Comentario del San Juan 8:31-36
En mi país se suele utilizar el término “los creyentes” para referirse a los seguidores y las seguidoras de Jesús. En ocasiones esa expresión resulta ser excluyente. Incluso se ha convertido en una etiqueta para referirse solamente a algunos grupos cristianos. En el texto del evangelio de Juan sugerido para el domingo de la Reforma resulta muy interesante que se señale expresamente que las palabras de Jesús están dirigidas a “los judíos que habían creído en él” (v. 31). Esta afirmación me hace preguntarme quiénes son, según el evangelio de Juan, los que han creído en Jesús.
En el contexto más inmediato se nos dice que Jesús ha estado enseñando en el Templo. El evangelista ha acumulado una gran cantidad de controversias a lo largo de los capítulos precedentes. Progresivamente en la narración, las enseñanzas y acciones de Jesús han ido agudizando la crisis suscitada entre las personas que le escuchan. Las respuestas de sus seguidores y seguidoras han tomado distintos caminos. Quienes escuchan a Jesús, ven sus milagros o son interpelados por su mensaje tienen opiniones divididas. Algunos han optado por marcharse. Otros permanecen indiferentes. En otros se agolpan las preguntas y se sienten dubitativos. Más adelante, algunos optarán por la oposición hostil y las acciones agresivas. Sin embargo, como señala Jn 8:30, también “muchos creyeron en él.”1
Por supuesto, el evangelista también señala, a lo largo de su narración en el evangelio, que muchos otros no creen en Jesús. Entre quienes se destacan por acentuar su posición incrédula se han de mencionar varias veces a los fariseos, los gobernantes y los principales líderes religiosos. Los hermanos de Jesús no creen en él (7:5). Las multitudes en varias oportunidades le rechazan manifestando así su incredulidad. Cuando los guardias del Templo regresan sin haber arrestado a Jesús por la admiración que les causaba su palabra, los fariseos los increparon diciendo: “¿También vosotros habéis sido engañados? ¿Acaso ha creído en él alguno de los gobernantes o de los fariseos?” (7:47-48). A medida que avanza la narración, las historias se entretejen para acentuar el escalamiento de la oposición entre quienes creen y quienes no.2
Mientras revisamos este listado, notamos que no hay un único patrón. Quienes creen en Jesús provienen de diferentes trasfondos. Se enfrentan a distintos desafíos. Sus historias de vida no son homogéneas, pero a partir de sus encuentros con Jesús sus vidas son transformadas. Se abre para ellos y ellas una vida totalmente nueva. Una en la que la confianza reemplaza la incertidumbre. Una en la que el gozo ahuyenta la desesperanza. Una en la que, a pesar de las pruebas, hay lugar para avanzar con la certeza de saber en quién se ha creído. ¿Quiénes son los y las que creen? Quienes aguardan la venida del Salvador. Quienes son sanados y sanadas. Quienes perciben en las señales hechas por Jesús signos del advenimiento del Señor. Quienes se enfrentan a las incertidumbres, las dudas y los desaprendizajes con la vulnerabilidad que desvela la fe. Unos y otros creen en Jesús. ¡¡¡Han sido hecho libres!!! Libres para confiar. Libres para descansar. Libres para soltar. Libres para cuestionar. Libres para seguir preguntándose y profundizando en la experiencia de su fe.
La amplia gama de ejemplos de quienes creen en Jesús ofrecida en el evangelio de Juan nos podría llevar a explorar, durante el domingo de celebración de la Reforma, por lo menos dos vías homiléticas: Una hacia quienes poco han escuchado de la Reforma (¡¡¡aunque parezca extraño en otros contextos, esto aún es posible y muy común en algunos lugares hispanohablantes!!!) y la otra hacia quienes nos identificamos con ella.
Para el primer grupo, valdría la pena resaltar la pertinencia de un mensaje que nos hace libres por medio de la verdad: “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (v. 32). La verdad de la condición humana. La verdad de nuestra incapacidad de amar a Dios como Dios debe ser amado. Una verdad que desenmascara nuestro amor al premio o temor al castigo.3 Una verdad incómoda y dolorosa, pero a la vez liberadora.
