Comentario del San Juan 10:1-10
El Evangelio de Juan relata una conversación de Jesús con los fariseos de Jerusalén. Ellos se consideraban la autoridad espiritual del pueblo. Pero ejercían una autoridad rígida, cerrada, opresiva. Por eso no gozaban demasiado del aprecio de la gente. En cambio, Jesús aparecía con una autoridad muy diferente; y la gente corría detrás de él, estaba pendiente de sus palabras, y hasta se olvidaba de comer con tal de escucharlo. Eran dos estilos distintos de autoridad, dos maneras de ser dirigentes. Los fariseos se preguntaban cómo hacía Jesús para tener semejante ascendencia sobre el pueblo. Entonces Jesús les responde con una comparación: “De cierto, de cierto os digo: El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, ése es ladrón y salteador. Pero el que entra por la puerta, el pastor de las ovejas es” (vv. 1-2). Y sin duda, la puerta de entrada hacia cualquier persona es el amor.
Es que el tema de la autoridad es delicado en todos los ámbitos: la familia, el trabajo, la sociedad, la iglesia. Porque instintivamente nos rebelamos cuando vemos que quien tiene autoridad pretende imponerse por la fuerza. Jesús supone que la autoridad es necesaria. Pero la cambia radicalmente, colocándola como un servicio a las personas. Para Jesús, la autoridad sobre las personas se ejerce desde el amor. Quien no entra por esa puerta es un ladrón. Está robando la dignidad de los demás.
En este pasaje encontramos una hermosa lección para los padres, los esposos, los amigos, las personas mayores, y toda persona que de algún modo está constituida en autoridad. La experiencia demuestra que los mejores resultados no se consiguen con las amenazas, los gritos, la fuerza o la prepotencia. Porque de esa forma la gente termina obedeciendo, pero por miedo. Eso, para Jesús, es entrar por la ventana de la gente. Y quien entra por la ventana nunca es bienvenido. Así no se consigue que las personas abran las puertas de su interior.
Según el evangelio, hay que saber ganarse el derecho a la intimidad de la otra persona. Y eso se logra con la comprensión, el cariño, la atención, el servicio. Algunos padres se quejan de que sus hijos no les cuentan nada. ¿Y cuándo se ganaron el derecho a su intimidad? Hay esposos que se lamentan del silencio de su cónyuge. O hermanos que reclaman que su hermano no les participa lo que sucede en la familia. ¿Y por qué habrían de hacerlo, si no encontraron un interés de amor en la otra persona? Hay padres que creen que van a conseguir ascendencia sobre sus hijos comprándoles cosas, dándoles lo que piden, encubriendo sus errores, consintiendo sus travesuras. Pero los niños se dan cuenta cuándo lo hacen por amor a ellos, y cuándo por comodidad. Cierta vez leí una viñeta graciosa, de un pequeño que decía a su mamá: “Ufa, mamá, siempre me dices lo mismo: ‘Lávate las manos para comer, fíjate al cruzar la calle, no subas a los techos…’ ¿Sabes cómo me tienes?’ ‘¿Cómo te tengo?,’ pregunta su mamá. El niño piensa un momento y dice: ‘¡Me tienes bien cuidadito!’” Los niños advierten cuándo los adultos ejercen la autoridad con amor, para protegerlos, y cuándo lo hacen por egoísmo o comodidad. Y lo mismo ocurre entre los adultos. Muchas veces damos consejos a otros pensando en nuestra conveniencia, no en la de la otra persona.
Una mañana, un hombre llegó a la escuela de su hijo para una reunión de padres. Estaba molesto porque había tenido que suspender una reunión importante en el trabajo. La maestra explicó el motivo de la reunión, pero él casi ni atendió, pensando cómo resolver el negocio que dejó pendiente en su oficina. En eso oyó: “¡Nico Rodríguez! ¿Está el papá de Nico Rodríguez?” “Sí, sí,” contestó, y pasó a recibir la libreta de su hijo. “¿Para esto vine?,” pensó. Se puso a verla, y solo tenía 6 y 7. Se enojó: “¿Cómo puede tener calificaciones tan bajas? Ya me oirá cuando llegue a casa.” Al entrar a su hogar, el hijo corrió a abrazarlo: “Hola papi.” “¡Qué papi ni nada! Te doy todo, no te falta nada, ¿y tiene estas calificaciones? ¿Cómo es posible?” Lo regañó y lo puso en penitencia. Su mujer no dijo nada. Cuando se acostaron, ya más tranquilo, ella le pasó la libreta y le dijo: “Léela despacio.” Él volvió a leerla y vio que decía: “Libreta de calificaciones del hijo a su papá, según el tiempo que le dedica: en conversar con él cuando llega a casa, 6; en ayudarlo a hacer los deberes, 6; en jugar con él, 7; en llevarlo a pasear, 6; en contarle un cuento antes de dormir, 7; en darle abrazos, 6.” El hombre quedó petrificado. Sobre todo, por las notas. Su hijo le había puesto 6 y 7 a él. Él no se habría puesto ni un 3. Corrió a la habitación de su hijo y lo abrazó. Este dormía. ¡Cómo hubiera querido retroceder el tiempo, pero era tarde! Ya había ejercido su autoridad desde el propio interés, y no desde el diálogo del amor. Cuántas heridas abiertas hay a nuestro alrededor, porque hemos entrado por la ventana de la gente. Porque tratamos a los demás según nuestro beneficio, nuestra conveniencia, nuestros gustos, o según cómo nos trataron a nosotros durante el día, y no de acuerdo con lo que le hace bien a la otra persona. Y el evangelio nos recuerda que quien entra por allí es un ladrón. Porque le roba al prójimo su paz, su autoestima, su valía, su equilibrio interior.
