Decimotercer domingo después de Pentecostés

El modelo de Jesús

God Touches Jeremiah's Mouth

Comentario del San Mateo 16:21-28

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El modelo de Jesús

En el pasaje anterior Pedro desvela que Jesús es el Mesías. No obstante, esta revelación deben mantenerla en secreto (16:20). En privado, Jesús manifiesta a sus discípulos lo que implica el tipo de mesiazgo que está desarrollando. No será un mesías militar ni político, como muchos esperaban en aquel tiempo, y por lo tanto, no hará imponer el reinado de Dios por medio del poder y la autoridad bélico-política. En lugar de fuerza e imposición, adoptará la vía sufriente expresada en Isaías (Cf. Is. 42:1-7; 49:1-9; 50:4-11; 52:13-53:12).

Les dice (v. 21) que en vez del favor de las autoridades religiosas, que es lo que aparentemente le daría garantías de su mesiazgo, encontrará su oposición. En Jerusalén tendrá que padecer mucho por parte de los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas. Aquellos que eran los expertos en la fe, los que velaban por la religión del pueblo, rechazarán a Jesús hasta procurar su muerte.  

Aunque en el v. 21 Jesús anuncia que al tercer día resucitará, siendo eso la promesa de que Dios vindicará a su siervo, Pedro se ha quedado eclipsado por el “aparente” camino de fracaso y humillación. Por eso aparta a Jesús para reconvenirle: “Señor, ten compasión de ti mismo. ¡En ninguna manera esto te acontezca!” (v. 22).

Pedro no se da cuenta de que sus palabras equivalen a seguir otro modelo de mesiazgo, uno triunfalista similar al que Satanás propone a Jesús en el relato de las tentaciones (Mt 4:1-11). En las tentaciones, de manera anticipada, quedan reflejados los rasgos característicos del ministerio de Jesús, así como todo aquello que rechaza (esto implica la seducción de los medios políticos, económicos y religiosos).1 Quizá esto pase desapercibido al lector o a la lectora común, pero apenas hay discrepancias entre los comentaristas bíblicos y los exégetas.

Ambos, Satanás en el relato de las tentaciones (Mt 4) y Pedro ahora, representan la ideología de poder, ambición y dominio que tienta a los seres humanos. Pedro y Satanás instan a Jesús a abandonar el modelo de siervo sufriente con el que está comprometido, ofertándole un itinerario ministerial más fácil y triunfalista.

En vista de la “tentación” de Pedro, Jesús, evocando al pasaje de las tentaciones, le llama Satanás (v. 23): “¡Quítate de delante de mí, Satanás! Me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en la de los hombres.”

Un aspecto que podemos resaltar en nuestro sermón es el contraste con la porción de la semana anterior. Anteriormente, Pedro había reconocido a Jesús como el Cristo (v. 16) y esto había sido por un discernimiento dado por Dios (v. 17). Sin embargo, aunque convencido de que Jesús era el Mesías, de lo que no estaba persuadido era sobre su modelo sufriente. No cabía en su comprensión condicionada por las expectativas mesiánicas populares. Un mesías que parece seguir un modelo fracasado que le conduce a la muerte no podía ser lo deseable.

Nuestro discipulado

Podemos reconocer a Jesús como Mesías, Hijo del Dios viviente, pero no comprender del todo su modelo. A la vista está que “el Cristo” que muchas veces se predica en la actualidad aparece envuelto en teologías triunfalistas como las del evangelio de la prosperidad, que tan digerible resulta. El modelo de Jesús es el de la cruz; no el del triunfalismo según los estándares de autoridad y dominio (económicos, políticos, bélicos, de ostentación milagrera…). El camino de la iglesia, igual que el suyo, es el camino difícil, el camino del servicio y de la cruz, pero a veces deseamos el control, la apariencia y la fuerza para imponernos al mundo.2

El v. 24, expresado con el estilo de la tradición sapiencial de Israel,3 refuerza esta idea. Jesús tiene claro su modelo de vida y de entrega de sí mismo. Si alguien quiere ser su discípulo tiene que adoptar su programa, que se efectúa mediante la vía del servicio, por la que nos corresponde negarnos a nosotros/as mismos/as cargando con nuestra cruz.

En lugar de perder nuestra vida empleándola en nuestro propio beneficio, la recobraremos genuinamente viviéndola por causa de Cristo (v. 25). La causa de Cristo es la del ser humano. El camino del discipulado, al igual que el de Jesús, es el de la “pro-existencia,”4 que consiste en vivir para Dios a través del servicio a nuestros prójimos. Es donarse a los demás. Como se expresa en 1 Co 10:24: “Nadie busque su propio bien, sino el del otro” y en Fil 2,3b: “estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo.” El camino de la cruz es el de entregarse a los demás por amor, aunque eso signifique persecución y condena.

Mons. Oscar Romero dijo: “Una iglesia que no sufre persecución, sino que está disfrutando los privilegios y el apoyo de las cosas de la tierra ¡tenga miedo! No es la verdadera iglesia de Jesucristo.”

Los ejemplos de Carola Rackete, detenida por salvar vidas en el Mediterráneo, o de Scott Warren, detenido por proporcionar agua y comida a inmigrantes en la frontera de Arizona, muestran que hay contextos en los que la ayuda al prójimo puede transgredir el marco legal. Es difícil negarse a uno/a mismo/a y sufrir persecución o condenación por dar vida a otros. Desde la lógica del imperio de este mundo, esta forma de vivir parece innecesaria y absurda, pero son las bases del reino.

Quien quiera mantener su vida (salvarla para sí), estará perdiendo por completo el sentido de vivir desde los parámetros del nuevo reino, en el que se construye una sociedad más justa. Desafiemos en nuestro sermón un cristianismo acomodado y burgués.

Como en tantas ocasiones, Jesús acaba su disertación dejándonos ante una decisión. Nuestras obras tienen recompensa. En efecto, siendo agentes del reino, no gustaremos la muerte sin haber visto al reino manifestado anticipadamente en nuestra forma de vivir (v. 28).


Notas:

1. J. Moltmann, El Espíritu de la vida.Una pneumatología integral (Salamanca: Sígueme, 1998), 77.

2. W. Brueggemann, La Biblia, fuente de sentido (Barcelona: Claret, 2007), 75.

3. E. Schillebeeckx, Jesús. La historia de un viviente (Madrid: Trotta, 2002), 276.

4. Este término, entendido como ser para las otras personas, es utilizado por ejemplo por Jon Sobrino en su Resurrección de la verdadera Iglesia: Los pobres, lugar teológico de la eclesiología (Santander: Sal Terrae, 1984), 61.