
El misterio de la encarnación del Hijo sería revelado con su glorificación, ya que ahora el Dios-hombre Jesucristo reuniría al ser humano con el Padre. Por eso, antes de cumplir con la obra redentora, Jesús ora por anticipado al Padre diciendo: “Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciera. Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo existiera” (vv. 4–5).
Es interesante pensar que Jesús podría haber extendido el tiempo de su ministerio terrenal para tener mayor alcance geográfico o haber venido en un tiempo cuando los medios de comunicación podrían haber difundido su mensaje con enorme amplitud. Pero la tarea que Jesús vino a realizar fue simplemente la de implantar el mensaje del evangelio en sus seguidores/as y entregar su vida en la cruz por la salvación de la humanidad. Una vez logrado precisamente eso, regresaría al Padre confiando en que sus discípulos/as cumplirían con la gran comisión de predicar el evangelio de salvación. Por lo tanto, en un acto de riesgosa delegación, Jesús decidió depender de que sus seguidores/as continuaran diseminando las buenas nuevas al resto del mundo.
Jesús describe la prueba de que los/as discípulos/as estaban listos/as para hacerse cargo de dicha labor de esta manera: “He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra” (v. 6). Estas palabras puntualizan un discipulado que es más que un mero aprendizaje de ideas. Jesús les había explicado su mensaje de una manera muy clara, y ellos/as habían llegado a conocer que dicho mensaje venía de Dios Padre (v. 7).
Pero con esto Jesús no se refiere a un vaciamiento de información como si se tratase de bajar contenido del internet. Los/as discípulos/as habían llegado a “guardar” o “atesorar” sus palabras en sus corazones, y ahora comenzaban a poner sus palabras por obra. Sus discípulos/as habían recibido las palabras del Hijo, entendiéndolas como un mensaje que venía directamente del Padre pues “las palabras que me diste les he dado; y ellos las recibieron y han conocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú me enviaste” (v. 8).
Sabiendo Jesús que lanzaría a sus discípulos/as a una misión determinante para la evangelización y transformación del mundo, ora por ellos/as para que “en el mundo” no fueran vencidos/as. La intercesión que Jesús hace por sus discípulos/as contiene una intencionalidad muy definida. No es una oración en general por todo ser humano que habita en el mundo (v. 10), sino que se enfoca en específico en sus discípulos/as que continúan sus labores en el mundo (v. 11). Conociendo la manera en que este mundo opera en contra de los designios de Dios y cómo el corazón humano tiende a conformarse al molde de este mundo, Jesús ora: “Guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros” (v. 11).
Este es el tipo de discipulado que debemos intentar duplicar e implementar en la iglesia: un seguimiento de Cristo que consista en una comunión total con la vida y el mensaje de Jesús. No es suficiente un aprendizaje de doctrinas que carezca del corazón y la empatía del evangelio que nos lleven a amar al prójimo como a nosotros/as mismos/as. En medio de un mundo crecientemente aislado y deshumanizador debemos recordar que Jesús no solo promete su presencia, sino que también intercede por nosotros/as.



May 17, 2026