Luego Jesús pronuncia una de las frases más extraordinarias de todo su evangelio, y más reveladoras de su doctrina: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (v. 10). Según esto, todo el evangelio, todo su mensaje, más aún, la fe misma, la iglesia, los sacramentos, la institución, en fin, la religión entera, tienen que estar pensadas para que el ser humano sea feliz y se sienta bien. Desgraciadamente, hemos hecho del cristianismo una religión del miedo, del castigo y el dolor, que ha quitado la vitalidad a muchas personas. Muchas veces hemos hablado más del diablo y del infierno que de la felicidad. Del castigo por los pecados que de su amor infinito. Nos hemos impuesto mortificaciones, privaciones, sufrimientos físicos, como si eso fuera agradable a Dios, o como si se tratara de una práctica religiosa. ¿Acaso alguno de nosotros/as gozaría al ver a su hijo autocastigarse en homenaje a nosotros/as? Demasiada dura es ya la vida, y demasiados sinsabores tiene, como para que la religión le añada nuevos padecimientos. El mensaje de Jesús es para transmitir vida. Y si una práctica religiosa fomenta el sufrimiento, causa inquietud, o provoca angustia o temor, no proviene de Jesús, porque él quería que tengamos vida y la tengamos en abundancia.
Cuentan que un viejo monje todos los días debía cruzar un largo arenal para recoger la leña que necesitaba para el fuego. En verano, cuando el sol ardía, el camino se hacía interminable. Por fortuna, en medio del arenal había un pequeño oasis de aguas cristalinas que mitigaban su sed. Un día, el monje pensó que debía ofrecer a Dios el sacrificio de no beber de la fuente, y regalar a Dios el sufrimiento de su sed. Esa primera noche, el monje descubrió con gozo que en el cielo había apareció una nueva estrella, brillante, alegre, surgida gracias a su renuncia. Desde ese día el camino se le hizo más corto, el sudor era casi una alegría y renunciar a la fuente se volvió sencillo, por el gozo de ver “su” estrella encenderse cada noche en el cielo. Era un testimonio de que Dios estaba contento con él. Un día el monje debió hacer su camino junto a un joven novicio. El muchacho, cargado con las pesadas leñas, sudaba y sudaba. Cuando vio la fuente, dio un grito de alegría: “Mire, padre, una fuente.” En un segundo cruzaron mil imágenes por la mente del monje: si bebía, aquella noche la estrella no se encendería en su cielo; pero si no bebía, tampoco lo haría el muchacho. Y, sin dudarlo un segundo, se inclinó hacia la fuente y bebió. Tras él, el novicio, gozoso, bebió también. El anciano se llenó de tristeza. Ese día Dios no estaría contento con él, y no se encendería su estrella. Pero no dijo nada para no entristecer al muchacho. Al llegar la noche, el monje no se atrevía a levantar los ojos al cielo. Y cuando al fin lo hizo, con tristeza en el alma, vio que en el cielo se habían encendido no una, sino dos estrellas. Entonces comprendió la frase evangélica que dice que Dios ama más la misericordia que todos los sacrificios. Entendió que lo que Dios mide es el amor con que se hacen las cosas. Descubrió que hacer feliz al prójimo es más meritorio que todas las privaciones, y que uno no debe mortificarse nunca mortificando a los demás. Porque en el alma de las personas se encienden tantas estrellas como personas amamos.
La felicidad no es para la otra vida. Es para esta vida. Y quien sigue a Jesús debe reflejarla, como señal de que ha comprendido su mensaje. Porque si un pequeño charco de agua es capaz de reflejar el cielo, quien cree de verdad debe poder reflejar la buena noticia de Jesús en su vida.



April 26, 2026