< May 29, 2011 >

Comentario del San Juan 14:15-21

 

El tono de desazón e incertidumbre de los discípulos presente en el texto del domingo pasado recibe ahora una respuesta clara de Jesús.

Aflora una promesa que va más allá de las expectativas iniciales, pues Jesús revela un modo de presencia entre sus discípulos que se manifiesta a través del amor. Así se expone como Dios se hace uno con la humanidad y vive en cada uno de sus miembros en el Espíritu. El pasaje se hace eco de dos aspectos de la historia del Éxodo de Israel: una comunidad que se halla en camino, y la presencia de Dios en medio de los suyos.1 Ahora, en ese caminar del amor,  Dios se hace uno con nosotros en Cristo por el Espíritu.

Podemos distinguir tres momentos en este pasaje. El primero (vv. 15-17) abre con la temática del amor y guardar los mandamientos de Cristo (cfr. 13:34: "les doy un mandamiento nuevo, que se amen los unos a los otros...como yo los he amado"). Por primera vez Jesús menciona el amor de sus discípulos hacia él, lo que connota un llamado a un nuevo nivel de comunión y adhesión. Es interesante que no aparece ninguna normativa sobre cómo este amor deba expresarse, ni tampoco una lista minuciosa sobre los mandamientos. No se trata de enseñar normas que permanecen externas a los discípulos, sino dejar que la figura de Cristo se manifieste entre los discípulos y se exprese  en el mandato del amor. Cumplir los mandamientos y amar son la misma cosa, pues refiere a la nueva existencia Cristiana de ser totalmente conformados a Cristo. Esta conformación manifiesta la presencia de la divino, pues el mismo Espíritu estará presente. De ahí que el texto introduzca la figura del Paráclito (paraklétos, derivado de parakaleo: el que es llamado para asistir, el que ayuda), el Espíritu de la verdad. Este es un Espíritu que no puede ser reconocido por el "mundo," entendiendo que mundo (kósmos) en el evangelio de Juan refiere al orden injusto, lo que se opone a los designios de Dios, lo que socava la verdad y el amor. Este Espíritu acompañará a los discípulos manteniendo viva la presencia de Jesús entre los suyos, y fortaleciéndolos en su confrontación con el odio y la injusticia.  

La segunda parte (vv. 18-20) realza la promesa: Jesús no dejará nunca a los discípulos desamparados, huérfanos. Esta expresión tiene una fuerte connotación pues evoca la figura de la orfandad en el Antiguo Testamento como estado de indefensión y objeto de numerosas injusticias. Dios se manifiesta a los suyos, quienes podrán "ver" la presencia de lo divino en medio de las oscuridades de este mundo. La promesa es clara: "Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y ustedes en mí y yo en ustedes" (v. 20). La unidad y comunión que Jesús experimenta en el Padre, ahora es prometido y será comunicado a sus discípulos. En Cristo, unidos en su amor, dejamos la orfandad para ser ahora hijos e hijas de Dios.

La tercera parte (v. 21) cierra nuevamente con la temática del amor y el cumplimiento de los mandamientos. Cumplirlos significa ser transparentes a la figura de Cristo, que se expresa en el amor por los otros. Es este amor lo que ahora revela la presencia misteriosa de Dios que puede hacer surgir cosas desde la nada. Eso es lo que hace el amor. Por ello Jesús promete manifestarse a los que cumplen sus mandamientos, no en el sentido de una 'recompensa', sino porque ese amor es ya presencia de Dios entre los suyos. Amar es así participar del movimiento de Dios hacia sus criaturas, un amor que nos va haciendo verdaderamente personas.   

Sugerencias para la predicación
¿Qué sucede cuando una persona querida está por partir? ¿Tratamos de alargar los días? ¿Nos prometemos que nunca nos olvidaremos, que el otro/a siempre permanecerá en nuestra mente y corazón?  ¿Buscamos gozar de cada momento como si fuera el último? Sin lugar a dudas las despedidas y las partidas, los desencuentros y las ausencias, nos producen dolor. No queremos que la persona querida se vaya, pues con su partida un pedazo de nosotros se va también.