Para el segundo grupo, es importante notar la reacción hostil de quienes escuchan las palabras de Jesús. La triple respuesta de los interlocutores de Jesús (a. “Descendientes de Abraham somos”; b. “Jamás hemos sido esclavos de nadie”; y c. “¿Cómo dices tú: ‘Seréis libres’?”) enfatiza su terca obstinación. Demuestran que se apegan a sus seguridades y no reconocen su condición. El comportamiento descrito funciona como un espejo. Nos invita a preguntarnos si también nosotros y nosotras asumimos actitudes parecidas: “Ya somos cristianos; ¿de qué necesitamos liberarnos?” “Somos luteranos de cuna; no nos queda nada más que aprender.” “Su experiencia de fe es tan reciente que no encuentro nada que aporte a mi tradición de más de cinco siglos…”
La celebración litúrgica con motivo de la Reforma nos permite resaltar, entre muchas otras cosas, que Dios nos ha concedido la fe. A través de ella confiamos en la obra de Dios y nos abandonamos a su fiel cuidado. Celebramos que su obra en nuestro ser nos permite descansar de nuestros vanos esfuerzos. La conmemoración de la Reforma es una magnífica oportunidad para agradecer a nuestro buen Dios por el amor inmerecido que nos ha sido revelado en Cristo Jesús. Es un espacio para celebrar que su verdad nos ha liberado. Nos congregamos en torno a aquel que inspiró a mujeres y hombres en el siglo XVI a proclamar con valentía la buena noticia de la salvación. Recordamos los hechos ocurridos siglos atrás, pero también miramos hacia adelante preguntándonos cómo ese mensaje es liberador hoy en día. Nos gozamos de que el mismo Dios de aquel entonces continúa actuando en su iglesia. A través de sus hijas e hijos sigue anunciando su perdón gratuito; sigue transformando nuestro mundo. Haciendo que nos tornemos desde la injusticia y la maldad hacia el servicio fundado en el amor. Hoy seguimos siendo liberados por gracia para que descansemos con la confianza en Dios.
Notas
- La pregunta anterior puede ampliarse un poco más para abarcar la totalidad del cuarto evangelio. En tal sentido podemos preguntarnos: en San Juan, ¿quiénes son los judíos que creen en Jesús a lo largo de la narración? La lista a continuación no pretende ser exhaustiva. Sin embargo, podemos mencionar algunos ejemplos. Los primeros discípulos: Andrés, Simón Pedro, Felipe, Natanael (1:49). Los creyentes “anónimos” de quienes sólo conocemos que “muchos creyeron en su nombre al ver las señales que hacía” (2:23). ¿Será que también Nicodemo? (Compare cap. 3 y cap. 7:45–53.) La mujer samaritana (cap. 4) y muchos de los samaritanos y samaritanas que vivían en su pueblo (4:39). Al no poseer la nacionalidad del personaje mencionado en el capítulo 4:46–54, nos podemos preguntar si acaso también ese funcionario real cuyo hijo estaba enfermo y toda su familia pueden entrar en esa lista.
- Por ejemplo, en el cap. 6 se menciona que, al ver la señal de la multiplicación de los panes y los peces, los seguidores y seguidoras de Jesús se hallan ante una fuerte encrucijada: aceptar las palabras duras que se les están manifestando o marcharse. Luego de algunos versículos, particularmente al terminar la controversia que genera la enseñanza de Jesús sobre el “pan del cielo,” parece que se ha perdido toda esperanza. La enseñanza de Jesús ha ocasionado la partida de potenciales seguidores y seguidoras. Sin embargo, “muchos de la multitud creyeron en él” y hasta se preguntaban “el Cristo, cuando venga, ¿hará más señales que las que éste hace?” (7:31).
- Esta comprensión teológica es atribuida de manera destacada a Martín Lutero. Aunque se puede encontrar en muchos de sus escritos, su Comentario a la Carta a los Romanos es un buen lugar para conocer de cerca su comprensión al respecto. Para Lutero, nuestro esfuerzo por cumplir las leyes divinas radica en nuestro amor al premio o temor al castigo. Una genuina obediencia sólo puede surgir, de forma espontánea y alegre, cuando es creada por la fe.



October 25, 2026