Segundo domingo después de Pentecostés

Más allá de las fronteras religiosas y sociales

Detail from Caravaggio's
Image: Caravaggio, Detail from "The Calling of Saint Matthew," 1609. via Wikimedia Commons.

June 7, 2026

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Comentario del San Mateo 9:9-13, 18-26



Al leer las porciones del evangelio de Mateo reunidas en este pasaje, surgen algunas inquietudes profundamente espirituales y también profundamente humanas. ¿Dónde se encuentra realmente el corazón del culto que Dios espera? Y, junto a esto, ¿puede haber una adoración verdadera incapaz de conmoverse ante el sufrimiento humano? O, dicho más explícitamente: ¿qué lugar ocupa la misericordia en la experiencia de adoración?

Misericordia o vacío

Mateo desarrolla estas preguntas reuniendo escenas que, a primera vista, parecen avanzar en distintas direcciones. Sin embargo, todas terminan girando alrededor de una misma tensión: mientras hay quienes intentan proteger fronteras religiosas, Jesús se acerca una y otra vez a personas consideradas impuras o indignas.

No resulta casual que todo comience alrededor de una mesa. Jesús llama a Mateo, el cobrador de impuestos, y poco después aparece compartiendo la comida con publicanos y pecadores. Para los fariseos, aquello resulta escandaloso. Compartir la mesa significaba cercanía y comunión. Era también una manera de definir quién tenía lugar dentro de la comunidad y quién permanecía afuera.

Precisamente allí aparece una de las tensiones centrales del evangelio: mientras hay quienes intentan proteger fronteras religiosas, Jesús comienza a mostrar que el verdadero culto a Dios no puede separarse de la misericordia hacia las personas heridas y excluidas.

La respuesta de Jesús resulta profundamente provocadora: “Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos” (v. 12). Jesús no habla desde una religión obsesionada con preservar distancias, sino desde la lógica de la compasión. Y enseguida añade una frase decisiva citando al profeta Oseas: “Misericordia quiero y no sacrificios” (v. 13).

La frase conserva una enorme fuerza incluso hoy. Jesús no está simplemente rechazando las prácticas religiosas. Está cuestionando una espiritualidad incapaz de conmoverse ante el sufrimiento humano. Los sacrificios, las normas o los rituales de pureza religiosa desconectados de las heridas concretas de las personas terminan vaciándose de sentido.

Mirando desde nuestros días, vemos que hoy también existen formas de religiosidad profundamente preocupadas por defender doctrinas, preservar identidades religiosas o marcar fronteras morales, mientras el sufrimiento humano permanece demasiado lejos de sus prioridades reales. Vemos comunidades capaces de debatir durante horas sobre pureza, moralidad y verdad; o sobre pecado, juicio y condenación; pero mucho menos preparadas para escuchar el dolor y acompañar las múltiples heridas de la vida humana. A veces resulta más fácil proteger sistemas religiosos que acercarse a las heridas concretas de las personas. Frente a todo eso, Jesús vuelve a colocar la misericordia en el centro.

Misericordia que restaura dignidad

Por eso, después de la discusión sobre la misericordia y el sacrificio, el evangelio muestra inmediatamente cómo Jesús encarna aquello que acaba de decir. La compasión deja de ser una idea religiosa abstracta y comienza a tomar forma en encuentros concretos con personas heridas, excluidas y vulnerables.

Mientras Jesús camina hacia la casa de un dirigente cuya hija acaba de morir, aparece una mujer que llevaba doce años sufriendo hemorragias. Según las normas de pureza de la época, vivía permanentemente marcada como impura. No solo sufría una enfermedad; cargaba también con la vergüenza, el aislamiento y la exclusión.

Mateo deja entrever hasta qué punto ciertas formas de pureza religiosa podían terminar convirtiéndose también en formas de aislamiento humano. La enfermedad no afectaba solamente el cuerpo de aquella mujer. Terminaba condicionando sus vínculos, su participación en la comunidad y hasta su propia manera de mirarse a sí misma.

Pero precisamente allí ocurre algo decisivo: Jesús no responde tomando distancia ni reforzando las fronteras religiosas que la mantenían apartada. La llama “hija” (v. 22). Y en esa sola palabra devuelve públicamente dignidad, pertenencia y reconocimiento a quien durante demasiado tiempo había aprendido a vivir sintiéndose invisible.

Tal vez esa sea una de las dimensiones más profundas de la misericordia en el evangelio de Mateo: no limitarse solamente a aliviar sufrimientos individuales, sino restaurar plenamente la humanidad de las personas heridas. Jesús no mira a aquella mujer como un problema religioso que debe mantenerse a distancia, sino como una vida humana digna de ser acogida y reintegrada a la comunidad.

Sin misericordia no hay adoración

Las distintas escenas del evangelio comienzan entonces a iluminarse mutuamente. La mesa compartida con pecadores, la mujer excluida y la niña que vuelve a levantarse dejan de ser episodios aislados. Mateo los reúne para mostrar que la misericordia de Jesús nunca permanece en el nivel de las ideas religiosas. Se convierte en restauración concreta de dignidad, en ruptura de fronteras sociales y religiosas, y en posibilidad de volver a vivir cuando otros ya solo ven exclusión o desesperanza.

Quizá por eso este evangelio continúa teniendo tanta fuerza para las comunidades cristianas de hoy. También nuestro tiempo está atravesado por múltiples formas de exclusión: personas descartadas por su pobreza, por su historia personal, por su condición migratoria o por experiencias que otros consideran motivo de vergüenza. Existen además heridas secretas que muchas personas cargan silenciosamente, incluso dentro de la iglesia: culpas, soledades, temores o sentimientos profundos de indignidad.

En Jesús, la misericordia siempre toma cuerpo en gestos concretos que devuelven dignidad y vida. Tal vez por eso una de las preguntas que este evangelio deja hoy a la iglesia sea precisamente esa: ¿Qué tipo de comunidad estamos construyendo, y qué lugar ocupan la compasión y la misericordia como expresión concreta del evangelio de Jesús?

Porque, al final, el verdadero culto a Dios no tiene tanto que ver con palabras, doctrinas, rituales o estructuras, sino con la capacidad de encarnar el amor, la compasión y la misericordia al estilo de Jesús. La iglesia está llamada a ser una comunidad que aporte sanidad, esperanza y sentido a tantas personas que cargan heridas, desprecios y dolor.

Ceiling, Salzburg Cathedral
Ceiling, Salzburg Cathedral. Image by Marco Sacchi via Flickr; licensed under CC BY-SA 2.0.

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