Seguramente conocemos ese sentimiento de desazón, ese dolor por lo que se va. Transiciones en la vida, una hija que se va a estudiar, un amigo que se va a trabajar a otro país, los abuelos que vuelven a casa después de un verano compartido con los nietos, un noviazgo o matrimonio que se termina. Como la muerte, las despedidas nos dejan un vacío, un espacio imposible de llenar. Pues cuando amamos, ponemos nuestro corazón en el otro/a; mientras más transitamos por la vida, pareciera que más pedazos de nosotros se escurrieran por la alcantarilla de la existencia.

Después de tantos vacíos, desilusiones, ausencias y tristezas, ¿cómo nos mantenemos enteros? ¿Cómo evitamos desintegrarnos como personas?  Tal vez busquemos arreglar nuestro corazón con pegatina, atar con hilos los pedazos que quedan. O tal vez busquemos sustitutos, estrategias para ahogar el dolor. Hasta que un día, casi sin darnos cuenta, nos inunda un miedo profundo de amar, de entrar en el mundo del otro. No queremos seguir perdiendo retazos, y por ello nos ponemos más duros, mas volcados hacia dentro, insensibles, desarrollamos callosidades del alma. Pero el amor también implica dejar partir, permitir que el vacío sea transformado en el espacio de lo nuevo.

¿Vale la pena amar? El evangelio de hoy tiene presente las incertidumbres, la inseguridad y el dolor que provoca una ausencia inminente. Jesús se está despidiendo, preparando a sus discípulos para lo que vendrá. Después de su partida y de su muerte, ¿podrán los discípulos salir de la cerrazón de la congoja, apostar sus vidas al destino de los otros, a amar como Jesús los amó?

Jesús no condena estas incertidumbres y tristezas, sino que las comprende y se solidariza con ellas. Y su respuesta es de tal radicalidad que nos hace replantear lo que significa vivir la vida desde la clave del amor. Las palabras de Jesús no son un consuelo fácil destinado a hacernos sentir bien, pues no nos prometa una vida sin dolor, sino que nos dice que una vida sin amor no merece llamarse tal. Ceder ante la seguridad de una vida sin amor, sin riesgos, no nos trae la plenitud, menos aún seguridad, sino que nos deshumaniza y nos cercena de los medios por los cuales Dios llega y se manifiesta entre nosotros. El crea cosas nuevas desde la nada, inclusive desde el vacío y la total desazón.

El misterio que revela Jesús es tanto un misterio sobre Dios como sobre nosotros mismos. En realidad, él mismo encarna el misterio de ambos al hacer presente en su persona el amor del Padre por el mundo y sus criaturas. De la misma manera en que Dios no dudó en hacerse presente en lo extraño y aparentemente opuesto, el que ama en Cristo y desde Cristo no teme "perderse" en el amor, que siempre nos lleva a territorios extraños o incluso opuestos a nuestras expectativas y planes. Dios no nos abandona, sino que viene a nosotros en medio de ese amor, más aún cuando ese amor tenga sus momentos de vacío y dolor. De la misma manera en que Dios nunca es más Dios que cuando se encarna y se hace vulnerable en Cristo para darnos vida en abundancia, nosotros no somos más humanos que cuando comprendemos que la vida nos es regalada como un acto de amor que sólo puede vivirse amando, compartiendo. Este es el riesgo, pero también la esperanza. Por ello, no sólo vale la pena amar, sino que amando es cuando aprendemos a vivir verdaderamente. Este es el testimonio de Cristo.


1 Ver Juan Mateos y Juan Barreto, El Evangelio de Juan: Análisis Lingüístico y Comentario Exegético (Madrid: Cristiandad, 1982), p. 638.