Bautismo de Nuestro Señor

El éxodo a una vida nueva en Jesús

Baptism of Christ

Comentario del San Marcos 1:4-11

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El contexto de la lectura bíblica asignada para el primer domingo después de la Epifanía de nuestro Señor es el desierto. Según los detalles de los vv. 4 y 5, este desierto que hoy es llamado desierto de Judea estaba ubicado entre Jerusalén y el río Jordán. Como sigue sucediendo hoy en día, este paisaje natural sufría por la aguda escasez de agua durante la mayor parte del año. En el tiempo antiguo, el agua de esta área era abundante solamente en los días de la cosecha. En Josué 3:15 se describe que el río Jordán estaba desbordado por todas sus riberas durante los días de la cosecha y que, por este fenómeno natural, los migrantes israelitas no pudieron cruzarlo sin una intervención divina. Es muy posible que las doce piedras que conmemoraban lo que Dios hizo por su pueblo en el tiempo de Josué (Josué 4) fueran parte del mismo paisaje en el tiempo de Juan de Bautista. Si no estaban presentes físicamente en el paisaje, los rabinos del primer siglo habrían asegurado al menos que los judíos que acudían a Juan para ser bautizados en el río Jordán (v. 5) tuvieran las doce piedras presentes en sus memorias. En las palabras de Josué, “cuando el día de mañana os pregunten vuestros hijos: ‘¿Qué significan estas piedras?,’ diréis a vuestros hijos: ‘Israel pasó en seco por este Jordán’” (Josué 4:21-22).

La cita divina en el río Jordán que vemos en nuestro texto refleja una nueva conmemoración del poder de Dios. En lugar de secar el agua torrentosa, Dios usó el agua de este río para marcar el perdón de los pecados y la inauguración del tiempo nuevo del salvador Jesús. Es interesante que los nombres “Jesús” y “Josué” vienen ambos de la misma raíz hebrea shua que significa salvación. Aunque sus nombres significan lo mismo, estos dos líderes de Dios llegaron a las aguas del río Jordán para iniciar dos misiones opuestas de salvación. Para Josué, su misión de salvación estaba definida por la teología deuteronomista, una tradición patriarcal para la cual la salvación venía por medio de la obediencia a la Tora y la violencia (Deuteronomio 4:1-4). Para Jesús, su llegada al río Jordán representaba el inicio de una nueva era de salvación fundada en la gracia de Dios y no en su ira.

Este paisaje se asocia también con la visión profética del segundo Isaías (Isaías 40:3). Desde los tiempos del exilio babilónico, se tenía la esperanza de que Dios regresaría con su pueblo a una nueva Jerusalén. En la versión de esta esperanza del segundo Isaías, el retorno de los exiliados judíos a Jerusalén representaría un nuevo éxodo por el desierto. Para Marcos, la voz anónima de Isaías 40 que proclamaba este evento salvífico era Juan el Bautista. Su predicación del bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados preparó un nuevo éxodo, no a una nueva Jerusalén, sino a una vida nueva en Jesús. Como dice el v. 5: “Acudía a él toda la provincia de Judea y todos los de Jerusalén, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados.”

Respecto del nuevo acto de Dios en el río Jordán, el bautismo practicado por Juan (en el original griego se usa el sustantivo baptisma en el v. 4 y la forma verbal ebaptizonto en el v. 5), hay evidencias de que en el primer siglo de la era común los peregrinos judíos tenían que purificarse en el agua de un mikva‘ot (un baño ritual) antes de entrar al templo de Herodes. Los dos componentes principales de este rito judío eran el agua y la inmersión. Es muy probable que este fuera el trasfondo del bautismo de Juan en Marcos 1. En lugar de sumergir a la gente en un baño de agua, Juan el Bautista utilizó el río Jordán que tenía un lugar significativo en la historia de Israel. Al cruzar este río, los israelitas dejaron de ser migrantes y se convirtieron en residentes de la tierra prometida. Las personas bautizadas en el río Jordán, mientras tanto, accedieron a un nuevo estado de perdón.

Según la interpretación que hace Marcos de Isaías 40:3, la actividad salvífica en el desierto no terminó con Juan. Él solamente preparó el camino para un verdadero salvador mejor que Josué del Antiguo Testamento: “Viene tras mí el que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar, agachado, la correa de su calzado” (v. 7). Según el v. 9, Jesús se sumó al nuevo éxodo por el desierto, habiendo viajado desde Nazaret de Galilea. Es interesante que no se hace ninguna referencia a Nazaret en el Antiguo Testamento. Además, Marcos es el único evangelio que no menciona a Belén en conexión con Jesús. Como quienes lo hacían desde Jerusalén, Jesús llegó al río Jordán no para cruzarlo sino para “ser cruzado” por su agua: “Luego, cuando subía del agua, vio abrirse los cielos y al Espíritu como paloma que descendía sobre él” (v. 10). Podemos imaginarnos que, al enderezarse después de haber estado sumergido, el agua del río Jordán “cruzaba” todo su cuerpo, cayendo de su rostro, hombros, manos y piernas. Y el pasaje no termina con la voz audible de Juan el Bautista sino con la voz de Dios. En lugar de venir de un desierto, esta voz divina viene de los cielos que es el lugar donde habita Dios. Como vemos en una de las primeras teofanías en Génesis 21, desde este lugar celestial Dios oyó el llanto del hijo de Agar (Génesis 21:17) y luego salvó sus vidas en el desierto con la provisión de agua (Génesis 21:19). Aquí en Marcos 1, tras el bautismo en las aguas del Jordán, la voz del cielo declara que Jesús es su hijo amado (v. 11). Por intermedio de él vendría un agua nueva (bautismo) que es el Espíritu Santo. Esta agua traería vida en el desierto: “El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva” (Juan 7:38).